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Calentamiento global: ¿mucho calor o mucho color?

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¿Está realmente el planeta en peligro? ¿Somos los seres humanos con nuestra era industrial una amenaza para la naturaleza? ¿El cambio climático provocará una drástica transformación al estilo de vida actual? Por cambio climático o por ciclos de la Tierra, hoy hace más calor que hace cien años y sólo ese hecho puede traer consecuencias insospechadas. Hay datos concretos que avalan el cambio que estamos teniendo… Claro que también hay quienes ponen todo en duda. Por Catalina Allendes E.

Mirar la Tierra desde el espacio proporciona una perspectiva única. Nuestro planeta es un lugar frágil y bello, protegido sólo por una capa muy delgada de atmósfera que es esencial para la vida. Y bosques en apariencia grandes acaban siendo pequeños y pasan de largo muy rápidamente.

El relato es de un astronauta, obvio, y viene a poner en perspectiva universal la fragilidad del planeta. Sólo once días allá arriba hicieron que el autor de la frase, André Kuipers, de la Agencia Espacial Europea, se convirtiera en un acérrimo defensor del medio ambiente como embajador de la WWF.

Pero probablemente ninguno de los que está leyendo estas líneas ha tenido o tendrá la suerte de Kuipers de ir al espacio. Y el medio ambiente, a juzgar por los datos científicos, no tiene tiempo para esperar a que nos podamos subir a un cohete para que hagamos ese nivel de conciencia. La salida a estas alturas es asumir que hay evidencia (discutible por algunos) que parece indicar que el planeta está bajo presión y que cualquiera sea la causa, como acá es donde vivimos, no podemos hacernos los desentendidos.

Eso, para partir y más allá de la polémica de qué tan complejo pueda ser el momento. Lo concreto es que emitimos cada vez más gases contaminantes que no pueden ser absorbidos naturalmente por el medio ambiente y que éstos, por lo bajo, hacen una contribución a los cambios que vive el entorno, un proceso del que ya estamos siendo protagonistas. Eso, sumado al feroz crecimiento demográfico que demanda cada vez con mayor avidez los recursos naturales de la Tierra.

“Sabemos que la demanda de recursos como el pescado, la madera y los alimentos aumenta vertiginosamente a un nivel que es imposible reponer de forma sostenible”, advierte el astronauta Kuipers, que participó del Informe Planeta Vivo 2012 de la WWF realizado con el apoyo de la Agencia Espacial Europea.

Ese informe es lapidario: tal como están las cosas hoy la Tierra tardaría 1,5 años en regenerar los recursos renovables que los seres humanos utilizamos en un año y el mismo período tardaría en absorber el CO2 que generamos. O sea, los números no cuadran y al parecer hay algo de canibalismo planetario.

Lo que es peor es que este desequilibrio, con la demanda superando lo que la Tierra renueva, se viene dando desde 1970, dice la WWF. En concreto, estamos sobregirados, en una cuenta que no da intereses, desde hace más de 40 años.

El consumo aumenta a mayor velocidad que la eficiencia de la producción y las poblaciones crecen más rápido que la capacidad de la biósfera, es la contundente constatación de Planeta Vivo 2012 a este problema. Y claro, no hay que ser magos para aventurar que a este ritmo, aunque sea difícil determinar cuándo, podemos hacer aguas.

Claro que hay matices, el estudio detalla que si toda la humanidad viviera como un indonesio medio, se utilizaría sólo dos terceras partes de la biocapacidad del planeta, con lo cual generaríamos excedentes. Si viviéramos como los argentinos, en cambio, se necesitaría más de medio planeta adicional y como los estadounidenses, requeriríamos nada menos que cuatro Tierras para regenerar la demanda.

Esas tremendas diferencias son las que, en gran medida, tienen a los países avanzando poco y nada en acuerdos que nos lleven a preservar y enfrentar los conflictos de la Tierra de manera efectiva.

Pero esa es sólo una parte. El daño más importante de la presión de los seres humanos sobre la Tierra tiene que ver con las emisiones de gases de efecto invernadero, que según los expertos son los que innegablemente están transformando nuestro medio ambiente: extensas olas de calor, lluvias más intensas, océanos más inestables, hielos transformándose en lagos, son los ejemplos más utilizados.

En una polémica columna el economista y director del Earth Institute de la Universidad de Columbia, Jeffrey D. Sachs, advirtió que “hemos entrado en una era nueva y muy peligrosa. Si es usted una persona joven, el cambio climático y otros riesgos ambientales de origen humano serán factores importantes en su vida”.

El consenso en torno al tema, en todo caso, aún está lejos de llegar. Publicaciones en prestigiosas revistas como la británica The Economist aún son escépticas a las catastróficas consecuencias de este cambio climático e incluso de la posibilidad de revertir drásticamente el actual modo de desarrollo económico del mundo. Titulares como Slash emisions, fly by Zepellin (reduce las emisiones, viaja en zepelín) o Apocalipsis No, han sacado roncha entre los ambientalistas.

Hace calor

Los expertos aseguran que hoy hace más calor y eso parece ser innegable. Basándose en evidencias científicas, el último informe del grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), organismo relacionado con las Naciones Unidas y uno de los más consultados por los países para sus políticas de mitigación, sostiene tajantemente que “el calentamiento del sistema climático es inequívoco”.

