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Opinión

Naturaleza y economía del futuro: El valor de lo que nos sostiene.

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Chile mira con orgullo su patrimonio natural y tiene razones para hacerlo. Pero ese orgullo implica una oportunidad que aún no hemos sabido aprovechar: comprender que la naturaleza no es el escenario externo donde ocurre la economía, sino su base más profunda.

Durante décadas, la conservación ha sido entendida como un costo sin retorno, incluso como una dimensión opuesta al desarrollo económico. Esa mirada resulta cada vez más insuficiente, porque la naturaleza no es una fuente inagotable de recursos ni el simple escenario donde ocurre el desarrollo económico, sino el soporte que lo hace viable. El Foro Económico Mundial nos indica que más del 50% del PIB mundial, equivalente a cerca de US$44 billones, depende moderada o altamente de la naturaleza y de los servicios ecosistémicos que esta provee.

Nuestro país no está fuera de esa realidad. Según la Evaluación Nacional de Biodiversidad del Ministerio del Medio Ambiente, el 17% del PIB chileno y el 55% de sus exportaciones dependen directamente de sus recursos naturales. Por ende, la naturaleza es parte esencial de nuestra economía. Falta reconocerla, valorizarla y conservarla con esa misma claridad. 

Valorizar los servicios ecosistémicos de la naturaleza permite cambiar el paradigma y salir de esa falsa disyuntiva. La conservación y el crecimiento económico no se oponen. Por el contrario, la primera garantiza la sostenibilidad económica en el tiempo. Proteger una cuenca, un humedal o un bosque nativo no resta terreno a la economía; asegura el agua, la estabilidad y la resiliencia de las que dependen las actividades productivas y las comunidades.

El desafío, entonces, es construir las condiciones para permitir que ese valor se reconozca y se sostenga en las decisiones públicas y privadas. El Estado cumple un rol insustituible al regular, planificar y orientar. Pero la conservación privada también tiene un rol estratégico: movilizar recursos, asumir riesgos tempranos, generar evidencia y desarrollar soluciones que luego puedan escalar mediante alianzas público-privadas.

Hemos avanzado en reconocer la importancia de proteger nuestros ecosistemas, pero todavía tenemos pendiente la construcción de modelos económicos, institucionales y de gobernanza que permitan sostener esa conservación en el tiempo. Proteger un territorio es solo el primer paso. El verdadero desafío es gestionarlo, financiarlo y conectarlo con las comunidades.

Darle valor a los ecosistemas no significa reducirlos a una cifra ni convertirlos en mercancía. Significa reconocer que el agua, los bosques, los suelos, los océanos y la biodiversidad son infraestructura crítica para la productividad, la resiliencia territorial y la calidad de vida.

Esto no significa reducir los ecosistemas a una cifra ni convertirlos en mercancía. Significa reconocer que el agua, los bosques, los suelos, los océanos y la biodiversidad son infraestructura crítica para la productividad, la resiliencia territorial y la calidad de vida.

La pregunta ya no es si debemos conservar, esa discusión parece cada vez más resuelta. La pregunta es si seremos capaces de construir una economía que reconozca el valor de la naturaleza que la sostiene y de cuidarla como lo que es: la base de nuestro futuro.


Opinión

Chile eliminó las bolsas plásticas. Ahora debe eliminar las mentiras verdes.

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A ocho años de la promulgación de la Ley 21.100, conocida popularmente como “Chao Bolsas Plásticas”, Chile tiene razones para sentirse orgulloso. La normativa se convirtió en una de las políticas ambientales más exitosas del país, impulsando un cambio cultural profundo y evitando la circulación de más de 11.500 millones de bolsas plásticas de comercio que antes terminaban en rellenos sanitarios, vertederos, ríos y océanos. 

Lo que parecía impensado hace una década hoy es parte de nuestra rutina: salir de casa con una bolsa reutilizable o asumir que ya no recibiremos una bolsa plástica en la caja del supermercado. La ley demostró que cuando existen reglas claras, voluntad política y compromiso ciudadano, es posible modificar hábitos de consumo a gran escala. 

Sin embargo, el aniversario de esta normativa también invita a una conversación más incómoda. Porque si bien Chile ganó la batalla contra las bolsas plásticas tradicionales, corremos el riesgo de estar perdiendo otra más silenciosa: la batalla contra el greenwashing.

