Conversación
Calentamiento global: ¿mucho calor o mucho color?
¿Está realmente el planeta en peligro? ¿Somos los seres humanos con nuestra era industrial una amenaza para la naturaleza? ¿El cambio climático provocará una drástica transformación al estilo de vida actual? Por cambio climático o por ciclos de la Tierra, hoy hace más calor que hace cien años y sólo ese hecho puede traer consecuencias insospechadas. Hay datos concretos que avalan el cambio que estamos teniendo… Claro que también hay quienes ponen todo en duda. Por Catalina Allendes E.
Mirar la Tierra desde el espacio proporciona una perspectiva única. Nuestro planeta es un lugar frágil y bello, protegido sólo por una capa muy delgada de atmósfera que es esencial para la vida. Y bosques en apariencia grandes acaban siendo pequeños y pasan de largo muy rápidamente.
El relato es de un astronauta, obvio, y viene a poner en perspectiva universal la fragilidad del planeta. Sólo once días allá arriba hicieron que el autor de la frase, André Kuipers, de la Agencia Espacial Europea, se convirtiera en un acérrimo defensor del medio ambiente como embajador de la WWF.
Pero probablemente ninguno de los que está leyendo estas líneas ha tenido o tendrá la suerte de Kuipers de ir al espacio. Y el medio ambiente, a juzgar por los datos científicos, no tiene tiempo para esperar a que nos podamos subir a un cohete para que hagamos ese nivel de conciencia. La salida a estas alturas es asumir que hay evidencia (discutible por algunos) que parece indicar que el planeta está bajo presión y que cualquiera sea la causa, como acá es donde vivimos, no podemos hacernos los desentendidos.
Eso, para partir y más allá de la polémica de qué tan complejo pueda ser el momento. Lo concreto es que emitimos cada vez más gases contaminantes que no pueden ser absorbidos naturalmente por el medio ambiente y que éstos, por lo bajo, hacen una contribución a los cambios que vive el entorno, un proceso del que ya estamos siendo protagonistas. Eso, sumado al feroz crecimiento demográfico que demanda cada vez con mayor avidez los recursos naturales de la Tierra.
“Sabemos que la demanda de recursos como el pescado, la madera y los alimentos aumenta vertiginosamente a un nivel que es imposible reponer de forma sostenible”, advierte el astronauta Kuipers, que participó del Informe Planeta Vivo 2012 de la WWF realizado con el apoyo de la Agencia Espacial Europea.
Ese informe es lapidario: tal como están las cosas hoy la Tierra tardaría 1,5 años en regenerar los recursos renovables que los seres humanos utilizamos en un año y el mismo período tardaría en absorber el CO2 que generamos. O sea, los números no cuadran y al parecer hay algo de canibalismo planetario.
Lo que es peor es que este desequilibrio, con la demanda superando lo que la Tierra renueva, se viene dando desde 1970, dice la WWF. En concreto, estamos sobregirados, en una cuenta que no da intereses, desde hace más de 40 años.
El consumo aumenta a mayor velocidad que la eficiencia de la producción y las poblaciones crecen más rápido que la capacidad de la biósfera, es la contundente constatación de Planeta Vivo 2012 a este problema. Y claro, no hay que ser magos para aventurar que a este ritmo, aunque sea difícil determinar cuándo, podemos hacer aguas.
Claro que hay matices, el estudio detalla que si toda la humanidad viviera como un indonesio medio, se utilizaría sólo dos terceras partes de la biocapacidad del planeta, con lo cual generaríamos excedentes. Si viviéramos como los argentinos, en cambio, se necesitaría más de medio planeta adicional y como los estadounidenses, requeriríamos nada menos que cuatro Tierras para regenerar la demanda.
Esas tremendas diferencias son las que, en gran medida, tienen a los países avanzando poco y nada en acuerdos que nos lleven a preservar y enfrentar los conflictos de la Tierra de manera efectiva.
Pero esa es sólo una parte. El daño más importante de la presión de los seres humanos sobre la Tierra tiene que ver con las emisiones de gases de efecto invernadero, que según los expertos son los que innegablemente están transformando nuestro medio ambiente: extensas olas de calor, lluvias más intensas, océanos más inestables, hielos transformándose en lagos, son los ejemplos más utilizados.
En una polémica columna el economista y director del Earth Institute de la Universidad de Columbia, Jeffrey D. Sachs, advirtió que “hemos entrado en una era nueva y muy peligrosa. Si es usted una persona joven, el cambio climático y otros riesgos ambientales de origen humano serán factores importantes en su vida”.