Según la IPCC, los once años más cálidos desde 1850, el año desde que se tienen registros instrumentales de la temperatura de la Tierra, se generaron entre 1995 y 2006. Detalla además que la tendencia al alza de la temperatura de manera lineal a 100 años -entre 1906 y 2005- figura con un incremento de 0,74 grados Celsius, bastante superior al 0,6 grados Celsius que indicaba el informe anterior 1901 y 2000.

“En promedio, las temperaturas del Hemisferio Norte durante la segunda mitad del siglo XX fueron muy probablemente superiores a las de cualquier otro período de 50 años de los últimos 500 años. Seguramente las más altas a lo largo de, como mínimo, los últimos 1.300 años”, sentencia el informe.

La Organización Meteorológica Mundial (OMM) es más severa y dice que el cambio climático se habría acelerado entre el 2001 y el 2010. En su informe sobre la década, dado a conocer a mediados de este año, sentencia que las temperaturas se situaron 0,46 grados Celsius sobre la media de temperaturas máximas del período 1961 y 1990.

Polémica por los mares

El problema es que aparejado al calor, vienen las consecuencias. El aumento de nivel del mar concuerda con el calentamiento. En promedio el nivel de los océanos mundiales ha aumentado desde 1961 a un promedio de 1,8 milímetros al año y desde 1993 a 3,1. ¿Razón? “La dilatación térmica y el deshielo de los glaciares, los casquetes de hielo y los mantos de hielo polares”, señala el informe de la IPCC. Aclara, eso sí, que no es posible dilucidar hasta qué punto esa mayor rapidez evidenciada entre 1993 y 2003 refleja una tendencia a largo plazo.

Las mayores emisiones de CO2 han provocado además la acidificación de los océanos que absorben naturalmente este gas de efecto invernadero, pero que en cantidades no acostumbradas han provocado fuertes trastornos en las especies marinas y a la destrucción de grandes extensiones de corales.

Datos satelitales obtenidos desde 1978 revelan que el promedio anual de la extensión de los hielos marinos árticos, por ejemplo, ha disminuido en un 2,7% por decenio, con caídas más acentuadas durante los veranos: 7,4% por decenio.

Los datos de la OMM advierten también que el 2011 fue el undécimo año más cálido del Ártico y el segundo en el que el hielo registró su nivel más bajo.

Claro que ya hay quienes han salido a desmitificarlo. Un estudio del Concilio Científico de Ciencias Naturales de la Academia de Ciencias Rusa sostiene que el mínimo de las masas de hielo se registró en 2007 y que entre 2008 y 2011 el hielo ha vuelto a crecer. Con eso en la mano, el experto ruso Nikolai Dobretsov, sorprendió al mundo hace un par de meses diciendo que “es obvio que el calentamiento global continuo es un mito” y vaticinó que “hacia finales del siglo empezará un enfriamiento global y no un calentamiento”.

Así y todo el informe del IPCC, del que se espera una nueva versión nada alentadora para 2013 ó 2014, afirma que los deshielos han dado lugar a un mayor número y extensión de lagos glaciales, se ha acrecentado la inestabilidad del terreno en regiones montañosas y otras regiones y ha habido cambios en ciertos ecosistemas árticos y antárticos.

Gases tóxicos

En el informe de la IPCC se detalla que las emisiones mundiales de CO2, que es el gas de efecto invernadero más importante, han aumentado en torno al 80% entre 1970 y 2004. Sostiene que las concentraciones atmosféricas mundiales de CO2, metano y óxido nitroso se han elevado notablemente por efecto de las actividades humanas desde 1750. Pero no se queda ahí, dice que al año 2005 las concentraciones atmosféricas de CO2 y metano excedieron con mucho el intervalo natural de valores de los últimos 650 mil años.

La utilización de combustibles de origen fósil es una de las razones más importantes de estas emisiones y según el organismo ligado a las Naciones Unidas si no se revierte su actual nivel de utilización, las emisiones mundiales de gases con efecto invernadero crecerán entre 25% y 90% en el período 2000 al 2030.

“De proseguir las emisiones de gases de efecto invernaderos a las tasas actuales, el calentamiento aumentaría y el sistema climático mundial experimentaría durante el siglo XXI cambios mayores a los observados en el siglo pasado”, es su frase lapidaria.

A nivel mundial y en forma más o menos consensuada se habla que, de no mediar cambio alguno en la utilización de combustibles fósiles, el calentamiento global aumentaría a tasas de 0,2 grados Celsius por década. Si las emisiones, en cambio se hubiesen quedado a niveles del año 2000 el incremento de la temperatura sería sólo de 0,1 grados Celsius por década. Por eso es que según los análisis científicos del IPCC no hay dudas de que “las proyecciones de temperatura dependen cada día más de los escenarios de emisión”.

Evidencia innegable

Un dato: gracias a la información obtenida de las burbujas de aire contenidas en los hielos milenarios se ha podido determinar con un alto nivel de certeza que la velocidad del cambio climático en la era pre humana avanzaba a razón de 0,00000015 grados Celsius por década. Hoy el avance es de 0,3 grados Celsius en igual lapso. O sea más de 400 veces más rápido que todo lo conocido cuando no había injerencia humana.

