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PRIMER INFORME DE LA SALUD AMBIENTAL DE LA TIERRA
Hace 50 años se publicó ‘Los Límites del Crecimiento’, un informe sobre la evolución ambiental de nuestro planeta. Con advertencias sobre el agotamiento de los recursos naturales propiciado por la voracidad desarrollista, fue tachado de catastrofista por unos y de hito en la concienciación por otros.
Temperaturas, deforestación y contaminación acuática
Primer informe de la salud ambiental de la Tierra. Este año, la Tierra contará con 8.000 millones de habitantes, advierten las Naciones Unidas. Al récord demográfico se suman otros sobre el consumo de recursos naturales: nunca antes ‘devoramos’ tanta madera, hidrocarburos, electricidad, carne y pescado.
Tampoco registramos tantas plusmarcas en liberación de CO2 a la atmósfera y fijación de nitrógeno en los suelos, entre tantos datos sin precedentes en subida de las temperaturas, deforestación y contaminación acuática. Y la factura que todo esto nos está pasando para la salud humana y del ecosistema no para de crecer.
Diagnóstico sobre la salud del planeta en 1972
Las inquietantes cifras inyectan actualidad a ‘Los límites del Crecimiento’ (The Limits to Growth, en inglés), el diagnóstico sobre la salud del planeta que en 1972 sacudió con un resonante aldabonazo a la opinión pública internacional. En poco más de cien páginas y con un lenguaje claro, advertía de que, en un plazo no muy lejano, el ecosistema global probablemente sería incapaz de soportar las elevadas tasas de crecimiento económico y demográfico en curso, por más logros tecnológicos que sacásemos de la chistera.
Para atajar el colapso, proponía un ‘crecimiento cero’ en el marco del capitalismo hasta alcanzar el equilibrio ecológico. Sus autores eran un equipo de 17 expertos del Massachusetts Institute of Technology (MIT), encabezado por el matrimonio de Donella y Dennis Meadows. Que pertenecieran a dicho instituto no era un dato menor, pues se trataba de un centro neurálgico del optimismo tecnológico.
Los patrocinaba el Club de Roma, un foro cosmopolita de intelectuales y empresarios impulsores de la reflexión colectiva sobre la perspectiva mundial. Por esa razón encargó una serie de informes; el primero −y el más famoso− ha cumplido 50 años. Primer informe de la salud ambiental de la Tierra.
Diferentes escenarios posibles
Valiéndose del modelo informático World3, el equipo proyectó en el futuro cinco variables: población, producción industrial y agrícola, consumo per cápita, agotamiento de recursos naturales y niveles de contaminación. Obtuvo así 12 escenarios que podrían ocurrir entre 1972 y 2100 en función de cómo se actuase sobre el ecosistema.
El primero anticipaba una grave crisis ambiental a comienzos del siglo XXI si no se tomaban medidas; el segundo preveía la duplicación de los recursos disponibles y retrasaba la crisis unas décadas; los restantes escenificaban posibles impactos de la ralentización del crecimiento económico, la mayor vida útil de los productos, el control demográfico, el reciclado, la recuperación de suelos y una menor contaminación.
Desorganización y escasez
Se culpó de la desaparición de la fauna a los insecticidas
Las innovaciones teóricas se encuadraban en un contexto propicio. Irrumpía el ecologismo y una nueva percepción de las relaciones humanos/naturaleza venía cuajando desde que ‘Primavera Silenciosa’ (1962) de Rachel Carson culpó de la desaparición de la fauna a los insecticidas, y los activistas comenzaron a oponerse a los test nucleares.
Del clima de opinión reinante nos da una idea la creación en 1970 de la Agencia de Protección Ambiental (EPA) por el presidente estadounidense Richard Nixon, un astuto conservador dispuesto a aprovecharse de temáticas con tirón popular. Primer informe de la salud ambiental de la Tierra.
El informe tuvo repercusión a escala planetaria; en los años siguientes se vendieron más de 12 millones de ejemplares en 37 idiomas. Al proclamar la finitud teórica de los recursos naturales, socavó el dogma de que el mercado y el avance tecnológico solventarían la escasez de materias primas y el deterioro ecológico.
Su afirmación de que la Tierra es finita provocó una conmoción comparable a la causada en el siglo XVI por la tesis de que nuestro astro no es el centro del universo. En pleno boom económico y tecnoeuforia por el alunizaje de 1969, abrió una polémica sobre la capacidad del ecosistema para soportar un constante desarrollo que no dejaría de ganar intensidad.
La iglesia católica lo rechazó de plano
A poco de su publicación, el economista estadounidense Henry Wallich lo tachó de “ejemplo de disparate irresponsable”, expresando la hostilidad con que su gremio recibió el ataque a su credo fundamental. La izquierda ortodoxa —los comunistas, principalmente— se opuso porque, a su modo de ver, el problema no radicaba en el crecimiento sino en la desigual distribución de sus frutos.
La iglesia católica lo rechazó de plano por su postura a favor del control de la natalidad. Y con su típica retórica, el presidente Ronald Reagan le salió al paso declarando que “no existen grandes límites al crecimiento cuando los hombres y mujeres son libres para perseguir sus sueños”.
