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Biodiversidad

Genes en Chile (Diversidad Genética)

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En Chile existe una gran diversidad de hábitat terrestres, marinos y de agua dulce, lo que, sumado al clima templado y al Relativo aislamiento geográfico del país, ha favorecido el desarrollo de una biodiversidad moderada en número de especies, pero con especies y ecosistemas únicos en el mundo.

La biodiversidad de flora y fauna del país muestra altos niveles de endemismo, razón por la cual es particularmente valiosa e importante de conservar. Las especies endémicas son aquellas que tienen su origen exclusivamente en Chile. También existe una gran cantidad de especies nativas, que se originan tanto en Chile como en otros países. La zona mediterránea de Chile es considerada entre las 25 zonas de mayor importancia para su conservación a nivel mundial, denominada como «punto caliente» (hotspot) (Myers et al. 2000). En Chile, se reconocen al menos 30.000 especies diferentes de plantas y animales (Simonetti et al. 1995).
La diversidad genética que tiene algún uso actual o potencial se considera un recurso genético. Cubillos (1994) establece una priorización de los componentes de la fitodiversidad de Chile que pueden ser considerados recursos genéticos y señala que los recursos genéticos endémicos son los más valiosos existentes en el país, ya que constituyen un patrimonio único y exclusivo en el mundo. Los recursos nativos también presentan un gran interés, ya que corresponden a elementos propios de nuestra variabilidad genética. La flora exótica puede presentar recursos genéticos interesantes, si son plantas adventicias naturalizadas. Estas se han incorporado permanentemente a nuestra flora sufriendo un proceso de selección natural a las condiciones ambientales del país y, por lo tanto, presentan una variabilidad genética que les da un carácter propio en comparación con sus centros de origen. Además del origen de las especies, se considera relevante otros criterios como el estado de conservación de las especies, su frecuencia de distribución y el número de usos del recurso (Cubillos, 1994; León y Cubillos, 1997).

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El Mundo

LOS MÚSCULOS ‘HABLAN’ CON TODO EL CUERPO: LA REVOLUCIÓN CIENTÍFICA QUE CAMBIA LA VISIÓN DEL EJERCICIO

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La idea de que el músculo es un simple motor mecánico ha quedado obsoleta gracias a un hallazgo que ha cambiado la fisiología moderna: en realidad, funciona como un órgano endocrino capaz de influir en prácticamente todos los sistemas de nuestro cuerpo.


Durante la contracción muscular se liberan cientos de moléculas llamadas mioquinas, sustancias imprescindibles para que el organismo funcione de forma correcta. De ahí nació la idea de que “el ejercicio es medicina”. Sin embargo, este concepto también ha pasado de moda. En realidad, habría que ir más allá y decir que es tan necesario para nuestra salud como respirar o comer, mientras que el sedentarismo y la falta de movimiento constituyen una fuente de enfermedad.

Qué son las mioquinas

Las mioquinas actúan como hormonas que se comunican a través del torrente sanguíneo con distintos órganos como el cerebro, el tejido adiposo, el hígado, el hueso o el sistema inmune. Según una revisión de 2024, son la razón por la que el ejercicio sea beneficioso para el sistema inmunitario.

La mioquina más estudiada hasta el momento es la interleucina‑6 (IL‑6), que se libera durante ejercicios de alta intensidad o de resistencia aeróbica hasta 100 veces más que en reposo. También tienen importancia la irisina, clave para mantener el equilibrio de la grasa corporal, y el factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF), implicado en la neuroplasticidad y la función cognitiva.

Y antes de centrarnos en los efectos de esta familia de moléculas, hay que tener en cuenta que el movimiento también estimula que otros órganos liberen las no menos importantes exerquinas. Por ejemplo, una revisión de 2022 revela su participación en la mejora cardiovascular, metabólica, inmune y neurológica. Si nos movemos poco y circulan pocas exerquinas por nuestro organismo, aumenta el riesgo de enfermedad y mortalidad por todas las causas.