La prohibición eliminó un producto altamente contaminante, pero dejó una pregunta abierta sobre sus reemplazos. Durante los últimos años han proliferado en el mercado bolsas etiquetadas como “ecológicas”, “verdes”, “reutilizables”, “biodegradables” o “compostables”, conceptos que muchas veces resultan difíciles de verificar para los consumidores y que no siempre cuentan con estándares claros o información suficiente para respaldar sus beneficios ambientales reales.

El problema es que la sustentabilidad no depende de una palabra impresa en un envase. Depende del ciclo de vida completo del producto: cómo se fabrica, cuántas veces se utiliza, si puede reciclarse, si existe infraestructura para gestionarlo al final de su vida útil y cuál es su impacto ambiental total. Sin esa mirada integral, una solución aparentemente sustentable puede terminar generando un impacto similar o incluso mayor al que pretendía reemplazar.

La discusión de fondo ya no es solamente sobre plástico. Es sobre credibilidad. Hoy los consumidores enfrentan un mercado donde abundan los mensajes ambientales, pero escasea la información verificable. Muchas personas compran productos convencidas de estar tomando decisiones responsables para el planeta, cuando en realidad carecen de herramientas para distinguir entre una innovación genuina y una estrategia de marketing verde.

Diversos especialistas y organizaciones ambientales han coincidido en que uno de los desafíos pendientes tras la implementación de la Ley 21.100 es avanzar hacia una regulación más robusta de los sustitutos y fortalecer los mecanismos de fiscalización. La experiencia demuestra que prohibir un producto es un primer paso importante, pero no suficiente para impulsar una economía verdaderamente circular. 

La situación también revela una brecha que trasciende el caso de las bolsas. Chile ha avanzado significativamente en políticas ambientales, reciclaje y responsabilidad extendida del productor, pero aún necesita fortalecer la coordinación entre las distintas normativas para evitar que los vacíos regulatorios permitan la proliferación de soluciones que prometen sustentabilidad sin demostrarla.

Por eso, el desafío de la próxima etapa no debería centrarse únicamente en prohibir más productos. Debe enfocarse en elevar los estándares de transparencia, trazabilidad e información para consumidores y empresas. Necesitamos definiciones claras, criterios técnicos verificables, fiscalización efectiva y educación ambiental que permita tomar decisiones informadas.

La gran lección que deja “Chao Bolsas Plásticas” es que los cambios son posibles. Chile fue pionero en la región al enfrentar un problema visible y logró movilizar a millones de personas en torno a una causa común. Pero los desafíos ambientales actuales son más complejos que hace ocho años. Hoy no basta con identificar aquello que contamina; también debemos ser capaces de identificar aquello que aparenta ser sustentable sin serlo.

Chile demostró que puede cambiar hábitos cuando existe una regulación clara. El desafío ahora no es eliminar otra bolsa más. Es impedir que la sustentabilidad se transforme en una etiqueta vacía. Porque una economía circular basada en marketing es tan desechable como el producto que pretende reemplazar.


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Opinión

Lo que una colilla puede enseñarnos sobre sostenibilidad

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Cada vez que una persona arroja una botella plástica al suelo, la reacción suele ser inmediata. Lo mismo ocurre con una lata, una bolsa o cualquier residuo de tamaño visible. Sin dudas, hemos avanzado en conciencia ambiental y actualmente existe un consenso respecto de que esas conductas son inaceptables.

Pero todavía existe una excepción. Una que vemos todos los días en calles, plazas, playas, estacionamientos y espacios públicos. Una que rara vez genera cuestionamientos y que corresponde a las colillas de cigarro.

Quizás la explicación está en su tamaño. Estos filtros parecen inofensivos porque son pequeños. Desaparecen rápidamente de nuestra vista y se asume, equivocadamente, que terminan degradándose de manera natural. Pero la realidad es distinta. Contienen acetato de celulosa, un material plástico capaz de permanecer durante años en el entorno y generar impactos ambientales asociados a la acumulación de residuos y la liberación de sustancias tóxicas en suelos y ecosistemas acuáticos.

Lo preocupante es que durante décadas hemos visto este problema como algo inevitable. Cada año se desechan inadecuadamente millones de colillas en el mundo, muchas de las cuales terminan en calles, playas, ríos y océanos. Pese a la magnitud del problema, seguimos tratándolas como si fueran un residuo menor.