Más favorable fue la recepción por parte de la prensa, especialmente a partir de la crisis del petróleo de 1973, que parecía anticipar sus escenarios de escasez. También lo acogieron positivamente algunos futurólogos, una pequeña minoría de científicos y, obviamente, el movimiento ecologista. La clase política apenas le prestó atención.
Predicciones fallidas, ¿o no tanto?
Con el tiempo, los críticos se cebaron con sus previsiones. En 1989, el transhumanista Ronald Bailey le acusó de haber predicho erróneamente que “el oro se acabaría en 1981, el mercurio en 1985, el estaño en 1987, el petróleo en 1992, y el cobre, el plomo y el gas natural, en 1993”. Primer informe de la salud ambiental de la Tierra.
El ecoescéptico Björn Lomborg afirmó que no existen límites predeterminados al crecimiento y que el principal recurso, el ingenio humano, nunca se agotará. En vez de agotarse, subrayó, las reservas minerales se han incrementado (las de petróleo, en particular, se han cuadriplicado gracias al fracking); y concluyó que el diagnóstico de Meadows y compañía produjo un número espectacular de predicciones fallidas e introdujo en la discusión pública problemas y soluciones equivocadas.
Proyecciones exploratorias
Por el contrario, algunos de sus defensores afirman que el informe “no hace predicciones, sino proyecciones exploratorias. Es una razonable cláusula de precaución, aunque solo los expertos la toman en serio”, comenta Ernest García, sociólogo de la Universidad de Valencia.
Señala que algunas previsiones sí se cumplieron: “Impresiona comprobar hasta qué punto sus autores acertaron. Las 380 partes de CO2 por millón en la atmósfera que el informe estimó para el año 2000 se alcanzaron en 2005”. Y concluye: “Fue criticado por malthusiano y simplificador. Ambas acusaciones son ciertas. Lo que pasa es que tienen más de acierto que de error”.
Evolución de las variables ambientales cruciales de 1972 a 2014
Entre quienes destacan sus aciertos figura Graham Turner, físico de la Universidad de Melbourne. Su cotejo de los escenarios trazados por el informe con la evolución de las variables ambientales cruciales de 1972 a 2014 le llevó a destacar dos grandes lecciones: 1) “las cuestiones ecológicas globales están entrelazadas y no deberían ser tratadas como problemas aislados”; y 2) “la importancia de tomar acciones preventivas mucho antes de que los problemas se enquisten”.
Y concluyó: “desde una perspectiva racional de riesgos, hemos desaprovechados las últimas décadas y quizás pueda ser más importante prepararse para un sistema global en colapso que en evitar el propio colapso”.
En cuanto a la acusación de catastrofista que le imputaron, el antropólogo climático Emilio Santiago argumenta que “sus modelizaciones contemplaban transiciones a sociedades industriales sostenibles moderadamente prósperas mediante una correcta combinación de cambios tecnológicos y transformaciones socioeconómicas”.
Incorporar la sostenibilidad medioambiental en el análisis del crecimiento económico
Su principal legado, a juicio del economista Bruno Estrada, no pasa por el cumplimiento de sus escenarios, sino por “incorporar la sostenibilidad medioambiental en el análisis del crecimiento económico”; y para García, por su tesis de los límites naturales al crecimiento, “porque estos ya están aquí: lo que hace medio siglo era una advertencia describe cómo están hoy las cosas”.
A modo de balance general, Emilio Santiago Muiño, miembro del Grupo de investigación Transdciplinaria sobre Transiciones Socioecológicas en la Universidad Autónoma de Madrid, manifiesta que “más allá de que algún parámetro haya podido desviarse de las trayectorias modeladas, el rumbo de colisión de las sociedades industriales con los límites planetarios está bien captado y debería formar parte de nuestro debate público”.
Sus autores, agrega Muiño, admitieron no haber tenido en cuenta “cómo las formas de aprovechamiento energético concreto y su disponibilidad comprometían la evolución de las sociedades industriales. La escasez de combustibles líquidos derivados del petróleo, en un mundo donde el 95 % del transporte depende de motores de combustión, afecta mucho antes que la escasez energética general”. Lo que no quita, añade, que “‘Los Límites del Crecimiento’, así como sus revisiones, siga siendo una de las obras científicas absolutamente imprescindible para comprender el desafío fundamental del siglo XXI”.
El arte del pronóstico ambiental
Cuando el informe se redactó no existía conciencia del cambio climático en ciernes. Desde entonces, las amenazas al crecimiento ya no pasan tanto por el agotamiento de las reservas como por el impacto del calentamiento global sobre los bosques, la ganadería, la biomasa acuática, la desertificación, los recursos hídricos, etc.
La crisis actual y la que se avecina han vuelto a poner sobre la mesa la fiabilidad de los modelos que describen los futuros posibles. “Casi todos los estudios de prospectiva continúan haciéndose de la misma manera: construyendo un modelo simplificado, definiendo las condiciones iniciales con base en los datos existentes y proyectando al futuro diferentes escenarios. Desde luego, dependen de las tendencias detectables y son vulnerables a los cambios impredecibles característicos de la historia”, observa García.