El investigador del Centro de Investigaciones Agropecuarias y único chileno miembro del panel del IPCC, Sergio González, es quien nos hace esos cálculos y advierte que “es innegable que estamos sufriendo una aceleración producto de la actividad humana por la generación de mayor cantidad de gases en la atmósfera”.

González advierte que más allá de las predicciones tendenciosas, hoy “disponemos de evidencia científica innegable del cambio que está protagonizando la Tierra”. Y en ese contexto de cambio, dice, se pueden prever importantes transformaciones para el planeta afectando abiertamente el modelo de emplazamiento de la sociedad.

De avanzar en esta línea dice que la agricultura necesariamente deberá trasladarse desde unas zonas a otras. Grafica con Chile: se estima un desplazamiento de los cultivos hacia el sur de entre 300 y 400 kilómetros. “Sólo eso podría cambiar dramáticamente el paisaje y las costumbres de las regiones”, sostiene.

Por su trabajo en la IPCC, como parte del grupo que trabaja con los gases de efecto invernadero, González es un convencido que no hay otro camino que la disminución radical del uso de combustibles fósiles. “Si queremos consumir energía, debemos apostar por las más limpias, generar cambios de hábitos en la población. El costo de la inacción resultará bastante más caro”.

Un estudio del gobierno inglés determinó que por cada dólar invertido en mitigación para el cambio climático se pueden ahorrar cinco dólares de consecuencias posteriores.

El ex vicepresidente del Banco Mundial, Nicholas Stern, que realizó ese informe, concluyó que con sólo el 1% del PIB mundial se puede revertir el nocivo efecto del hombre en el medio ambiente y mantener una relación más amigable y duradera con el planeta. Cuentas de ambientalistas norteamericanos sitúan en 3,6% del PIB el costo actual de Estados Unidos por concepto del cambio climático.

Habrá que ver cómo avanza el mundo… que al final del día, como dijo el astronauta Kuipers en la presentación de Planeta Vivo 2012, es el único lugar que tenemos para vivir: “Es mi hogar, el de mi familia y amigos y de otros 7.000 millones de personas”. •••

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El cambio in situ

El IPCC realizó un vaticinio de las consecuencias que tendrá el cambio climático de no mediar una alteración positiva en la emisión de gases de efecto invernadero en el planeta. Y no son nada de alentadoras. Aquí van:

En África al 2020 entre 75 millones y 250 millones de personas estarán expuestas a un mayor estrés hídrico; en algunos países la productividad de los cultivos pluviales podría reducirse hasta en 50%, con lo que la producción agrícola y el acceso a los alimentos quedaría en situación crítica; el aumento proyectado del nivel del mar, afectaría a extensas áreas costeras muy pobladas.

En el decenio de 2050 disminuirá notablemente la disponibilidad de agua dulce en el centro, sur, este y sudoeste de Asia.

Hasta el 2020 se experimentaría una importante pérdida de diversidad biológica en Australia y Nueva Zelandia. Al 2030 en ese continente se agravaría la seguridad hídrica y al 2050 aumentarían exponencialmente los riesgos de inundaciones costeras. Producto del cambio climático, se favorecerían algunas zonas agrícolas y se perjudicarían otras.

En Europa también abundarían las inundaciones costeras, las olas de calor, disminuiría el potencial hidroeléctrico y la productividad de los cultivos.

En América del Norte y del Sur también podría experimentarse pérdida de diversidad biológica, caída en la productividad de cultivos, escasez de agua, reducción de glaciares y nieves, mayores olas de calor.

www.capital.cl

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Polinizadores en peligro: POR QUÉ LAS ABEJAS SON FUNDAMENTALES

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Sin este proceso, muchos ecosistemas perderían diversidad y la agricultura sostenible sería mucho más difícil. En los últimos años, la disminución de poblaciones de polinizadores ha generado preocupación científica y social por sus consecuencias ambientales, económicas y alimentarias.

Los polinizadores son animales que facilitan el traslado de polen entre órganos reproductivos de las plantas. Las abejas son las más conocidas, pero no son las únicas. Muchos insectos silvestres cumplen funciones clave en bosques, praderas, huertos y cultivos. La polinización puede parecer un proceso pequeño, pero sostiene redes ecológicas complejas y contribuye a la estabilidad de los ecosistemas.

Las abejas destacan por su eficacia y constancia en la visita a flores. Existen abejas melíferas gestionadas por apicultores y muchas especies silvestres que polinizan plantas nativas y cultivos. Su trabajo mejora el rendimiento, la calidad y la diversidad de alimentos. Frutas, hortalizas, frutos secos y semillas dependen en mayor o menor medida de este proceso. Proteger a las abejas significa proteger la biodiversidad y la seguridad de la alimentación humana, ya que muchos productos ricos en vitaminas y micronutrientes dependen de ellas. Su pérdida simplificaría drásticamente la oferta alimentaria y afectaría la calidad nutricional global.