El consenso en torno al tema, en todo caso, aún está lejos de llegar. Publicaciones en prestigiosas revistas como la británica The Economist aún son escépticas a las catastróficas consecuencias de este cambio climático e incluso de la posibilidad de revertir drásticamente el actual modo de desarrollo económico del mundo. Titulares como Slash emisions, fly by Zepellin (reduce las emisiones, viaja en zepelín) o Apocalipsis No, han sacado roncha entre los ambientalistas.
Hace calor
Los expertos aseguran que hoy hace más calor y eso parece ser innegable. Basándose en evidencias científicas, el último informe del grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), organismo relacionado con las Naciones Unidas y uno de los más consultados por los países para sus políticas de mitigación, sostiene tajantemente que “el calentamiento del sistema climático es inequívoco”.
Según la IPCC, los once años más cálidos desde 1850, el año desde que se tienen registros instrumentales de la temperatura de la Tierra, se generaron entre 1995 y 2006. Detalla además que la tendencia al alza de la temperatura de manera lineal a 100 años -entre 1906 y 2005- figura con un incremento de 0,74 grados Celsius, bastante superior al 0,6 grados Celsius que indicaba el informe anterior 1901 y 2000.
“En promedio, las temperaturas del Hemisferio Norte durante la segunda mitad del siglo XX fueron muy probablemente superiores a las de cualquier otro período de 50 años de los últimos 500 años. Seguramente las más altas a lo largo de, como mínimo, los últimos 1.300 años”, sentencia el informe.
La Organización Meteorológica Mundial (OMM) es más severa y dice que el cambio climático se habría acelerado entre el 2001 y el 2010. En su informe sobre la década, dado a conocer a mediados de este año, sentencia que las temperaturas se situaron 0,46 grados Celsius sobre la media de temperaturas máximas del período 1961 y 1990.
Polémica por los mares
El problema es que aparejado al calor, vienen las consecuencias. El aumento de nivel del mar concuerda con el calentamiento. En promedio el nivel de los océanos mundiales ha aumentado desde 1961 a un promedio de 1,8 milímetros al año y desde 1993 a 3,1. ¿Razón? “La dilatación térmica y el deshielo de los glaciares, los casquetes de hielo y los mantos de hielo polares”, señala el informe de la IPCC. Aclara, eso sí, que no es posible dilucidar hasta qué punto esa mayor rapidez evidenciada entre 1993 y 2003 refleja una tendencia a largo plazo.
Las mayores emisiones de CO2 han provocado además la acidificación de los océanos que absorben naturalmente este gas de efecto invernadero, pero que en cantidades no acostumbradas han provocado fuertes trastornos en las especies marinas y a la destrucción de grandes extensiones de corales.
Datos satelitales obtenidos desde 1978 revelan que el promedio anual de la extensión de los hielos marinos árticos, por ejemplo, ha disminuido en un 2,7% por decenio, con caídas más acentuadas durante los veranos: 7,4% por decenio.
Los datos de la OMM advierten también que el 2011 fue el undécimo año más cálido del Ártico y el segundo en el que el hielo registró su nivel más bajo.
Claro que ya hay quienes han salido a desmitificarlo. Un estudio del Concilio Científico de Ciencias Naturales de la Academia de Ciencias Rusa sostiene que el mínimo de las masas de hielo se registró en 2007 y que entre 2008 y 2011 el hielo ha vuelto a crecer. Con eso en la mano, el experto ruso Nikolai Dobretsov, sorprendió al mundo hace un par de meses diciendo que “es obvio que el calentamiento global continuo es un mito” y vaticinó que “hacia finales del siglo empezará un enfriamiento global y no un calentamiento”.
Así y todo el informe del IPCC, del que se espera una nueva versión nada alentadora para 2013 ó 2014, afirma que los deshielos han dado lugar a un mayor número y extensión de lagos glaciales, se ha acrecentado la inestabilidad del terreno en regiones montañosas y otras regiones y ha habido cambios en ciertos ecosistemas árticos y antárticos.
Gases tóxicos
En el informe de la IPCC se detalla que las emisiones mundiales de CO2, que es el gas de efecto invernadero más importante, han aumentado en torno al 80% entre 1970 y 2004. Sostiene que las concentraciones atmosféricas mundiales de CO2, metano y óxido nitroso se han elevado notablemente por efecto de las actividades humanas desde 1750. Pero no se queda ahí, dice que al año 2005 las concentraciones atmosféricas de CO2 y metano excedieron con mucho el intervalo natural de valores de los últimos 650 mil años.