Identificar y cuantificar los recursos naturales imprescindibles
El talón de Aquiles de los modelos, al entender de algunos estudiosos, radica en las enormes dificultades teóricas y prácticas para identificar y cuantificar los recursos naturales imprescindibles. Para afinarlos, Muiño propone confiar su diseño a “equipos transdisciplinares más amplios, donde sus diferentes escenarios se pongan en discusión con análisis científico-sociales que puedan complejizar y situar histórica y políticamente las tendencias que en él se proyectan”.
Para García, se necesita “complementar los análisis sistémicos −inevitablemente simplificadores− con la crítica de la cultura y con el estudio singularizado de la inagotable diversidad de la existencia social. Hay que caminar con ambas piernas: la teoría de sistemas y las humanidades”.
Estrada estima “muy difícil analizar el futuro a medio plazo con prismáticos fabricados con la tecnología del presente”, declara, y prioriza las actuaciones inmediatas: “Sin innovaciones tecnológicas estructurales, resulta insostenible que los niveles de consumo de los países desarrollados se extiendan a toda la población mundial, por lo que resulta necesario un cambio radical en las pautas del consumo y producción de aquellos”.
“Tomar decisiones en este sentido no puede ser una acción solo de las empresas, que siempre buscarán maximizar ventas y beneficios, y competen al conjunto de la sociedad. Los estados tienen un papel regulatorio fundamental, como ponen en evidencia las leyes y políticas públicas de control de gases de efecto invernadero”.
Desarrollo sostenible
El desbarajuste ecológico no da tregua. “Ya se están produciendo colapsos parciales de algunas sociedades en determinadas zonas del planeta”, indica Estrada. Desacreditados los desarrollistas recalcitrantes, el debate actual se está polarizando entre los cada vez más numerosos partidarios del desarrollo sostenible y los todavía minoritarios paladines del crecimiento cero o decrecimiento.
Una cosa es clara: si una predicción ha fallado es la formulada por Lomborg cuando aseguró que Los Límites del Crecimiento acabaría en el “basurero de la historia”. Los términos de la discusión ecológica son la prueba patente de la marca imborrable del controvertido informe: un modo de abordar globalmente la cuestión ambiental que se ha vuelto un hábito casi espontáneo de nuestro pensamiento. Primer informe de la salud ambiental de la Tierra.
Fuente/Ecoticias Chile Desarrollo Sustentable www.chiledesarrollosustentable.cl www.facebook.com/pg/ChiledesarrollosustentableCDS twitter.com/CDSustentable #CDSustentable , #Sostenible #DesarrolloSostenible #MedioAmbiente , #ChileDesarrolloSustentable , #ECOXXI
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Polinizadores en peligro: POR QUÉ LAS ABEJAS SON FUNDAMENTALES
Los polinizadores son esenciales para la reproducción de muchas plantas y para la producción de numerosos alimentos. Abejas, mariposas, escarabajos, aves y murciélagos transportan polen entre flores, permitiendo la formación de frutos y semillas.
Sin este proceso, muchos ecosistemas perderían diversidad y la agricultura sostenible sería mucho más difícil. En los últimos años, la disminución de poblaciones de polinizadores ha generado preocupación científica y social por sus consecuencias ambientales, económicas y alimentarias.
¿Qué son los polinizadores y por qué las abejas son fundamentales?
Los polinizadores son animales que facilitan el traslado de polen entre órganos reproductivos de las plantas. Las abejas son las más conocidas, pero no son las únicas. Muchos insectos silvestres cumplen funciones clave en bosques, praderas, huertos y cultivos. La polinización puede parecer un proceso pequeño, pero sostiene redes ecológicas complejas y contribuye a la estabilidad de los ecosistemas.
Las abejas destacan por su eficacia y constancia en la visita a flores. Existen abejas melíferas gestionadas por apicultores y muchas especies silvestres que polinizan plantas nativas y cultivos. Su trabajo mejora el rendimiento, la calidad y la diversidad de alimentos. Frutas, hortalizas, frutos secos y semillas dependen en mayor o menor medida de este proceso. Proteger a las abejas significa proteger la biodiversidad y la seguridad de la alimentación humana, ya que muchos productos ricos en vitaminas y micronutrientes dependen de ellas. Su pérdida simplificaría drásticamente la oferta alimentaria y afectaría la calidad nutricional global.
El equilibrio ecológico y la agricultura sostenible
- Biodiversidad y equilibrio ecológico: Los polinizadores ayudan a mantener la diversidad vegetal. Si disminuyen, muchas plantas producen menos semillas y frutos, lo que afecta a aves, mamíferos e insectos que dependen de ellas. Esta pérdida altera las cadenas alimentarias y reduce la resiliencia de los ecosistemas.
- Agricultura sostenible: La producción agrícola necesita polinizadores sanos. Aunque algunos cultivos se polinizan por el viento, muchos mejoran notablemente con la actividad de insectos. La presencia de setos, flores silvestres y hábitats naturales cerca de los campos puede aumentar sus poblaciones y reducir la dependencia de insumos externos, integrando naturaleza y producción de forma resiliente.