Sin embargo, la innovación está demostrando que no tiene por qué ser así.

Hoy existen tecnologías capaces de recuperar el material contenido en las colillas, eliminar sus componentes tóxicos y transformarlo en nuevas materias primas. En Karün hemos tenido la oportunidad de incorporar una de estas soluciones a través de una colección de anteojos fabricados con material proveniente de colillas recicladas, desarrollada junto a la empresa chilena IMEKO.

Más allá del producto en sí, lo relevante es lo que representa. Esta iniciativa ya ha permitido evitar la emisión de 37,26 kilos de dióxido de carbono, retirar 956 gramos de sustancias tóxicas del medio ambiente y proteger más de 360 mil litros de agua. Son cifras modestas frente a la magnitud del desafío global, pero demuestran algo fundamental: incluso los residuos más complejos pueden reincorporarse a nuevos ciclos productivos cuando se combinan ciencia, diseño e innovación.

La economía circular no puede limitarse a reciclar aquello que resulta fácil recuperar. Su verdadero desafío está en encontrar valor donde históricamente sólo hemos visto basura. Y es que, a veces, las soluciones más interesantes no nacen de aquello que valoramos, sino precisamente de aquello que durante años decidimos ignorar.


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LA MEJOR TECNOLOGÍA SIGUE SIENDO EL SER HUMANO

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    Este 5 de junio, Día Mundial del Medio Ambiente, llega en un momento en que la conversación ya no puede quedarse solo en diagnósticos. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente ha puesto este año el foco en el cambio climático y en las señales que elegimos devolverle al planeta.

    La evidencia también es clara: el IPCC señala que los cambios en infraestructura, tecnologías de uso final y hábitos pueden reducir entre un 40% y 70% las emisiones globales en sectores clave hacia 2050. Es decir, las decisiones humanas importan.

    La sostenibilidad dejó de ser un tema de especialistas. Hoy vive en las empresas, en las salas de clases, en los hogares, en los emprendimientos y en cada persona que decide hacer las cosas de una manera distinta.

    El mayor desafío no es solo cuidar el medio ambiente. Es fortalecer el poder transformador de las personas. Porque cuando una persona cambia, puede inspirar a una familia; cuando cambia una familia, puede cambiar una comunidad; y cuando cambia una comunidad, también cambia un país.

    En tiempos de inteligencia artificial y crisis climática, la mejor tecnología sigue siendo el ser humano.


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    Transformación energética en Chile: Cómo la resiliencia y la eficiencia marcan la diferencia

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    Por Ignacio Ugalde, Energy Management Systems Director en Schneider Electric

    La volatilidad del mercado energético global se ha consolidado como una variable estructural para las economías, con efectos directos en costos, planificación y competitividad. En este escenario, la seguridad energética adquiere relevancia creciente y exige respuestas con una mirada de mediano y largo plazo. Para países importadores de combustibles fósiles, este contexto supone exposición, pero también impulsa estrategias orientadas a la diversificación y eficiencia, entendida como la transición hacia un sistema más eléctrico y tecnológico capaz de responder a la escasez de petróleo.

    Chile ha avanzado de manera consistente en esa dirección, desarrollando una transformación profunda de su matriz energética. La incorporación sostenida de energías renovables, en particular solar y eólica, ha permitido configurar un sistema más diversificado y menos intensivo en combustibles fósiles. Y es que más allá de sus beneficios ambientales, este proceso fortalece de manera concreta la resiliencia del sistema eléctrico, al reducir su sensibilidad frente a contextos de incertidumbre externa.

    En este panorama, la transición energética adquiere una dimensión económica cada vez más evidente. Una matriz más limpia y flexible no solo contribuye a la sostenibilidad, sino que también permite mitigar riesgos operacionales y generar condiciones más estables para la inversión. ¿Cómo capitalizar entonces este avance para consolidar una ventaja competitiva sostenible en el tiempo? Con todo, el foco del desarrollo energético ha comenzado a evolucionar. La integración de renovables ha puesto de relieve la necesidad de avanzar con mayor intensidad en transmisión, almacenamiento y gestión del sistema, ámbitos donde se define buena parte de su eficiencia.

    En ese plano, la tecnología emerge como un habilitador central. La digitalización de redes, el monitoreo en tiempo real y la automatización permiten optimizar el uso de la energía disponible, reducir pérdidas y mejorar la toma de decisiones operativas. A ello se suma la electrificación de procesos y la incorporación de soluciones inteligentes, que facilitan una integración más eficiente entre oferta y demanda.