Torrente de moléculas benefactoras

A continuación desglosamos cómo actúan las mioquinas en distintas partes de nuestro organismo:

  • Sistema inmune. Publicaciones recientes identifican al menos nueve mioquinas que influyen en el funcionamiento adecuado del sistema inmune. Entre ellas destacan la irisina, la decorina y las interleucinas IL-6, IL-7 o IL-15. Su liberación durante el ejercicio favorece la proliferación y diferenciación de las células de nuestras defensas, lo que potencia la “vigilancia inmunitaria”.Además, reducen la inflamación sistémica crónica, factor clave en la prevención de muchas enfermedades metabólicas y cardiovasculares. La IL‑6, por ejemplo, actúa como una señal antiinflamatoria capaz de modular la actividad de los linfocitos, los macrófagos y las células NK.
  • Sistema nervioso y neurocognitivo. El músculo ejerce una influencia directa sobre el cerebro a través de lo que se ha llamado “eje músculo‑cerebro”. La evidencia muestra que moléculas como BDNF, la irisina o la cathepsina B pueden estimular la formación de nuevas neuronas. También tienen efecto en la mejora del aprendizaje y la memoria y se asocian con la protección frente al deterioro cognitivo de enfermedades neurodegenerativas.Por ejemplo, la irisina se ha vinculado con un incremento de BDNF en el hipocampo, una región crucial para la memoria. A su vez, la cathepsina B contribuye a procesos de regeneración neuronal y mejora de la cognición.

    Este conjunto de señales químicas explica por qué las personas activas muestran menor riesgo de deterioro cognitivo y mejor salud emocional: el cerebro “escucha” lo que los músculos dicen cuando se contraen, y responde adaptándose y fortaleciéndose.

  • Metabolismo de la glucosa y las grasas. Durante el ejercicio, la IL‑6 desempeña un papel esencial al movilizar ácidos grasos desde el tejido adiposo, principalmente del visceral (el que se acumula en la cavidad abdominal y presenta mayor riesgo). Así favorece la quema de las grasas y contribuye al mantenimiento de los niveles de glucosa en sangre.

Imagen de roxanawilliams1920 en Pixabay

  • También modula la sensibilidad a la insulina, facilitando que el músculo capte glucosa de manera más eficiente. Este mecanismo explica parte de los beneficios del ejercicio en la prevención de la diabetes tipo 2. En conjunto, el músculo actúa como un “termostato metabólico” que ajusta el gasto energético y establece cuándo movilizar, almacenar o utilizar energía en función de la actividad física.
  • Sistema cardiovascular. Aunque el ejercicio en pacientes cardíacos debe ser prescrito por un profesional sanitario como el cardiólogo o el fisioterapeuta, puede ser muy beneficioso para prevenir enfermedades cardiovasculares. La actividad física induce la liberación de exerquinas que favorecen la vasodilatación, mejoran la función vascular y reducen la rigidez arterial. Esto explica por qué las personas físicamente activas presentan menor riesgo de hipertensión, enfermedades coronarias y fallos cardíacos.
  • Huesos y osteoporosis. El músculo dialoga también con nuestro esqueleto. Varias mioquinas favorecen la formación y remodelación de los huesos, estimulando la actividad de los osteoblastos (células constructoras de hueso) y modulando la densidad mineral ósea. Es un complemento necesario a las cargas mecánicas del ejercicio para prevenir y combatir la osteoporosis.
  • Control tumoral y reducción del riesgo de cáncer. Un artículo publicado en The Lancet Oncology relaciona el sedentarismo como factor de riesgo en más de 10 tipos de cáncer. En parte se explica porque durante el ejercicio se liberan mioquinas que inhiben la proliferación de células cancerosas y reducen el daño en el ADN de las células potencialmente malignas.A esto se suma su capacidad de movilizar células del sistema inmune capaces de reconocer y destruir células tumorales en fases tempranas. Una sola sesión de ejercicio aumenta significativamente los niveles de mioquinas con potencial de suprimir el crecimiento de células cancerosas.