  • Biodiversidad y equilibrio ecológico: Los polinizadores ayudan a mantener la diversidad vegetal. Si disminuyen, muchas plantas producen menos semillas y frutos, lo que afecta a aves, mamíferos e insectos que dependen de ellas. Esta pérdida altera las cadenas alimentarias y reduce la resiliencia de los ecosistemas.
  • Agricultura sostenible: La producción agrícola necesita polinizadores sanos. Aunque algunos cultivos se polinizan por el viento, muchos mejoran notablemente con la actividad de insectos. La presencia de setos, flores silvestres y hábitats naturales cerca de los campos puede aumentar sus poblaciones y reducir la dependencia de insumos externos, integrando naturaleza y producción de forma resiliente.

Las principales amenazas para los polinizadores son la pérdida de hábitat, el uso intensivo de pesticidas, la contaminación, las especies invasoras, las enfermedades y el cambio climático. La simplificación del paisaje agrícola reduce su alimento y refugio, mientras que las olas de calor y cambios estacionales desincronizan la floración con la actividad de los insectos.

Para mitigar el impacto químico, reducir pesticidas no significa abandonar la protección de cultivos, sino aplicar un manejo integrado de plagas. Este enfoque combina prevención, monitoreo y control biológico, recurriendo al uso químico solo cuando es estrictamente necesario. Así se protege la producción y se reduce el daño sobre insectos beneficiosos.

Para recuperar sus poblaciones, es vital diseñar paisajes favorables que combinen refugios, agua, ausencia de químicos peligrosos y una diversidad floral durante todo el año. Los monocultivos extensos ofrecen alimento durante periodos muy cortos y luego se convierten en desiertos ecológicos; en cambio, los setos, márgenes, praderas y pequeños bosques proporcionan continuidad temporal y espacial con flores de distintas formas adaptadas a diferentes insectos.

  1. En el campo: Los márgenes florales, la rotación de cultivos y la reducción de agroquímicos favorecen su recuperación rápida, conectando espacios verdes y hábitats naturales dispersos.
  2. Ciudades como refugio: Los entornos urbanos pueden convertirse en microhábitats valiosos si se gestionan parques, balcones y solares con criterios ecológicos. Praderas floridas, hoteles de insectos bien diseñados, la reducción de siegas excesivas y la eliminación de herbicidas permiten crear una red ecológica que complementa a los hábitats naturales.

Los ciudadanos pueden apoyar a los polinizadores mediante jardines con flores diversas, la compra de alimentos sostenibles y el apoyo a la apicultura responsable. Por su parte, las empresas agrícolas y alimentarias deben incorporar criterios de biodiversidad en sus cadenas de suministro, mientras que las administraciones públicas tienen la obligación de facilitar políticas que protejan hábitats y regulen sustancias perjudiciales.

Para saber si estas medidas funcionan, se requiere continuidad mediante la investigación y el seguimiento científico. Los indicadores de recuperación —como la presencia de más flores, mariposas, abejas silvestres y frutos en plantas nativas— deben evaluarse con monitoreos científicos de abundancia y diversidad. Los conteos de insectos y análisis de hábitats aportan datos esenciales para ajustar políticas agrícolas y urbanas, evitando que los esfuerzos se queden en acciones simbólicas de temporada.

Los polinizadores, especialmente las abejas, son fundamentales para la biodiversidad, los ecosistemas y la agricultura sostenible. Su declive no es un problema aislado, sino una señal de deterioro ambiental generalizado. Protegerlos exige cambiar la gestión del territorio, reducir presiones químicas y recuperar hábitats. Cuidar a los polinizadores es cuidar la base natural de muchos alimentos y de la vida en el planeta.


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DÍA MUNDIAL DEL MEDIO AMBIENTE

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Desde su inicio en 1974 ha servido para encender debates y sembrar iniciativas: escuelas que plantan árboles con alumnos, barrios que organizan limpiezas de ríos, pequeñas empresas que cambian plásticos por materiales reutilizables. Esos actos, aunque modestos, son el pulso de una transformación mayor.

Su importancia radica en poner en la agenda pública desafíos ambientales transversales: contaminación atmosférica y de aguas, pérdida de biodiversidad, degradación de suelos, residuos y la crisis climática. Al concentrar campañas temáticas anuales y designar países anfitriones, el Día facilita la coordinación entre gobiernos, ONG, sector privado y comunidades locales, amplificando mensajes y recursos.

Históricamente, la conmemoración nació tras la creciente conciencia ambiental de los años 60–70 y las primeras conferencias internacionales que vinculaban desarrollo y ambiente. Desde entonces, ha ayudado a catalizar acuerdos, normativas y comportamientos —por ejemplo, campañas de reducción de plásticos, restauración de ecosistemas y promoción de energías limpias— que, aunque insuficientes, muestran el potencial de acción conjunta.

Los beneficios concretos para el planeta y el desarrollo sostenible incluyen: aceleración de políticas públicas ambientales; mayor financiamiento y prioridad para proyectos de conservación y infraestructura verde; impulso a la transición energética y eficiencia energética; y fortalecimiento de economías locales basadas en servicios ecosistémicos.