Amenazas principales y el uso de pesticidas
Las principales amenazas para los polinizadores son la pérdida de hábitat, el uso intensivo de pesticidas, la contaminación, las especies invasoras, las enfermedades y el cambio climático. La simplificación del paisaje agrícola reduce su alimento y refugio, mientras que las olas de calor y cambios estacionales desincronizan la floración con la actividad de los insectos.
Para mitigar el impacto químico, reducir pesticidas no significa abandonar la protección de cultivos, sino aplicar un manejo integrado de plagas. Este enfoque combina prevención, monitoreo y control biológico, recurriendo al uso químico solo cuando es estrictamente necesario. Así se protege la producción y se reduce el daño sobre insectos beneficiosos.
Apicultura vs. Polinizadores silvestres: La apicultura puede ser aliada de la conservación, pero no debe eclipsar a las especies silvestres. En algunos lugares, una densidad excesiva de colmenas domésticas puede competir con las especies nativas por recursos florales. Una estrategia equilibrada debe proteger a ambas, ya que la diversidad de polinizadores aumenta la estabilidad del servicio de polinización global.
Cómo proteger a los polinizadores en ciudades y campos
Para recuperar sus poblaciones, es vital diseñar paisajes favorables que combinen refugios, agua, ausencia de químicos peligrosos y una diversidad floral durante todo el año. Los monocultivos extensos ofrecen alimento durante periodos muy cortos y luego se convierten en desiertos ecológicos; en cambio, los setos, márgenes, praderas y pequeños bosques proporcionan continuidad temporal y espacial con flores de distintas formas adaptadas a diferentes insectos.
La gestión del territorio debe dividirse en dos frentes:
- En el campo: Los márgenes florales, la rotación de cultivos y la reducción de agroquímicos favorecen su recuperación rápida, conectando espacios verdes y hábitats naturales dispersos.
- Ciudades como refugio: Los entornos urbanos pueden convertirse en microhábitats valiosos si se gestionan parques, balcones y solares con criterios ecológicos. Praderas floridas, hoteles de insectos bien diseñados, la reducción de siegas excesivas y la eliminación de herbicidas permiten crear una red ecológica que complementa a los hábitats naturales.

El papel social, indicadores y seguimiento científico
Los ciudadanos pueden apoyar a los polinizadores mediante jardines con flores diversas, la compra de alimentos sostenibles y el apoyo a la apicultura responsable. Por su parte, las empresas agrícolas y alimentarias deben incorporar criterios de biodiversidad en sus cadenas de suministro, mientras que las administraciones públicas tienen la obligación de facilitar políticas que protejan hábitats y regulen sustancias perjudiciales.
Investigación y medición de resultados
Para saber si estas medidas funcionan, se requiere continuidad mediante la investigación y el seguimiento científico. Los indicadores de recuperación —como la presencia de más flores, mariposas, abejas silvestres y frutos en plantas nativas— deben evaluarse con monitoreos científicos de abundancia y diversidad. Los conteos de insectos y análisis de hábitats aportan datos esenciales para ajustar políticas agrícolas y urbanas, evitando que los esfuerzos se queden en acciones simbólicas de temporada.
Conclusión
Los polinizadores, especialmente las abejas, son fundamentales para la biodiversidad, los ecosistemas y la agricultura sostenible. Su declive no es un problema aislado, sino una señal de deterioro ambiental generalizado. Protegerlos exige cambiar la gestión del territorio, reducir presiones químicas y recuperar hábitats. Cuidar a los polinizadores es cuidar la base natural de muchos alimentos y de la vida en el planeta.
Fuente/Ambientum
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DÍA MUNDIAL DEL MEDIO AMBIENTE
Cada 5 de junio recordamos que nuestra vida cotidiana está tejida con la vida del planeta. El Día Mundial del Medio Ambiente no es solo una fecha formal; es un espejo que nos pregunta qué tipo de mundo queremos heredar.
Desde su inicio en 1974 ha servido para encender debates y sembrar iniciativas: escuelas que plantan árboles con alumnos, barrios que organizan limpiezas de ríos, pequeñas empresas que cambian plásticos por materiales reutilizables. Esos actos, aunque modestos, son el pulso de una transformación mayor.
Su importancia radica en poner en la agenda pública desafíos ambientales transversales: contaminación atmosférica y de aguas, pérdida de biodiversidad, degradación de suelos, residuos y la crisis climática. Al concentrar campañas temáticas anuales y designar países anfitriones, el Día facilita la coordinación entre gobiernos, ONG, sector privado y comunidades locales, amplificando mensajes y recursos.
Históricamente, la conmemoración nació tras la creciente conciencia ambiental de los años 60–70 y las primeras conferencias internacionales que vinculaban desarrollo y ambiente. Desde entonces, ha ayudado a catalizar acuerdos, normativas y comportamientos —por ejemplo, campañas de reducción de plásticos, restauración de ecosistemas y promoción de energías limpias— que, aunque insuficientes, muestran el potencial de acción conjunta.
Los beneficios concretos para el planeta y el desarrollo sostenible incluyen: aceleración de políticas públicas ambientales; mayor financiamiento y prioridad para proyectos de conservación y infraestructura verde; impulso a la transición energética y eficiencia energética; y fortalecimiento de economías locales basadas en servicios ecosistémicos.