La utilización de combustibles de origen fósil es una de las razones más importantes de estas emisiones y según el organismo ligado a las Naciones Unidas si no se revierte su actual nivel de utilización, las emisiones mundiales de gases con efecto invernadero crecerán entre 25% y 90% en el período 2000 al 2030.
“De proseguir las emisiones de gases de efecto invernaderos a las tasas actuales, el calentamiento aumentaría y el sistema climático mundial experimentaría durante el siglo XXI cambios mayores a los observados en el siglo pasado”, es su frase lapidaria.
A nivel mundial y en forma más o menos consensuada se habla que, de no mediar cambio alguno en la utilización de combustibles fósiles, el calentamiento global aumentaría a tasas de 0,2 grados Celsius por década. Si las emisiones, en cambio se hubiesen quedado a niveles del año 2000 el incremento de la temperatura sería sólo de 0,1 grados Celsius por década. Por eso es que según los análisis científicos del IPCC no hay dudas de que “las proyecciones de temperatura dependen cada día más de los escenarios de emisión”.
Evidencia innegable
Un dato: gracias a la información obtenida de las burbujas de aire contenidas en los hielos milenarios se ha podido determinar con un alto nivel de certeza que la velocidad del cambio climático en la era pre humana avanzaba a razón de 0,00000015 grados Celsius por década. Hoy el avance es de 0,3 grados Celsius en igual lapso. O sea más de 400 veces más rápido que todo lo conocido cuando no había injerencia humana.
El investigador del Centro de Investigaciones Agropecuarias y único chileno miembro del panel del IPCC, Sergio González, es quien nos hace esos cálculos y advierte que “es innegable que estamos sufriendo una aceleración producto de la actividad humana por la generación de mayor cantidad de gases en la atmósfera”.
González advierte que más allá de las predicciones tendenciosas, hoy “disponemos de evidencia científica innegable del cambio que está protagonizando la Tierra”. Y en ese contexto de cambio, dice, se pueden prever importantes transformaciones para el planeta afectando abiertamente el modelo de emplazamiento de la sociedad.
De avanzar en esta línea dice que la agricultura necesariamente deberá trasladarse desde unas zonas a otras. Grafica con Chile: se estima un desplazamiento de los cultivos hacia el sur de entre 300 y 400 kilómetros. “Sólo eso podría cambiar dramáticamente el paisaje y las costumbres de las regiones”, sostiene.
Por su trabajo en la IPCC, como parte del grupo que trabaja con los gases de efecto invernadero, González es un convencido que no hay otro camino que la disminución radical del uso de combustibles fósiles. “Si queremos consumir energía, debemos apostar por las más limpias, generar cambios de hábitos en la población. El costo de la inacción resultará bastante más caro”.
Un estudio del gobierno inglés determinó que por cada dólar invertido en mitigación para el cambio climático se pueden ahorrar cinco dólares de consecuencias posteriores.
El ex vicepresidente del Banco Mundial, Nicholas Stern, que realizó ese informe, concluyó que con sólo el 1% del PIB mundial se puede revertir el nocivo efecto del hombre en el medio ambiente y mantener una relación más amigable y duradera con el planeta. Cuentas de ambientalistas norteamericanos sitúan en 3,6% del PIB el costo actual de Estados Unidos por concepto del cambio climático.
Habrá que ver cómo avanza el mundo… que al final del día, como dijo el astronauta Kuipers en la presentación de Planeta Vivo 2012, es el único lugar que tenemos para vivir: “Es mi hogar, el de mi familia y amigos y de otros 7.000 millones de personas”. •••
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El cambio in situ
El IPCC realizó un vaticinio de las consecuencias que tendrá el cambio climático de no mediar una alteración positiva en la emisión de gases de efecto invernadero en el planeta. Y no son nada de alentadoras. Aquí van:
En África al 2020 entre 75 millones y 250 millones de personas estarán expuestas a un mayor estrés hídrico; en algunos países la productividad de los cultivos pluviales podría reducirse hasta en 50%, con lo que la producción agrícola y el acceso a los alimentos quedaría en situación crítica; el aumento proyectado del nivel del mar, afectaría a extensas áreas costeras muy pobladas.
En el decenio de 2050 disminuirá notablemente la disponibilidad de agua dulce en el centro, sur, este y sudoeste de Asia.
Hasta el 2020 se experimentaría una importante pérdida de diversidad biológica en Australia y Nueva Zelandia. Al 2030 en ese continente se agravaría la seguridad hídrica y al 2050 aumentarían exponencialmente los riesgos de inundaciones costeras. Producto del cambio climático, se favorecerían algunas zonas agrícolas y se perjudicarían otras.