Para el cambio climático, la celebración funciona como instrumento de educación y presión política para reducir emisiones, promover adopción de renovables y fomentar prácticas de mitigación y adaptación. En biodiversidad, concentra esfuerzos de protección de hábitats, monitoreo de especies y estrategias de manejo sustentable que reducen pérdidas genéticas y servicios ecosistémicos esenciales (polinización, regulación hídrica, control de plagas).

Imagen de Łukasz Winiarski en Pixabay

La eficiencia energética recibe atención a través de campañas de consumo responsable, etiquetado, incentivos para renovación de flotas y edificaciones más eficientes, y fomento de tecnologías como iluminación LED, bombas de calor o edificios de consumo casi nulo. Estas acciones reducen demanda, emisiones y costes económicos.

Sin embargo, no todo es lineal: las oportunidades incluyen visibilizar soluciones escalables, atraer inversión verde, empoderar comunidades y promover innovación tecnológica y educativa. Las desventajas o límites son la temporalidad del impacto (muchas campañas quedan en acciones puntuales), el riesgo de “ecoblanqueo” por parte de empresas, la desigualdad en capacidad de respuesta entre países y la brecha entre discurso público y políticas vinculantes. Para maximizar beneficios se requieren seguimiento, metas cuantificables, transparencia en financiamiento y alianzas multisectoriales que traduzcan sensibilización en transformaciones estructurales.

En 2026, el lema del Día Mundial del Medio Ambiente es: «Un llamamiento mundial a la acción climática». Este año, el Día Mundial del Medio Ambiente se centra en el cambio climático y en las señales que nos envía el planeta. El Programa de Naciones Unidas por el Medio Ambiente nos llama a actuar #PorElClimaYa.

Cada año, un país se convierte en anfitrión y organizador del Día Mundial del Medio Ambiente. La República de Azerbaiyán será el país anfitrión del mayor evento por el medio ambiente del mundo.

 La Tierra ya nos está hablando. Y lo hace con temperaturas récord, incendios más feroces, tormentas extremas y glaciares que desaparecen frente a nuestros ojos.

Durante años dijimos que limitar el calentamiento global a 1,5 °C era clave para evitar los peores impactos del cambio climático. Hoy, ese umbral está peligrosamente cerca de ser superado. Y cada décima de grado cuenta.

El cambio climático no es una amenaza futura: está redefiniendo la vida en todo el planeta.

El #DíaMundialDelMedioAmbiente 2026 nos recuerda que todavía estamos a tiempo de cambiar el rumbo. La Tierra nos está enviando señales. La pregunta es: ¿qué señal vamos a enviar nosotros?

Súmate a la campaña global de ONU Medio Ambiente y actúa #PorElClimaYa. Porque proteger el planeta también es proteger nuestra salud, nuestras comunidades y nuestro futuro.

En el marco de la celebración del Día Mundial del Medio Ambiente se deben centrar los esfuerzos en motivar a las personas y comunidades, para que se conviertan en agentes activos del desarrollo sostenible y de protección del medio ambiente.

Es por ello que se invita a las personas a mejorar sus hábitos de consumo. A las empresas a desarrollar modelos más ecológicos. A los gobiernos a proteger las zonas salvajes. A los profesores a educar en valores naturales. A los jóvenes a alzar la voz por el futuro del planeta. La protección del medio ambiente requiere del apoyo de todos.

Imagen de Ralf Ruppert en Pixabay

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LA HUELLA QUE DEJA EL LITIO DE LAS BATERÍAS EN LOS OCÉANOS

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Su imagen está asociada a un futuro limpio y descarbonizado. Sin embargo, como ocurre con muchos avances tecnológicos, su uso masivo plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre con el litio cuando acaba en el medio ambiente, especialmente en el mar?

Estudios recientes realizados con organismos marinos muestran que este metal, considerado durante mucho tiempo poco problemático, puede dejar una huella biológica relevante en los ecosistemas marinos, incluso a concentraciones similares a las que ya se detectan en la naturaleza.

A diferencia de otros metales ampliamente estudiados, como el mercurio o el plomo, el litio no suele figurar en los listados clásicos de contaminantes ambientales. Su impacto ecológico ha recibido mucha menos atención. Sin embargo, su producción se ha disparado en las últimas décadas y su tasa de reciclaje sigue siendo baja

Gran parte del litio acaba en vertederos o se libera a través de aguas residuales, que los sistemas de depuración no eliminan eficazmente. Esto facilita que alcance ríos, estuarios y océanos. En condiciones naturales, las concentraciones de litio en el agua de mar son bajas. Pero en zonas con fuerte presión humana o cerca de explotaciones mineras se han registrado valores notablemente más altos.

La cuestión es si estas concentraciones, sin ser letales, pueden afectar a la salud de los organismos marinos a largo plazo. Para disipar dudas, distintos estudios han utilizado especies clave de la cadena trófica marina, como copépodos, erizos de mar, quisquillas, mejillones o poliquetos. Su diversidad en estrategias alimentarias y fases del ciclo vital permite evaluar mejor los efectos del contaminante en diferentes niveles del ecosistema.

El litio no siempre provoca efectos inmediatos o visibles. En muchos casos, las concentraciones actuales no causan mortalidad masiva en los organismos marinos, pero sí generan efectos subletales que pueden comprometer su salud a largo plazo.