Para el cambio climático, la celebración funciona como instrumento de educación y presión política para reducir emisiones, promover adopción de renovables y fomentar prácticas de mitigación y adaptación. En biodiversidad, concentra esfuerzos de protección de hábitats, monitoreo de especies y estrategias de manejo sustentable que reducen pérdidas genéticas y servicios ecosistémicos esenciales (polinización, regulación hídrica, control de plagas).

La eficiencia energética recibe atención a través de campañas de consumo responsable, etiquetado, incentivos para renovación de flotas y edificaciones más eficientes, y fomento de tecnologías como iluminación LED, bombas de calor o edificios de consumo casi nulo. Estas acciones reducen demanda, emisiones y costes económicos.
Sin embargo, no todo es lineal: las oportunidades incluyen visibilizar soluciones escalables, atraer inversión verde, empoderar comunidades y promover innovación tecnológica y educativa. Las desventajas o límites son la temporalidad del impacto (muchas campañas quedan en acciones puntuales), el riesgo de “ecoblanqueo” por parte de empresas, la desigualdad en capacidad de respuesta entre países y la brecha entre discurso público y políticas vinculantes. Para maximizar beneficios se requieren seguimiento, metas cuantificables, transparencia en financiamiento y alianzas multisectoriales que traduzcan sensibilización en transformaciones estructurales.
En 2026, el lema del Día Mundial del Medio Ambiente es: «Un llamamiento mundial a la acción climática». Este año, el Día Mundial del Medio Ambiente se centra en el cambio climático y en las señales que nos envía el planeta. El Programa de Naciones Unidas por el Medio Ambiente nos llama a actuar #PorElClimaYa.
Cada año, un país se convierte en anfitrión y organizador del Día Mundial del Medio Ambiente. La República de Azerbaiyán será el país anfitrión del mayor evento por el medio ambiente del mundo.
Un llamamiento global por la acción climática
La Tierra ya nos está hablando. Y lo hace con temperaturas récord, incendios más feroces, tormentas extremas y glaciares que desaparecen frente a nuestros ojos.
Durante años dijimos que limitar el calentamiento global a 1,5 °C era clave para evitar los peores impactos del cambio climático. Hoy, ese umbral está peligrosamente cerca de ser superado. Y cada décima de grado cuenta.
El cambio climático no es una amenaza futura: está redefiniendo la vida en todo el planeta.
El #DíaMundialDelMedioAmbiente 2026 nos recuerda que todavía estamos a tiempo de cambiar el rumbo. La Tierra nos está enviando señales. La pregunta es: ¿qué señal vamos a enviar nosotros?
Súmate a la campaña global de ONU Medio Ambiente y actúa #PorElClimaYa. Porque proteger el planeta también es proteger nuestra salud, nuestras comunidades y nuestro futuro.
En el marco de la celebración del Día Mundial del Medio Ambiente se deben centrar los esfuerzos en motivar a las personas y comunidades, para que se conviertan en agentes activos del desarrollo sostenible y de protección del medio ambiente.
Es por ello que se invita a las personas a mejorar sus hábitos de consumo. A las empresas a desarrollar modelos más ecológicos. A los gobiernos a proteger las zonas salvajes. A los profesores a educar en valores naturales. A los jóvenes a alzar la voz por el futuro del planeta. La protección del medio ambiente requiere del apoyo de todos.

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LA HUELLA QUE DEJA EL LITIO DE LAS BATERÍAS EN LOS OCÉANOS
El litio se ha convertido en uno de los grandes protagonistas de la transición energética debido a sus propiedades físico-químicas: es ligero, poco denso en estado sólido, presenta un elevado potencial electroquímico y una excelente conductividad eléctrica y térmica. Y eso lo convierte en materia prima clave de las baterías de coches eléctricos, teléfonos móviles y sistemas de almacenamiento de energías renovables.
Su imagen está asociada a un futuro limpio y descarbonizado. Sin embargo, como ocurre con muchos avances tecnológicos, su uso masivo plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre con el litio cuando acaba en el medio ambiente, especialmente en el mar?
Estudios recientes realizados con organismos marinos muestran que este metal, considerado durante mucho tiempo poco problemático, puede dejar una huella biológica relevante en los ecosistemas marinos, incluso a concentraciones similares a las que ya se detectan en la naturaleza.
Un contaminante emergente y poco vigilado
A diferencia de otros metales ampliamente estudiados, como el mercurio o el plomo, el litio no suele figurar en los listados clásicos de contaminantes ambientales. Su impacto ecológico ha recibido mucha menos atención. Sin embargo, su producción se ha disparado en las últimas décadas y su tasa de reciclaje sigue siendo baja
Gran parte del litio acaba en vertederos o se libera a través de aguas residuales, que los sistemas de depuración no eliminan eficazmente. Esto facilita que alcance ríos, estuarios y océanos. En condiciones naturales, las concentraciones de litio en el agua de mar son bajas. Pero en zonas con fuerte presión humana o cerca de explotaciones mineras se han registrado valores notablemente más altos.
La cuestión es si estas concentraciones, sin ser letales, pueden afectar a la salud de los organismos marinos a largo plazo. Para disipar dudas, distintos estudios han utilizado especies clave de la cadena trófica marina, como copépodos, erizos de mar, quisquillas, mejillones o poliquetos. Su diversidad en estrategias alimentarias y fases del ciclo vital permite evaluar mejor los efectos del contaminante en diferentes niveles del ecosistema.