En Europa también abundarían las inundaciones costeras, las olas de calor, disminuiría el potencial hidroeléctrico y la productividad de los cultivos.
En América del Norte y del Sur también podría experimentarse pérdida de diversidad biológica, caída en la productividad de cultivos, escasez de agua, reducción de glaciares y nieves, mayores olas de calor.
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Tratado de Alta Mar: Una noticia esperanzadora para la salud de los océanos
Más del 60% del océano corresponde a aguas de alta mar: aquellas que se encuentran fuera de las zonas jurisdiccionales de los países ribereños. El resto, las jurisdiccionales, que ocupan un tercio de los océanos, llevan bastante tiempo reguladas. Pero el ordenamiento de aquellas más alejadas de la costa se lleva discutiendo desde hace dos décadas y solo recientemente se ha firmado un Tratado de Alta Mar.
El Convenio del Derecho del Mar, firmado en Montego Bay (Jamaica) el 10 de diciembre de 1982, regula las aguas jurisdiccionales. Pero el nuevo Tratado de Alta Mar solo se aplica a partir de las zonas económicas exclusivas de los Estados. Es decir, en las aguas alejadas más de 200 millas de los territorios soberanos.
El tratado BBNJ (según sus siglas anglosajonas) es el tercer acuerdo de aplicación de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. El pacto incluye la protección de la biodiversidad y el uso sostenible de los recursos marinos.
Ratificación y entrada en vigor
Fruto de las reuniones mantenidas previamente, el 17 de enero de 2026 entró en vigor el nuevo acuerdo, denominado Tratado sobre la Conservación y el Uso Sostenible de la Diversidad Biológica Marina fuera de las Jurisdicciones Nacionales.
Más conocido como el Tratado de Alta Mar, ha obtenido la ratificación 81 países. En febrero de 2025, España se convirtió en el primer país europeo en depositar su ratificación ante la sede de la Organización de las Naciones Unidas en Nueva York. Marruecos y Sierra Leona se unieron recientemente (septiembre 2025) al total de Estados que lo han firmado. Se convirtieron en los países 60 y 61 en respaldar el tratado, permitiendo que entrara en vigor lo firmado en junio del año 2023.
El objetivo principal del acuerdo (dotado de 76 artículos repartidos en 12 partes) se centra en mejorar la coordinación entre los países y establecer un enfoque integral destinado a la conservación y el uso sostenible de la biodiversidad en las aguas afectadas.
Por lo tanto, se busca garantizar el uso de los recursos del océano en alta mar a un ritmo y de una manera adecuados. Es decir, que su aprovechamiento no provoque una reducción (en el presente y a largo plazo) de las especies animales y vegetales. Adicionalmente, el reparto de los beneficios obtenidos del uso de los recursos genéticos marinos debe ser llevado a cabo de una manera equitativa. Y ello creando áreas protegidas y fortaleciendo la cooperación científica.
Preocupación en el sector pesquero
En referencia a la pesca, el artículo 10 del tratado refleja de manera clara lo que pretende en este aspecto. El acuerdo no busca invadir las competencias de otros organismos internacionales en referencia al reparto de los cupos de pesca. Se enfoca principalmente en el cambio climático, la acidificación de los mares, la contaminación y la explotación tecnológica.
No obstante, debido al fin ambientalista del pacto, es normal que se cree un posible foco de incertidumbre sobre sus posibles implicaciones para la pesca. Ello puede traer la consiguiente desconfianza por parte de los afectados.
El tratado permite el establecimiento de áreas marinas protegidas en alta mar. Asimismo, pretende que estén conectadas formando una red, una meta importante para poder alcanzar la protección del 30 % de los océanos (objetivo “30×30”) antes del año 2030. Actualmente, solo el 0,9 % de las aguas de alta mar está totalmente protegida.
Implicaciones jurídicas
Desde una óptica estrictamente jurídica, las normas del Tratado de Alta Mar no van en contra del Convenio del Derecho del Mar de las Naciones Unidas, sino que lo complementan en las áreas fuera de las aguas jurisdiccionales de los países. Así, se presentan como las primeras normas que tendrán efectividad en alta mar.
Adicionalmente, el tratado crea un nuevo órgano para conservar y gestionar la biodiversidad: la Conferencia de las Partes, que será el foro especializado para ejecutarlo.
Este tratado, como cualquier otro instrumento de derecho internacional, contiene una lista de principios. Estos deben tenerse en cuenta para su aplicación. Entre ellos destacan los de “quien contamina, paga” y “distribución justa y equitativa de los beneficios”, es decir, se obliga a quien contamina a asumir la responsabilidad y se garantiza una distribución equitativa de los beneficios derivados de los recursos marinos.