En conjunto, toda esta evidencia demuestra que el músculo funciona como un verdadero centro endocrino: cada contracción muscular envía señales que ajustan el equilibrio interno del organismo, lo que confirma que moverse es una necesidad biológica para que nuestros sistemas del cuerpo funcionen correctamente.

 

Fuente/ The Conversatión licencia Creative Commons
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La situación de la biodiversidad en Chile, desagregada a nivel de recursos genéticos, especies y ecosistemas, con enlaces a sitios nacionales e internacionales que complementan la información.

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Biodiversidad en Chile

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En términos medioambientales, Chile posee dos características estructurantes: un gradiente latitudinal, que va desde los 18 grados hasta los 56 grados de latitud sur, y un gradiente altitudinal, que va desde fosas oceánicas de 8 mil metros de profundidad hasta los 7 mil metros de altitud en algunos puntos, lo que hace de Chile un país altamente heterogéneo en términos de las condiciones geográficas que permiten sustentar su diversidad biológica.

El patrón climático generado por ambos gradientes posibilita que Chile posea, a su vez, alguno de los sitios con menor precipitación del planeta y áreas con el mayor número de días lluviosos al año. En el mar también contamos con una gran diversidad de ambientes, desde fiordos, fosas y cañones marinos cerca de la costa hasta montes marinos cerca de islas oceánicas. Sin embargo, esta evidente diversidad de condiciones ambientales no necesariamente se traduce en una elevada diversidad biológica. En efecto, Chile presenta una de las menores diversidades específicas de fauna y flora silvestres en comparación con el resto de los países sudamericanos. En el caso de las aves, en Chile habitan algo más de 450 especies; no obstante, en Argentina coexisten sobre las 800 especies, en Bolivia y Perú sobre las 1.200 especies y en Colombia 1.721 especies. Situación similar ocurre con la diversidad de plantas angiospermas, en donde Chile posee sólo 5.300 especies, mientras países como Brasil sobrepasan las 55.000 especies (Conservación Internacional, 2005).

Unido a la presencia de ambos gradientes, Chile terrestre posee la curiosa característica del aislamiento, muy asimilable a una isla. Así, la parte terrestre del país está separada al este del continente por la cordillera de los Andes, al norte por el desierto de Atacama y de Tarapacá, y por el sur y el oeste, por el vasto Océano Pacífico, que en conjunción con la historia geológica del país, aparentemente habrían condicionado la existencia de especies extremadamente singulares para el territorio chileno, lo que otorga la país una condición de muy alto endemismo. Es así como en Chile, entre muchos ejemplos, podemos encontrar la queñoa (Polylepis tarapacana), único árbol que crece en forma natural a más de 4.000 metros de altitud. Otro ejemplo de alto endemismo son las Orestias, pequeños peces que se encuentran restringidos a los espejos de agua presentes en los salares del altiplano chileno, de las cuales se desconoce en gran parte su historia natural. Otro caso particular es el monito del monte (Dromiciops gliroides), que constituye una de las dos especies de mamíferos que son las únicas representantes de un orden completo (Microbiotheria). La otra especie exclusiva es el cerdo hormiguero africano, único representante del orden Tubulidentata (Wilson & Reeder 2005).

Para Chile, se han descrito alrededor de 30.000 especies (Simonetti y otros, 1995). Es decir, el equivalente al 1,93 por ciento de todas las especies descritas en el planeta, las que alcanzarían alrededor de 1,4 millones, según Wilson (1992). Chile es un país pequeño en superficie continental y pareciera ser que la magnitud de su biodiversidad refleja esta característica. No obstante esta limitación, aún falta el 98 por ciento de nuestras especies «chilenas» por descubrir y describir.

Si somos conservadores, la biodiversidad chilena tendría un potencial de descubrimiento de alrededor de 170 mil nuevas especies para los próximos años, las que probablemente en más de un 50% corresponderán a artrópodos. Este potencial de descubrimiento no es exagerado, si se tiene en cuenta que incluso animales mayores todavía no han sido descritos.