Más allá de la mortalidad: efectos invisibles
El litio no siempre provoca efectos inmediatos o visibles. En muchos casos, las concentraciones actuales no causan mortalidad masiva en los organismos marinos, pero sí generan efectos subletales que pueden comprometer su salud a largo plazo.
En concreto, producen alteraciones en enzimas relacionadas con el estrés oxidativo, en procesos de detoxificación y en mecanismos asociados al sistema nervioso. Tal y como ya se ha visto en investigaciones anteriores y también en las nuestras, en embriones de erizo de mar, la exposición al litio puede ralentizar el desarrollo o inducir malformaciones, incluso cuando no se produce la muerte de los organismos.
El tiempo importa tanto como la dosis
El efecto del litio no depende únicamente de la concentración, sino también del tiempo de exposición. A medida que pasan las semanas, las respuestas biológicas se vuelven más intensas y afectan a niveles cada vez más complejos, tanto bioquímicos como enzimáticos, pasando por alteraciones celulares, hasta daños visibles en tejidos.
Cuando todos estos indicadores se analizan de forma conjunta, el resultado es claro: el estrés biológico aumenta de manera progresiva y sostenida. Es decir, exposiciones prolongadas a litio, incluso en niveles moderados, pueden generar efectos acumulativos.
Este tipo de impactos, menos evidentes pero persistentes, plantea un riesgo ecológico importante, ya que puede afectar a la reproducción, el crecimiento y la supervivencia de las especies. A largo plazo, los cambios pueden alterar el equilibrio de los ecosistemas y el funcionamiento de las cadenas tróficas.
Además, estos resultados cuestionan la idea de que todos los materiales asociados a la transición energética sean ambientalmente inocuos. El litio es indispensable para reducir las emisiones de carbono, pero su ciclo de vida completo —incluyendo su destino final— debe evaluarse con rigor.
Una transición energética verdaderamente sostenible
Los estudios no apuntan a un riesgo inmediato de colapso de los ecosistemas marinos, pero sí lanzan una advertencia clara: el litio es un contaminante emergente que merece atención, seguimiento y regulación. Entender sus efectos a largo plazo, especialmente en combinación con otros factores como el calentamiento global o la exposición simultánea a múltiples contaminantes, será clave para avanzar hacia una transición energética completa.
Porque la transición no consiste solo en cambiar las fuentes de energía, sino en garantizar que las soluciones adoptadas no generen nuevos problemas ambientales.
El litio seguirá siendo esencial para el futuro energético. Pero su historia en los océanos aún se está escribiendo. Comprenderla a tiempo será fundamental para que la transición sea realmente sostenible.
Fuente/The Conversation/ Creative Commons
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VERANOS INTERMINABLES E INVIERNOS MENGUANTES: ¿CÓMO DEFINIMOS AHORA LAS ESTACIONES?
Uno de los elementos más visibles del cambio climático antropogénico (causado por el ser humano) es el aumento de la temperatura, que a su vez modifica la forma y extensión de las cuatro estaciones. ¿Las consecuencias? Veranos más largos, que se desplazan hacia la primavera y el otoño, inviernos más cortos, primaveras adelantadas y otoños retrasados.
Estudiar de manera precisa cómo, cuánto, a qué ritmo y con qué intensidad se están produciendo esos cambios y se proyecta que sucedan en el futuro tiene un interés enorme debido a sus numerosas consecuencias. No sólo para los ecosistemas naturales, sino en el consumo y gestión de la energía, el confort de la población o la alteración del ciclo anual y sus efectos.
El concepto o definición de verano o invierno es intuitivo y aparentemente sencillo. Sin embargo, definir y calcular de manera rigurosa y objetiva las estaciones resulta muy complejo; hay muchas sutilezas y matices a tener en cuenta. De hecho, no existe un consenso en la comunidad científica ni en los centros de estudio climático a la hora de determinarlo.
¿Cómo definimos un día de verano?
Existen múltiples formas de aproximarse a la definición de las estaciones, según el enfoque que se utilice. Por un lado está el astronómico o climático: desde la astronomía, se determina con los solsticios y equinocios, o desde la climatología, con periodos fijos de tres meses.
Estas definiciones son, por tanto, invariables. Así, el verano dura astronómicamente desde el 21 de junio al 21 de septiembre (con ligeras variaciones entre años). Y desde el punto de vista climático, corresponde a los meses de junio, julio y agosto.
No consuma noticias, entiéndalas.
Por otro lado, está la definición meteorológica o térmica. Determinar si un día concreto, más allá del calendario fijo, corresponde a condiciones de verano, otoño, invierno o primavera podría conseguirse a partir del comportamiento de su temperatura (media, máxima o mínima) diaria.
Así, una definición extendida entre la comunidad científica determina como día de verano aquel en el que la temperatura máxima supera los 25ºC. Este valor es un promedio muy global a nivel planetario. No obstante, resulta lógico que quienes viven en una zona de montaña, desértica o cerca de los polos o del ecuador no estén totalmente de acuerdo con que esa temperatura sea la que defina sus días de estío. Entre otros ejemplos, el servicio meteorológico sueco establece el comienzo de la estación a partir de 10ºC de temperatura media diaria.