    La eficiencia energética, en paralelo, se consolida como una herramienta estratégica. Su desarrollo permite reducir el consumo sin afectar la productividad, generando impactos directos tanto en costos como en sostenibilidad. En un entorno de alta variabilidad, gestionar de manera más eficiente la energía disponible resulta tan relevante como incrementar su capacidad de generación.

    El desafío, por tanto, es avanzar hacia un sistema energético más inteligente, donde infraestructura, tecnología y electrificación operen de manera integrada. Chile ha sentado bases sólidas para ello, y consolidarlas no solo fortalecerá la resiliencia del país, sino que también permitirá convertir la incertidumbre global en una ventaja competitiva real. En un mundo donde la energía eficiente y eléctrica se vuelve estratégica, la oportunidad está clara: gestionar bien lo que ya se ha construido puede definir la diferencia entre vulnerabilidad y liderazgo.

     

    Columna de Opinión/Ignacio Ugalde, Energy Management Systems Director en Schneider Electric
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    Opinión

    HIDRÓGENO VERDE: LA ESTRATEGIA SE ACTUALIZA, EL DESAFÍO RECIÉN COMIENZA

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    Dr. Lorenzo Reyes Bozo Decano Facultad de Ingeniería y Negocios
    Universidad de Las Américas

    La actualización 2026 de la Estrategia Nacional de Hidrógeno Verde de Chile refleja un cambio significativo respecto de la visión formulada en 2020. Mientras el plan original priorizaba una rápida inserción del país como exportador global, el nuevo enfoque pone énfasis en el desarrollo de demanda interna, capacidades industriales e infraestructura habilitante. Este giro responde a la evolución del mercado internacional del hidrógeno, cuyo despliegue ha sido más lento de lo previsto debido a altos costos de producción, escasez de contratos de compra de largo plazo y persistentes brechas regulatorias. En este escenario, promover aplicaciones domésticas en sectores como refinación, fertilizantes, minería o transporte pesado aparece como una decisión estratégica para generar aprendizaje tecnológico, reducir riesgos de inversión y construir una base industrial antes de escalar hacia otros países.

    Dr. Lorenzo Reyes Bozo Decano Facultad de Ingeniería y Negocios
    Universidad de Las Américas

    Entre las fortalezas de la estrategia destaca el reconocimiento de los factores estructurales que condicionan el desarrollo de esta industria: reducción de costos tecnológicos, infraestructura logística, fortalecimiento regulatorio, formación de capital humano y legitimidad social. Este diagnóstico se alinea con las políticas de economías líderes, donde el hidrógeno es impulsado mediante incentivos públicos orientados a cerrar la brecha de costos frente a los combustibles fósiles y estimular la demanda inicial. En este sentido, la estrategia chilena refleja una lectura más realista del escenario global al reconocer que la competitividad no dependerá solo de la abundancia de recursos renovables, sino también de la existencia de mercados e instrumentos económicos claros.

    Sin embargo, persisten debilidades relevantes. Aún existen indefiniciones sobre los mecanismos concretos para estimular la demanda interna y sobre la coordinación entre políticas energéticas, industriales y territoriales. Asimismo, la creciente competencia internacional —especialmente de países con fuerte apoyo estatal y capacidades industriales consolidadas— plantea un desafío significativo para el posicionamiento de Chile. A ello se suma la necesidad de avanzar en sistemas de certificación de emisiones, requisito clave para acceder a mercados exigentes, y de abordar desafíos territoriales vinculados al uso de agua, la infraestructura eléctrica y portuaria, y la aceptación social de proyectos de gran escala.

    Es por ello que el principal desafío no reside solo en la estrategia, sino en su implementación. Para aspirar a un liderazgo en la economía del hidrógeno, Chile deberá generar señales de política que impulsen la demanda interna, acelerar la infraestructura habilitante, fortalecer sus capacidades tecnológicas e industriales y generar beneficios concretos para los territorios donde se emplazarán los proyectos. Solo así podrá transformar su potencial en una industria competitiva y sostenible.

     

    Columna de Opinión/Dr. Lorenzo Reyes Bozo Decano Facultad de Ingeniería y Negocios 
    Universidad de Las Américas
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