En concreto, producen alteraciones en enzimas relacionadas con el estrés oxidativo, en procesos de detoxificación y en mecanismos asociados al sistema nervioso. Tal y como ya se ha visto en investigaciones anteriores y también en las nuestras, en embriones de erizo de mar, la exposición al litio puede ralentizar el desarrollo o inducir malformaciones, incluso cuando no se produce la muerte de los organismos.

El efecto del litio no depende únicamente de la concentración, sino también del tiempo de exposición. A medida que pasan las semanas, las respuestas biológicas se vuelven más intensas y afectan a niveles cada vez más complejos, tanto bioquímicos como enzimáticos, pasando por alteraciones celulares, hasta daños visibles en tejidos.

Cuando todos estos indicadores se analizan de forma conjunta, el resultado es claro: el estrés biológico aumenta de manera progresiva y sostenida. Es decir, exposiciones prolongadas a litio, incluso en niveles moderados, pueden generar efectos acumulativos.

Este tipo de impactos, menos evidentes pero persistentes, plantea un riesgo ecológico importante, ya que puede afectar a la reproducción, el crecimiento y la supervivencia de las especies. A largo plazo, los cambios pueden alterar el equilibrio de los ecosistemas y el funcionamiento de las cadenas tróficas.

Además, estos resultados cuestionan la idea de que todos los materiales asociados a la transición energética sean ambientalmente inocuos. El litio es indispensable para reducir las emisiones de carbono, pero su ciclo de vida completo —incluyendo su destino final— debe evaluarse con rigor.

Los estudios no apuntan a un riesgo inmediato de colapso de los ecosistemas marinos, pero sí lanzan una advertencia clara: el litio es un contaminante emergente que merece atención, seguimiento y regulación. Entender sus efectos a largo plazo, especialmente en combinación con otros factores como el calentamiento global o la exposición simultánea a múltiples contaminantes, será clave para avanzar hacia una transición energética completa.

Porque la transición no consiste solo en cambiar las fuentes de energía, sino en garantizar que las soluciones adoptadas no generen nuevos problemas ambientales.

El litio seguirá siendo esencial para el futuro energético. Pero su historia en los océanos aún se está escribiendo. Comprenderla a tiempo será fundamental para que la transición sea realmente sostenible.



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VERANOS INTERMINABLES E INVIERNOS MENGUANTES: ¿CÓMO DEFINIMOS AHORA LAS ESTACIONES?

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Uno de los elementos más visibles del cambio climático antropogénico (causado por el ser humano) es el aumento de la temperatura, que a su vez modifica la forma y extensión de las cuatro estaciones. ¿Las consecuencias? Veranos más largos, que se desplazan hacia la primavera y el otoño, inviernos más cortos, primaveras adelantadas y otoños retrasados.


Estudiar de manera precisa cómo, cuánto, a qué ritmo y con qué intensidad se están produciendo esos cambios y se proyecta que sucedan en el futuro tiene un interés enorme debido a sus numerosas consecuencias. No sólo para los ecosistemas naturales, sino en el consumo y gestión de la energía, el confort de la población o la alteración del ciclo anual y sus efectos.

El concepto o definición de verano o invierno es intuitivo y aparentemente sencillo. Sin embargo, definir y calcular de manera rigurosa y objetiva las estaciones resulta muy complejo; hay muchas sutilezas y matices a tener en cuenta. De hecho, no existe un consenso en la comunidad científica ni en los centros de estudio climático a la hora de determinarlo.

¿Cómo definimos un día de verano?

Existen múltiples formas de aproximarse a la definición de las estaciones, según el enfoque que se utilice. Por un lado está el astronómico o climático: desde la astronomía, se determina con los solsticios y equinocios, o desde la climatología, con periodos fijos de tres meses.

Estas definiciones son, por tanto, invariables. Así, el verano dura astronómicamente desde el 21 de junio al 21 de septiembre (con ligeras variaciones entre años). Y desde el punto de vista climático, corresponde a los meses de junio, julio y agosto.

No consuma noticias, entiéndalas.

Por otro lado, está la definición meteorológica o térmica. Determinar si un día concreto, más allá del calendario fijo, corresponde a condiciones de verano, otoño, invierno o primavera podría conseguirse a partir del comportamiento de su temperatura (media, máxima o mínima) diaria.

Así, una definición extendida entre la comunidad científica determina como día de verano aquel en el que la temperatura máxima supera los 25ºC. Este valor es un promedio muy global a nivel planetario. No obstante, resulta lógico que quienes viven en una zona de montaña, desértica o cerca de los polos o del ecuador no estén totalmente de acuerdo con que esa temperatura sea la que defina sus días de estío. Entre otros ejemplos, el servicio meteorológico sueco establece el comienzo de la estación a partir de 10ºC de temperatura media diaria.

Algunos trabajos proponen obtener el valor numérico en cada región a través de su promedio climatológico de temperatura (30-40 años más recientes), aunque no existe una propuesta general para la extensión de la zona y el periodo a emplear. En España, se ha estudiado tanto mediante medias de tres meses como a partir de la media entre junio y septiembre.