Algunos trabajos proponen obtener el valor numérico en cada región a través de su promedio climatológico de temperatura (30-40 años más recientes), aunque no existe una propuesta general para la extensión de la zona y el periodo a emplear. En España, se ha estudiado tanto mediante medias de tres meses como a partir de la media entre junio y septiembre.
Además, está la posibilidad de emplear el percentil 75 de temperatura máxima o mínima o media. Suponiendo que las temperaturas evolucionan como una oscilación suave y homogénea a lo largo del año, dividiéndose en cuatro partes iguales el ciclo anual, ese percentil 75 correspondería al 25 % de los días más cálidos, es decir, los días de verano.
Existe otra propuesta interesante: analizar las estaciones a través de la distribución de frecuencias de la temperatura diaria en el año. Su forma es más o menos simétrica, con un máximo central (suma de días de primavera y otoño) y dos colas (verano e invierno). Los cambios proyectados por el calentamiento global tanto en el valor medio como en el ancho de esa distribución, que se muestran en los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), pueden ser útiles para estudiar cambios en las estaciones.
También existen trabajos que estudian las estaciones desde otras perspectivas muy distintas, como la fenológica: según el crecimiento de la vegetación y la floración. Como ejemplo ilustrativo, el cerezo japonés, con más de 1 000 años de datos, permite analizar la evolución estacional de la temperatura en escalas temporales enormes.
Si bien estos estudios son limitados en cuanto a su representatividad para grandes regiones, muestran de manera muy clara la conexión de los ecosistemas naturales y calentamiento global.
¿Cmo están cambiando las estaciones debido al calentamiento global?
Determinar el inicio y fin de una estación se vuelve una tarea más complicada si se tiene en cuenta que el cambio climático antropogénico está transformando los patrones. Múltiples estudios indican cambios muy significativos en la duración y extensión de las estaciones, y en particular del verano: más de un día por año de aumento en las últimas tres décadas en múltiples megaciudades (Sidney, Minneapolis, Tokio); incremento de al menos una semana en la mayor parte del hemisferio norte en las décadas recientes; o en torno a 2,5 días por década en Europa en los últimos 70 años.
Si ponemos el foco en España, los veranos de Castilla-La Mancha, por ejemplo, se han alargado 7 días por década de media en los últimos 40 años.
Estudiando las proyecciones futuras, los inviernos, definidos a partir de los valores del siglo XX, prácticamente habrán desaparecido en la península ibérica a finales del siglo XXI. A nivel global, cualquiera de las proyecciones de emisiones de gases de efecto invernadero obtienen veranos que duran en torno a 6 meses e inviernos de menos de 2.
El calentamiento global, por tanto, ya ha alterado de manera significativa las estaciones, en particular las más extremas (verano y el invierno). Entre las diferentes líneas de investigación, los expertos se están centrando en varios aspectos:
- Estudiar de forma más detallada los ritmos de cambio a escala más local.
- Analizar la sensibilidad de los cambios a los diferentes escenarios de emisiones de gases de efecto invernadero.
- Hacer más precisas las diferentes metodologías para estimar las estaciones, su variabilidad y consistencia.
- Analizar mejor las estaciones como primavera y otoño, para conocer hasta qué punto se van a ver alteradas, acortadas, desplazadas o el paso de condiciones invernales a veraniegas y viceversa pueda ser más brusco.
Sólo profundizando en estos patrones se podrán precisar sus impactos y mejorar las medidas de adaptación en el contexto del cambio climático.
Fuente/The Conversation /Creative Commons
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UNA OLA DE CALOR MARINA MASIVA PROVOCÓ EL COLAPSO DE LOS ARRECIFES DE CORAL DEL CARIBE MUCHO MÁS RÁPIDO DE LO PREVISTO.
Durante décadas, los arrecifes de coral de todo el Caribe han sufrido enfermedades, contaminación, sobrepesca y el aumento de la temperatura del mar, pero la mayoría ha seguido creciendo, hasta ahora.
En 2023 y 2024, las temperaturas superficiales alcanzaron máximos históricos en los océanos del mundo, y una ola de calor marina de duración e intensidad sin precedentes se extendió por los trópicos . Satélites de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de EE. UU. detectaron estrés térmico que podría provocar el blanqueamiento de los corales en más del 80 % de las zonas de arrecifes del planeta .
Durante estos períodos de estrés extremo, los corales expulsan las algas simbióticas que les dan su color y la mayor parte de su alimento, lo que los vuelve completamente blancos y los deja vulnerables a la inanición, las enfermedades y, finalmente, la muerte .
En todo el Atlántico Norte , incluido el Caribe, el calor persistió durante meses, con un estrés térmico dos o tres veces mayor que el que los arrecifes habían experimentado jamás. El estrés térmico, fenómeno en el que las altas temperaturas ejercen presión sobre ecosistemas frágiles, puede alterar permanentemente su capacidad de funcionamiento.
Esto desencadenó lo que ahora se reconoce como el cuarto evento global de blanqueamiento de coral, el más grave que se ha documentado .