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Ecosistemas y Áreas Protegidas en Chile

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La Estrategia Nacional de Biodiversidad plantea proteger los ecosistemas más relevantes del país y define una meta al año 2010: proteger a lo menos el 10% de la superficie de cada uno de esos ecosistemas. Una meta similar fue acordada por el Convenio sobre Diversidad Biológica, al cual pertenece Chile. ¿Cuáles son los ecosistemas presentes en nuestro país?; y de ellos, ¿cuáles son los más relevantes?

Ecosistemas terrestres

La Estrategia Nacional de Biodiversidad plantea proteger los ecosistemas más relevantes del país y define una meta al año 2010: proteger a lo menos el 10% de la superficie de cada uno de esos ecosistemas. Una meta similar fue acordada por el Convenio sobre Diversidad Biológica, al cual pertenece Chile. ¿Cuáles son los ecosistemas presentes en nuestro país?; y de ellos, ¿cuáles son los más relevantes?
La respuesta a esas preguntas no es sólo importante para el cumplimiento de la meta. Es necesario distinguir nuestros ecosistemas para poder reconocer la relación entre las actividades humanas y la naturaleza, establecer indicadores de estado y de gestión, determinar los espacios sobre los cuales se desarrolle la gestión en medio ambiente, y lo más importante, conocer el valor real de nuestra naturaleza.
La diferenciación de la naturaleza en ecosistemas es una abstracción humana. La naturaleza no reconoce subconjuntos estancos y relaciona todas sus partes de manera muy compleja. Para fines de estudio se distinguen distintas formas de clasificar los diversos subconjuntos del patrimonio natural: biomas, ecorregiones, paisajes, ecosistemas, hábitat. Son utilizados para distinguir partes de la naturaleza a través de escalas de trabajo diferentes. En Chile existen distintas clasificaciones del patrimonio natural terrestre, en que se utilizan conceptos como ecorregiones, ecosistemas o habitat. Estas emplean información sobre vegetación, variación altitudinal y clima, entre otras, para distinguir diferentes tipos de ambientes.
A continuación se presentan dos de los métodos de clasificación más utilizados en Chile:
Gajardo (1994), ordena agrupaciones vegetales en un sistema jerárquico de tres niveles principales: regional, sub-regional y de formación vegetacional. En esta clasificación la región desértica cubre la mayor superficie del país (22%), seguida por las regiones de bosque siempre verde y turberas (18%), estepa alto andina (17%), matorral y bosque esclerófilo (10%), bosque caducifolio (8%), bosque andino patagónico (7%), estepa patagónica (4%), y bosque laurifolio (3%).
Luebert y Pliscoff (2004), nos proponen una clasificación más detallada que las anteriormente conocidas, empleando los mismos parámetros, pero con información reciente y valiéndose de los sistemas de información geográfica. Se trata de una clasificación que permite distinguir ecosistemas a una escala 1:250.000, lo que facilita la gestión pública en medio ambiente. Es una escala que resulta cómoda en la planificación y gestión ambiental en las regiones administrativas del país. Los «pisos de vegetación» de Luebert y Pliscoff distinguen 127 unidades (pisos de vegetación), caracterizadas por particulares condiciones climáticas, altitudinales y de vegetación.

Ecosistemas Marinos

Dadas las características de la costa de Chile, es necesario considerar al menos cuatro elementos principales para describir los ecosistemas marinos de nuestro país: la topografía, el clima, la oceanografía y la flora y fauna. Actualmente existen descripciones de estos elementos, hechos por Santelices (1991), Castilla et al. (1993) y Figueroa (2002), los que entregan un resumen de las características topográficas, geológicas y climáticas. Ahumada y otros (Bernal y Ahumada, Ahumada et al. 2000) así como Montecino y otros (2005) han hecho un gran esfuerzo de síntesis para describir las características oceanográficas, mientras que una serie de otros autores (entre otros, Castilla, 1979; Brattström y Johanssen, 1983; Fernández y otros, 2000; Camus, 2001) se han abocado a la descripción y discusión de los patrones de distribución y las características principales de la flora y fauna marina de nuestras costas.
Desde el punto de vista oceanográfico (Bernal y Ahumada, 1985; Ahumada y otros, 2000) se han descrito 4 ecosistemas: 1) Ecosistema del Giro Central del Pacífico Sur, 2) Ecosistema de Margen Oriental del Pacífico Sudeste, 3) Ecosistema Subantártico, 4) Ecosistema Antártico.
En la actualidad se ha validado como ecosistemas marino costero, una clasificación en 9 zonas zoogeográficas como aproximación gruesa a ecosistemas marinos, basada en una clasificación biogeográfica, que en escalas mayores, define 2 grandes provincias (templada cálida del pacífico sur, y templada fría de Sudamérica), y a nivel de ecorregiones considera 5 clasificaciones (de norte a sur: Humboldtiana, Chile central, Araucana, Chiloense, y canales y fiordos de Chile).