81 países lo incorporarán a su legislación
Tras su reciente entrada en vigor, el tratado pasa a ser jurídicamente vinculante. Afectará a los más de 80 países que lo han ratificado hasta ahora. Esto significa que aceptan incorporarlo a su legislación nacional.
El éxito del acuerdo dependerá de su traducción en medidas operativas y de los países implicados. Todos los Estados de la Unión Europea lo han firmado y ratificado. También lo han hecho otros países de América Latina, África y pequeños Estados vulnerables a la degradación oceánica, como las islas Seychelles y Palaos. Incluso China se ha sumado al pacto.
Pero existen países que, a pesar de firmarlo, aún no lo han ratificado, como Estados Unidos, Reino Unido y Rusia. Esto genera un escenario de adhesión desigual que condiciona el alcance real del tratado. En cualquier caso, la eficacia en su aplicación dependerá de la capacidad de los órganos institucionales ya existentes. Además, la puerta sigue abierta para que más Estados lo ratifiquen.
Fuente/The Conversation/ Licencia Creative Commons
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El mundo entra en ‘bancarrota hídrica’, según un informe de la ONU
Un estudio de la Organización de las Naciones Unidas declara que el término de ‘crisis hídrica’ que se utiliza habitualmente ya no se ajusta a la realidad, ya que hay daños irreversibles que han llevado a muchas cuencas y reservas a un punto sin retorno.
En medio del agotamiento crónico de las aguas subterráneas, la degradación de la tierra y el suelo, la deforestación y la contaminación, todo ello agravado por el calentamiento global, un informe de la ONU ha declarado hoy el inicio de una era de bancarrota hídrica mundial.
Según el nuevo informe, los términos habituales “estrés hídrico” y “crisis hídrica” no reflejan la realidad actual en muchos lugares: una situación caracterizada por pérdidas irreversibles de capital hídrico natural y la incapacidad de recuperar los niveles históricos. Por eso, los autores instan a los líderes mundiales a facilitar “una adaptación honesta y basada en la ciencia a una nueva realidad”.
“Este informe revela una verdad incómoda: muchas regiones están viviendo por encima de sus medios hidrológicos y muchos sistemas hídricos críticos ya están en bancarrota”, afirma el autor principal, Kaveh Madani, director del Instituto para el Agua, el Medio Ambiente y la Salud de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-INWEH).
Este informe revela una verdad incómoda: muchas regiones están viviendo por encima de sus medios hidrológicos y muchos sistemas hídricos críticos ya están en bancarrota
Kaveh Madani, UNU-INWEH
En términos financieros, el informe afirma que muchas sociedades no solo han gastado en exceso sus “ingresos” anuales renovables de agua procedentes de ríos, suelos y nieve acumulada, sino que han agotado sus “ahorros” a largo plazo en acuíferos, glaciares, humedales y otros depósitos naturales.
Esto ha dado lugar a una lista cada vez mayor de acuíferos reducidos, terrenos hundidos en deltas y ciudades costeras, lagos y humedales desaparecidos y una pérdida irreversible de biodiversidad.
El informe de la UNU se basa en un artículo publicado en la revista Water Resources Management, que define formalmente la quiebra hídrica como la sobreexplotación persistente de las aguas superficiales y subterráneas en relación con los caudales renovables y los niveles seguros de agotamiento; y la consiguiente pérdida irreversible o prohibitivamente costosa del capital natural relacionado con el agua.
Sistemas hídricos interconectados
Aunque no todas las cuencas y países se encuentran en bancarrota hídrica, Madani afirma que “suficientes sistemas críticos en todo el mundo han superado estos umbrales. Estos sistemas están interconectados a través del comercio, la migración, las retroalimentaciones climáticas y las dependencias geopolíticas, por lo que el panorama de riesgo global se ha alterado fundamentalmente”.
El 75 % de la humanidad esté en países clasificados como inseguros o críticamente inseguros en materia de agua.
Según el informe, uno de los puntos críticos está en la región de Oriente Medio y África del Norte, donde el alto estrés hídrico, la vulnerabilidad climática, la baja productividad agrícola, la desalinización intensiva en energía y las tormentas de arena y polvo “se entrecruzan con economías políticas complejas”.
En algunas partes del sur de Asia, la agricultura dependiente de las aguas subterráneas y la urbanización han provocado descensos crónicos de los niveles freáticos y hundimientos locales. Y en el suroeste de Estados Unidos, el río Colorado y sus embalses “se han convertido en símbolos de promesas de agua de forma excesiva”.