Además, está la posibilidad de emplear el percentil 75 de temperatura máxima o mínima o media. Suponiendo que las temperaturas evolucionan como una oscilación suave y homogénea a lo largo del año, dividiéndose en cuatro partes iguales el ciclo anual, ese percentil 75 correspondería al 25 % de los días más cálidos, es decir, los días de verano.

Existe otra propuesta interesante: analizar las estaciones a través de la distribución de frecuencias de la temperatura diaria en el año. Su forma es más o menos simétrica, con un máximo central (suma de días de primavera y otoño) y dos colas (verano e invierno). Los cambios proyectados por el calentamiento global tanto en el valor medio como en el ancho de esa distribución, que se muestran en los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), pueden ser útiles para estudiar cambios en las estaciones.

También existen trabajos que estudian las estaciones desde otras perspectivas muy distintas, como la fenológica: según el crecimiento de la vegetación y la floración. Como ejemplo ilustrativo, el cerezo japonés, con más de 1 000 años de datos, permite analizar la evolución estacional de la temperatura en escalas temporales enormes.

Si bien estos estudios son limitados en cuanto a su representatividad para grandes regiones, muestran de manera muy clara la conexión de los ecosistemas naturales y calentamiento global.

¿Cmo están cambiando las estaciones debido al calentamiento global?

Determinar el inicio y fin de una estación se vuelve una tarea más complicada si se tiene en cuenta que el cambio climático antropogénico está transformando los patrones. Múltiples estudios indican cambios muy significativos en la duración y extensión de las estaciones, y en particular del verano: más de un día por año de aumento en las últimas tres décadas en múltiples megaciudades (Sidney, Minneapolis, Tokio); incremento de al menos una semana en la mayor parte del hemisferio norte en las décadas recientes; o en torno a 2,5 días por década en Europa en los últimos 70 años.

Si ponemos el foco en España, los veranos de Castilla-La Mancha, por ejemplo, se han alargado 7 días por década de media en los últimos 40 años.

Estudiando las proyecciones futuras, los inviernos, definidos a partir de los valores del siglo XX, prácticamente habrán desaparecido en la península ibérica a finales del siglo XXI. A nivel global, cualquiera de las proyecciones de emisiones de gases de efecto invernadero obtienen veranos que duran en torno a 6 meses e inviernos de menos de 2.

El calentamiento global, por tanto, ya ha alterado de manera significativa las estaciones, en particular las más extremas (verano y el invierno). Entre las diferentes líneas de investigación, los expertos se están centrando en varios aspectos:

  • Estudiar de forma más detallada los ritmos de cambio a escala más local.
  • Analizar la sensibilidad de los cambios a los diferentes escenarios de emisiones de gases de efecto invernadero.
  • Hacer más precisas las diferentes metodologías para estimar las estaciones, su variabilidad y consistencia.
  • Analizar mejor las estaciones como primavera y otoño, para conocer hasta qué punto se van a ver alteradas, acortadas, desplazadas o el paso de condiciones invernales a veraniegas y viceversa pueda ser más brusco.

Sólo profundizando en estos patrones se podrán precisar sus impactos y mejorar las medidas de adaptación en el contexto del cambio climático.

 


Fuente/The Conversation /Creative Commons
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UNA OLA DE CALOR MARINA MASIVA PROVOCÓ EL COLAPSO DE LOS ARRECIFES DE CORAL DEL CARIBE MUCHO MÁS RÁPIDO DE LO PREVISTO.

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Durante décadas, los arrecifes de coral de todo el Caribe han sufrido enfermedades, contaminación, sobrepesca y el aumento de la temperatura del mar, pero la mayoría ha seguido creciendo, hasta ahora.

 

En 2023 y 2024, las temperaturas superficiales alcanzaron máximos históricos en los océanos del mundo, y una ola de calor marina de duración e intensidad sin precedentes se extendió por los trópicos . Satélites de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de EE. UU. detectaron estrés térmico que podría provocar el blanqueamiento de los corales en más del 80 % de las zonas de arrecifes del planeta .

Durante estos períodos de estrés extremo, los corales expulsan las algas simbióticas que les dan su color y la mayor parte de su alimento, lo que los vuelve completamente blancos y los deja vulnerables a la inanición, las enfermedades y, finalmente, la muerte .

En todo el Atlántico Norte , incluido el Caribe, el calor persistió durante meses, con un estrés térmico dos o tres veces mayor que el que los arrecifes habían experimentado jamás. El estrés térmico, fenómeno en el que las altas temperaturas ejercen presión sobre ecosistemas frágiles, puede alterar permanentemente su capacidad de funcionamiento.

Esto desencadenó lo que ahora se reconoce como el cuarto evento global de blanqueamiento de coral, el más grave que se ha documentado .

Blanqueamiento generalizado de los corales durante la ola de calor marina de 2023.

Los arrecifes de coral se encuentran entre los ecosistemas más productivos de la Tierra, y su importancia para las personas es fundamental. Alimentan a cientos de millones de personas a través de la pesca artesanal, son la base del turismo en todo el Caribe y sirven como rompeolas naturales que protegen la costa de las tormentas y reducen las inundaciones.

