Opinión
EL SILENCIO TRAS EL IMPACTO: BALLENAS, TRÁFICO Y CONTAMINACIÓN
Por Miguel Ávila Director Núcleo de Investigación en Ciencias Biológicas Universidad de Las Américas.
Cada año, al conmemorarse el Día Mundial de las Ballenas, Chile tiene motivos tanto para celebrar como para preocuparse. Con miles de kilómetros de costa, nuestro país alberga cerca del 50 % de las especies de cetáceos del planeta. Sin embargo, esas mismas aguas se han transformado en una peligrosa autopista: un espacio donde el tráfico marítimo intenso convive con algunos de los mayores gigantes del océano, con consecuencias fatales.
Chile ostenta un triste récord mundial: es el país con la mayor tasa de colisiones fatales entre ballenas y embarcaciones. En la última década, casi un tercio de las muertes de cetáceos con causa identificada se debe a impactos con naves, convirtiendo estos choques en la principal causa de muerte no natural para las ballenas en nuestras aguas. Tras el fin de la caza comercial, la amenaza no ha desaparecido: simplemente ha cambiado de forma. Desde la Antártica hasta el norte de Chile, la superposición entre rutas marítimas y zonas de alta presencia de ballenas ha creado focos críticos de colisión que siguen expandiéndose.
A las amenazas visibles se suman otras menos evidentes, pero igualmente letales. La contaminación por mercurio, un metal pesado de origen industrial y minero que afecta incluso a ecosistemas tan remotos como la Antártica, donde llega a través del transporte atmosférico de larga distancia. En este ambiente extremo, la bioacumulación se intensifica y el metilmercurio, su forma más tóxica, se incorpora a las redes tróficas, alcanzando altas concentraciones en depredadores superiores como las ballenas. Así, estos cetáceos no solo reflejan el estado de los ecosistemas polares, sino que actúan como centinelas tempranos de riesgos que también pueden comprometer la salud humana.
En este contexto, el proyecto RT32-22, “Una mirada a la acumulación de mercurio y sus efectos en las redes tróficas de ballenas barbadas de las Islas Shetland del Sur y la Península Antártica”, financiado por el Instituto Antártico Chileno (INACH), busca medir concentraciones y comprender qué está ocurriendo con las ballenas en uno de los ecosistemas más prístinos del planeta. En un escenario de cambio global, donde las alteraciones en temperatura y corrientes pueden modificar la redistribución de contaminantes, esta investigación resulta clave para anticipar el impacto de este contaminante.
El cambio climático, la creciente actividad humana y la contaminación química, hacen urgente proteger a estos gigantes del mar. En este Día de las Ballenas, más que celebrar, el llamado es a actuar. Medidas concretas como la implementación de zonas de navegación lenta, el ajuste de rutas marítimas, el uso de tecnologías de detección temprana y el fortalecimiento del monitoreo de contaminantes, pueden reducir de forma significativa las amenazas que enfrentan las ballenas.
Chile tiene el privilegio de albergar una extraordinaria diversidad de cetáceos y la responsabilidad ineludible de cuidarlos. Solo así las futuras generaciones podrán seguir maravillándose con el soplo de una ballena en el horizonte, símbolo de un océano que aún puede mantenerse en equilibrio.
Columna de Opinión/Miguel Ávila Director Núcleo de Investigación en
Ciencias Biológicas Universidad de Las Américas
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