Basándose en conjuntos de datos globales y pruebas científicas recientes, el informe presenta un panorama estadístico desolador de las tendencias, causadas en su gran mayoría por los seres humanos. Por ejemplo, el texto arroja que un 50 % de los grandes lagos de todo el mundo han perdido agua desde principios de la década de 1990 (con un 25 % de la humanidad dependiendo directamente de esos lagos).
También destaca que un 50 % del agua doméstica mundial ahora se obtiene de las aguas subterráneas y más del 40 % del agua de riego se extrae de acuíferos que se están agotando.
Además, unas 410 millones de hectáreas de humedales naturales —casi igual al tamaño de toda la Unión Europea— han desaparecido en las últimas cinco décadas, y se ha perdido más del 30 % de masa glaciar mundial desde 1970.
Esta situación provoca que el 75 % de la humanidad esté en países clasificados como inseguros o críticamente inseguros en materia de agua, y 4 000 millones de personas se enfrentan a una grave escasez de agua al menos un mes al año.
170 millones de hectáreas de tierras de cultivo en riesgo
Además, 170 millones de hectáreas de tierras de cultivo de regadío están sometidas a un estrés hídrico alto o muy alto, lo que equivale a la superficie de Francia, España, Alemania e Italia juntas, con la inseguridad alimentaria que conlleva.
“Millones de agricultores intentan cultivar más alimentos a partir de fuentes de agua que se reducen, están contaminadas o están desapareciendo. Sin una rápida transición hacia una agricultura inteligente en el uso del agua, la bancarrota hídrica se extenderá rápidamente”, dice Madani.
Según explican los autores, una región puede sufrir inundaciones un año y seguir estando en bancarrota hídrica, añade, si las extracciones a largo plazo superan la reposición. En ese sentido, la bancarrota hídrica no tiene que ver con lo húmedo o seco que parezca un lugar, sino con el equilibrio, la contabilidad y la sostenibilidad.
“Al igual que con el cambio climático global o las pandemias, una declaración de bancarrota hídrica global no implica un impacto uniforme en todas partes, sino que suficientes sistemas en todas las regiones y niveles de ingresos se han vuelto insolventes y han cruzado umbrales irreversibles para constituir una condición a escala planetaria”, afirma el autor.
Al igual que con el cambio climático global o las pandemias, una declaración de bancarrota hídrica global no implica un impacto uniforme en todas partes, sino que suficientes sistemas en todas las regiones y niveles de ingresos se han vuelto insolventes
Kaveh Madani, UNU-INWEH
Pero Madani señala que las consecuencias se extienden entre regiones: “los efectos se propagan por los mercados mundiales, la estabilidad política y la seguridad alimentaria en otros lugares. Esto hace que la quiebra hídrica no sea una serie de crisis locales aisladas, sino un riesgo global compartido que exige un nuevo tipo de respuesta: gestión de la quiebra, no gestión de crisis”.
El agua, un recurso limitado
Por eso, los autores reclaman que se reconozca el agua como una limitación y una oportunidad para cumplir los compromisos en materia de clima, biodiversidad y tierra.
Ana Allende, profesora de investigación del CSIC experta en seguridad alimentaria y calidad de aguas ajena al estudio, destaca que en Europa, aunque tradicionalmente se perciba como una región menos vulnerable, los problemas siguen existiendo: sobreexplotación de acuíferos, especialmente en zonas agrícolas intensivas, degradación de ríos y humedales; pérdida de calidad del agua por contaminación difusa y urbana, y una creciente frecuencia de sequías prolongadas, especialmente en el Mediterráneo.
La principal implicación para Europa es que no puede seguir abordando la escasez únicamente mediante mejoras de eficiencia, reutilización o nuevas infraestructuras
Ana Allende, CSIC
“El informe apunta a la necesidad de aceptar que algunos impactos son irreversibles y que la gestión del agua debe orientarse a prevenir más daños, redistribuir riesgos y costes de forma justa y adaptar los sistemas socioeconómicos a una disponibilidad de agua estructuralmente menor”, concluye.
Fuente/SINC Derechos: Creative Commons. Chile Desarrollo Sustentable www.chiledesarrollosustentable.cl www.facebook.com/pg/ChiledesarrollosustentableCDS twitter.com/CDSustentable #CDSustentable , #Sostenible #DesarrolloSostenible #MedioAmbiente #ChileDesarrolloSustentable, #ECOXXI
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Francisca Toledo, será la futura ministra de Medio Ambiente .