Ecosistemas Dulceacuícolas

Los ecosistemas dulceacuícolas, aunque funcionan de la misma manera que los ecosistemas terrestres, son muy diferentes en cuanto a los organismos participantes y a las características del mismo. El estudio estructural y funcional de los ecosistemas dulceacuícolas se ve facilitado por la relativa claridad de los límites y su diferenciación de los ecosistemas terrestres. Además, ellos presentan diferentes tamaños, lo que permite variar la escala de los experimentos naturales.

La clasificación validada de ecosistemas de aguas continentales, es una clasificación por ecotipos, los que a su vez se han basado fundamentalmente en factores hídricos (balance hídrico). Los grandes ecosistemas (ecotipos) existentes en Chile son: humedales, marinos, humedales costero y humedales continentales, y sus clases específicas se pueden ver el la siguiente tabla.

Sistema de clasificación de ecotipos y sus respectivos nombres comunes:

ECOTIPOS CLASE Nombre común Ejemplos chilenos
Humedal marino Intermareal, submareal Litoral costero
Humedal costero Intrusión salina lago costero, laguna costera, marisma, estuario. Lago Budi, Laguna Conchalí, Humedal Tubul-Raqui
Humedal continental Evaporación salar, bofedal, Puquios Salar de Atacama, Salar de Huasco
Infiltración

(A)

Hualve, ñadi, poza, charco, pitranto, pantano, Humedales depresión central de las regiones VII-IX
Infiltración saturado

(B)

Mallìn, turberas, turba magallánica, campañas, pomponal Parque Nacional Torres del Paine. Parque nacional Chiloé, sector Cucao
Escorrentía Río, arroyo, esteros, lagos Río Clarillo, Río Bío Bío, Lago Villarrica
Afloramientos subterráneos Vega, bofedal, humedal Parinacota, Jachucoposa,

Ciénagas de Name

Fuente: CEA. 2006. Link estudio CEA

Áreas Protegidas de Chile

En Chile existen áreas destinadas a proteger el patrimonio natural, desde principios del siglo XX. Si consideramos todas las formas existentes para poner un espacio de valor natural y cultural bajo protección, podemos concluir que hay muchos instrumentos legales competentes en la materia, en situaciones disímiles y con distinta intensidad de protección, desde la más estricta hasta aquellas áreas donde se compatibiliza protección y uso sustentable. Esta misma situación (variedad de formas de protección y variadas competencias institucionales) genera insuficiencias e imperfecciones, que requieren ser resueltas para resguardar adecuadamente un patrimonio de todos los chilenos. Justamente es el tema central de la Política Nacional de Áreas Protegidas, que aprobada por el Consejo Directivo de CONAMA en el año 2005, reconoce la posibilidad de desarrollo de tres subsistemas de Áreas Protegidas en Chile: i) el subsistema público en el ámbito terrestre (administrado por la Corporación Nacional Forestal, CONAF) y marino (administrado por el Servicio Nacional de Pesca), ii) el subsistema público-privado en el ámbito terrestre (el Ministerio de Bienes Nacionales delega y supervisa administración de terceros) y marino (Subsecretaría de Marina y CONAMA delegan y supervisan administración a terceros) y iii) el subsistema privado, tanto en propiedad como en gestión.

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