Los arrecifes del Caribe se están erosionando rápidamente.

En un nuevo estudio , descubrimos que en todo el Caribe, la ola de calor marina de 2023, combinada con una enfermedad mortal conocida como enfermedad de pérdida de tejido de coral pétreo, ha llevado a los arrecifes a superar un umbral que los científicos creían que estaría a una década o más de distancia. Ahora se están erosionando más rápido de lo que los corales pueden regenerarlos.

Estudiamos los arrecifes del Caribe mexicano y del Golfo de México, comparando los datos recopilados antes de la ola de calor (2018-2022) con los posteriores (2023-2024). En cada arrecife, contamos los corales vivos y los organismos que lo erosionan, como los peces loro y los erizos de mar. A partir de estos recuentos, estimamos la cantidad de formación de arrecifes (producción de carbonato) y de erosión (bioerosión), y luego calculamos el resultado neto: si el arrecife ganaba o perdía material.

Los resultados fueron contundentes: entre el 70 % y el 75 % de nuestros sitios en el Caribe pasaron de un crecimiento neto a una erosión neta. Ahora pierden carbonato de calcio más rápido de lo que los corales pueden agregarlo. El umbral que los modelos anteriores habían sugerido que podría superarse durante la próxima década ya se ha alcanzado .

Este cambio se debió a la pérdida de corales de rápido crecimiento, ramificados y formadores de placas, especialmente las especies de Acropora , que tienen tasas de crecimiento muy altas y contribuyen de manera desproporcionada a la formación de arrecifes.

Uno de nuestros hallazgos más preocupantes es que los arrecifes del Caribe que aún presentaban una alta cobertura de coral y una elevada producción de carbonato antes de la enfermedad y la ola de calor fueron los que más sufrieron pérdidas. Algunos perdieron hasta 8 kilogramos de carbonato de calcio por metro cuadrado al año.

Una historia de dos mares

Nuestro estudio también reveló un contraste sorprendente. Mientras que los arrecifes del Caribe colapsaron, los del Golfo de México se mantuvieron prácticamente intactos. La gran mayoría de los sitios del Golfo registraron un saldo positivo tras la ola de calor.

La diferencia radica en qué corales predominan en cada región. En el Golfo de México, los arrecifes están dominados por corales de crecimiento lento y forma de montículo. Crecen más lentamente, pero son más resistentes al calor. Sufrieron blanqueamiento durante la ola de calor, pero en su mayoría sobrevivieron, manteniendo así un balance positivo de carbonato en el arrecife .

Este es el equilibrio entre los procesos de construcción y erosión. Cuando se añade más de lo que se elimina, el arrecife de coral puede crecer. Cuando ese equilibrio se rompe, el arrecife deja de crecer e incluso puede erosionarse.

Imagen de Design Scape Studio en Pixabay

Además, los arrecifes del Golfo de México aún no se han visto afectados por la enfermedad de pérdida de tejido de los corales pétreos, que mata preferentemente a las mismas especies masivas y longevas que mantienen vivos los arrecifes del Golfo. Para cuando llegó el calor, gran parte del Caribe ya había perdido sus corales más resistentes debido al brote de la enfermedad . La ola de calor terminó lo que empezó.

Por qué es importante la erosión de los arrecifes

Todos los beneficios que proporcionan los arrecifes dependen de un delicado equilibrio entre la formación de arrecifes y la erosión.

Los arrecifes tropicales son esencialmente vastas estructuras de piedra caliza, construidas lentamente a lo largo de los siglos a medida que los corales depositan esqueletos de carbonato de calcio. Al mismo tiempo, las olas y diversos organismos del arrecife, como los peces loro, los erizos de mar y las esponjas perforadoras, los erosionan.

Un arrecife que se erosiona y se aplana comienza a perder su capacidad de proporcionar beneficios a otras especies y a las personas.

No esperábamos documentar el momento en que una importante región del océano pasara de crecer a erosionarse. El hecho de que ocurriera tan rápidamente, y en algunos de los arrecifes más emblemáticos y estudiados del Caribe, sugiere que los plazos que los científicos han estado utilizando podrían ser demasiado optimistas.

Nuestros hallazgos también podrían obligar a replantear la forma de abordar la restauración de los corales. En todo el Caribe, los programas han invertido mucho en la replantación de especies de coral ramificadas de rápido crecimiento, como Acropora , porque recuperan rápidamente su complejidad estructural. La ola de calor de 2023-2024 arrasó con muchas de estas poblaciones restauradas, además de las silvestres.

La restauración tendrá que diversificarse. Explorar enfoques como el intercambio de genes tolerantes al calor entre poblaciones (flujo genético asistido) y la cría de corales que sobrevivan mejor al calor (cría selectiva) podría ser una vía prometedora .

Pero la restauración por sí sola no será suficiente . Para revertir el declive se requieren reducciones drásticas de las emisiones de gases de efecto invernadero para disminuir la frecuencia e intensidad de las olas de calor marinas, junto con medidas locales contundentes contra la contaminación, la escorrentía de nutrientes, la sedimentación y las enfermedades, factores que debilitan a los corales antes de la llegada del calor.

 


Fuente/The Conversation/Creative Commons licence.
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