La ingeniera civil industrial de 40 años está desde 2022 en Libertad y Desarrollo, donde se especializó en recursos naturales y cambio climático. En el último tiempo ha trabajado estrechamente con Jorge Quiroz.
Francisca Toledo Echegaray (40) será la próxima ministra del Medio Ambiente. El presidente electo, José Antonio Kast, nombró a la ingeniería civil industrial con mención eléctrica de la Universidad Católica como la sucesora de Maisa Rojas.
La futura secretaria de Estado participó en los dos gobiernos de Sebastián Piñera. Primero, entre 2010 y 2014, Toledo fue asesora del Ministerio Secretaría General de la Presidencia, con Cristián Larroulet, en temas como educación y telecomunicaciones.
Y en la segunda administración tuvo dos posiciones. Entre marzo del 2018 y junio del 2020 fue asesora de gabinete de la Presidencia de la República, desde donde le tocaba interactuar con carteras como Obras Públicas y Medio Ambiente, recuerda un integrante de ese gabinete. Desde 2020 a 2022 fue jefa de división de evaluación social de inversiones del Ministerio de Desarrollo Social, según detalla en su cuenta LinkedIn.
Entre ambos gobiernos, tuvo un paso por el sector privado: desde 2014 a 2017 fue primero ingeniera de estudios por tres años y luego, gerente de estrategia en la Cámara Marítima y Portuaria (Camport).
Tras el término de la segunda administración de Piñera, en 2022, Francisca Toledo entró como investigadora a Libertad y Desarrollo (LyD). La también magíster en derecho regulatorio de la UC se enfocó en temas de tramitación ambiental y el centro de estudios declara en sus áreas de estudios los recursos naturales y cambio climático.
Según consigna la página de LyD, Francisca Toledo fue uno de los editores del libro de “30 años de política ambiental: ¿hacia dónde vamos?”, donde se habla de “un progresivo debilitamiento de la gestión ambiental, ofreciendo un diagnóstico sobre las posibles causas o factores que han incidido y algunas propuestas de cara a fortalecer la gestión ambiental en los próximos años”.
Toledo, en nombre de LyD, ha ido a exponer al Congreso en materias relacionadas con la tramitación ambiental, la ley de permisos sectoriales y las capacidades de la Superintendencia del Medio Ambiente (SMA).
En este contexto, Toledo, junto con la coordinadora del programa legislativo de LyD, Pilar Hazbun, propuso fijar mínimos de desempeños en los plazos de tramitación y alertó sobre las atribuciones de la SMA, que le entregan muchas veces el rol de “juez y parte”.
La cartera de Medio Ambiente ha sido considerada clave por las nuevas autoridades en su tarea de destrabar proyectos de inversión. Toledo ha trabajado estrechamente con Jorge Quiroz en el último tiempo y fue una de las economistas que participaron en la reunión del futuro ministro de Hacienda con economistas que habían apoyado a Evelyn Matthei tras la primera vuelta, como los expresidentes del Banco Central Rodrigo Vergara y Vittorio Corbo, y el exministro de Hacienda de Sebastián Piñera, Felipe Larraín.
Fuente/Pulso/LaTercera
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¿Se quedarán sin nieve los Pirineos por culpa del cambio climático?
La nieve es uno de los elementos más característicos de las montañas y del invierno en gran parte del mundo. Más allá de su valor paisajístico, esta desempeña un papel clave en el funcionamiento de los ecosistemas de montaña y en múltiples actividades socioeconómicas.
Sin embargo, la nieve es también un componente del sistema climático especialmente sensible al calentamiento global. En las últimas décadas, su cantidad, duración y comportamiento han mostrado cambios significativos.
No nieva igual todos los inviernos
La nieve presenta una marcada variabilidad temporal y espacial. En las montañas de la península ibérica, los inviernos pueden alternar entre años con abundantes nevadas y otros casi sin nieve.
Esta variabilidad no es homogénea. Las cotas bajas y sectores como el Pirineo oriental son más irregulares debido a su posición frente a los flujos atlánticos, mientras que cordilleras occidentales y septentrionales actúan como barrera, captando la mayor parte de la humedad y dejando condiciones más secas hacia el este. Este fenómeno, conocido como sombra pluviométrica, también es observable en otras montañas españolas como Sierra Nevada.
A escala local, además, el relieve y el viento influyen también en la acumulación de nieve. En conjunto, estos factores hacen que las tendencias espacio-temporales de la nieve muestren una elevada heterogeneidad.
¿Hay menos nieve en el hemisferio norte?
A escala del hemisferio norte, la cobertura de nieve ha disminuido de forma acelerada desde la década de 1980. Este descenso se atribuye principalmente al aumento de la temperatura vinculado al cambio climático de origen antrópico. Este fenómeno ha dado lugar a lo que se conoce como sequía nival hidrológica, es decir, cuando la acumulación de nieve es insuficiente o la fusión es demasiado rápida y se genera un déficit respecto a un periodo histórico concreto.
Aun así, durante la estación fría, en cotas elevadas y en latitudes altas, la acumulación de nieve depende más de la precipitación que de la temperatura. En las latitudes medias de la cuenca del Mediterráneo, la precipitación presenta una elevada variabilidad anual y decadal, sin que se observen tendencias claras a lo largo del periodo histórico.
En los Pirineos, en cotas elevadas (>2 000 m), donde las temperaturas se mantienen bajo cero, las tendencias recientes (2000-2020) son neutras o ligeramente positivas. Sin embargo, en periodos más largos (1958–2017) se observa una disminución generalizada del número de días con nieve en el suelo y del espesor medio.
Además, en este sistema montañoso se detecta una fusión cada vez más temprana en la temporada y más intensa, asociada a un aumento de la energía disponible para derretir la nieve. Este fenómeno se ha relacionado con una mayor frecuencia de situaciones anticiclónicas durante la primavera. Estos periodos de estabilidad atmosférica favorecen la entrada de masas de aire templado, incrementan la radiación y el calor sensible, y aceleran la fusión. Estas situaciones atmosféricas se producen actualmente con temperaturas más elevadas debido al calentamiento global.
¿Qué pasará en el futuro?
Los estudios basados en simulaciones climáticas coinciden en proyectar una disminución de la nieve en el hemisferio norte, independientemente del modelo climático utilizado y del escenario de emisiones de gases de efecto invernadero considerado, tanto moderado como alto.
En los Pirineos, las proyecciones apuntan a una reducción generalizada de la nieve, especialmente en las cotas bajas, donde pequeños aumentos de temperatura determinan si la precipitación cae en forma de nieve o de lluvia.
Aun así, la nieve no desaparecerá de esta cadena montañosa, ni siquiera a finales de siglo. En concreto, las proyecciones para finales del siglo XXI (2080–2100) anticipan reducciones de la precipitación nival que oscilan entre el −9 % en un escenario de emisiones moderadas (entre 2 500 y 3 000 m) y el −29 % en un escenario de altas emisiones (entre 1 000 y 1 500 m), en comparación con el clima histórico (periodo 1960–2006).
Estos cambios afectan también la duración de la temporada de nieve, la rapidez de la fusión y los picos de escorrentía, es decir, el agua que circula por la superficie. Un aumento de 1 °C puede reducir hasta un 30 % la nieve estacional a 1 500 m.
Además, estudios recientes indican que el aumento de la temperatura debido al cambio climático contribuye a una mayor evaporación y a una mayor cantidad de humedad disponible en la atmósfera, lo que puede dar lugar a un incremento de episodios extremos de precipitación en forma de nieve, como la borrasca Filomena de 2021, siempre que la temperatura se sitúe por debajo del punto de fusión.
Implicaciones para el clima y los ecosistemas
La nieve es un factor clave en las zonas de montaña. Actúa como un regulador hidrológico natural: almacena agua durante los meses fríos y la libera de forma progresiva en primavera y verano. Su disminución altera los picos de escorrentía, afecta a la disponibilidad de recursos hídricos y condiciona la producción hidroeléctrica.
La nieve desempeña un papel fundamental en el clima debido a su alto albedo, ya que refleja gran parte de la radiación solar. La pérdida de cobertura nival incrementa la absorción de energía en la superficie, generando retroalimentaciones que aumentan la temperatura.
Los cambios en la nieve influyen también en los ecosistemas de montaña, en la fenología de la vegetación –en sus ciclos biológicos– y en la evolución de los glaciares, que dependen de una cubierta nival persistente para retrasar la exposición del hielo durante el verano. Además, el aumento de episodios de lluvia sobre nieve, favorecidos por temperaturas más elevadas, puede desencadenar crecidas rápidas e inundaciones, como la ocurrida en el municipio de Vielha (Lérida) en 2013, con elevados costes económicos.
En este contexto, el cambio climático plantea un desafío estructural para los sistemas naturales y económicos de montaña. Afrontar este nuevo escenario requiere avanzar en estrategias de adaptación y mitigación que permitan gestionar el agua, el territorio y las actividades de montaña.
Fuente/The Conversation / Creative Commons
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