Blanqueamiento generalizado de los corales durante la ola de calor marina de 2023.
Los arrecifes de coral se encuentran entre los ecosistemas más productivos de la Tierra, y su importancia para las personas es fundamental. Alimentan a cientos de millones de personas a través de la pesca artesanal, son la base del turismo en todo el Caribe y sirven como rompeolas naturales que protegen la costa de las tormentas y reducen las inundaciones.
Los arrecifes del Caribe se están erosionando rápidamente.
En un nuevo estudio , descubrimos que en todo el Caribe, la ola de calor marina de 2023, combinada con una enfermedad mortal conocida como enfermedad de pérdida de tejido de coral pétreo, ha llevado a los arrecifes a superar un umbral que los científicos creían que estaría a una década o más de distancia. Ahora se están erosionando más rápido de lo que los corales pueden regenerarlos.
Estudiamos los arrecifes del Caribe mexicano y del Golfo de México, comparando los datos recopilados antes de la ola de calor (2018-2022) con los posteriores (2023-2024). En cada arrecife, contamos los corales vivos y los organismos que lo erosionan, como los peces loro y los erizos de mar. A partir de estos recuentos, estimamos la cantidad de formación de arrecifes (producción de carbonato) y de erosión (bioerosión), y luego calculamos el resultado neto: si el arrecife ganaba o perdía material.
Los resultados fueron contundentes: entre el 70 % y el 75 % de nuestros sitios en el Caribe pasaron de un crecimiento neto a una erosión neta. Ahora pierden carbonato de calcio más rápido de lo que los corales pueden agregarlo. El umbral que los modelos anteriores habían sugerido que podría superarse durante la próxima década ya se ha alcanzado .
Este cambio se debió a la pérdida de corales de rápido crecimiento, ramificados y formadores de placas, especialmente las especies de Acropora , que tienen tasas de crecimiento muy altas y contribuyen de manera desproporcionada a la formación de arrecifes.
Uno de nuestros hallazgos más preocupantes es que los arrecifes del Caribe que aún presentaban una alta cobertura de coral y una elevada producción de carbonato antes de la enfermedad y la ola de calor fueron los que más sufrieron pérdidas. Algunos perdieron hasta 8 kilogramos de carbonato de calcio por metro cuadrado al año.
Una historia de dos mares
Nuestro estudio también reveló un contraste sorprendente. Mientras que los arrecifes del Caribe colapsaron, los del Golfo de México se mantuvieron prácticamente intactos. La gran mayoría de los sitios del Golfo registraron un saldo positivo tras la ola de calor.
La diferencia radica en qué corales predominan en cada región. En el Golfo de México, los arrecifes están dominados por corales de crecimiento lento y forma de montículo. Crecen más lentamente, pero son más resistentes al calor. Sufrieron blanqueamiento durante la ola de calor, pero en su mayoría sobrevivieron, manteniendo así un balance positivo de carbonato en el arrecife .
Este es el equilibrio entre los procesos de construcción y erosión. Cuando se añade más de lo que se elimina, el arrecife de coral puede crecer. Cuando ese equilibrio se rompe, el arrecife deja de crecer e incluso puede erosionarse.
Además, los arrecifes del Golfo de México aún no se han visto afectados por la enfermedad de pérdida de tejido de los corales pétreos, que mata preferentemente a las mismas especies masivas y longevas que mantienen vivos los arrecifes del Golfo. Para cuando llegó el calor, gran parte del Caribe ya había perdido sus corales más resistentes debido al brote de la enfermedad . La ola de calor terminó lo que empezó.
Por qué es importante la erosión de los arrecifes
Todos los beneficios que proporcionan los arrecifes dependen de un delicado equilibrio entre la formación de arrecifes y la erosión.
Los arrecifes tropicales son esencialmente vastas estructuras de piedra caliza, construidas lentamente a lo largo de los siglos a medida que los corales depositan esqueletos de carbonato de calcio. Al mismo tiempo, las olas y diversos organismos del arrecife, como los peces loro, los erizos de mar y las esponjas perforadoras, los erosionan.
Un arrecife que se erosiona y se aplana comienza a perder su capacidad de proporcionar beneficios a otras especies y a las personas.
No esperábamos documentar el momento en que una importante región del océano pasara de crecer a erosionarse. El hecho de que ocurriera tan rápidamente, y en algunos de los arrecifes más emblemáticos y estudiados del Caribe, sugiere que los plazos que los científicos han estado utilizando podrían ser demasiado optimistas.
Nuestros hallazgos también podrían obligar a replantear la forma de abordar la restauración de los corales. En todo el Caribe, los programas han invertido mucho en la replantación de especies de coral ramificadas de rápido crecimiento, como Acropora , porque recuperan rápidamente su complejidad estructural. La ola de calor de 2023-2024 arrasó con muchas de estas poblaciones restauradas, además de las silvestres.
La restauración tendrá que diversificarse. Explorar enfoques como el intercambio de genes tolerantes al calor entre poblaciones (flujo genético asistido) y la cría de corales que sobrevivan mejor al calor (cría selectiva) podría ser una vía prometedora .
Pero la restauración por sí sola no será suficiente . Para revertir el declive se requieren reducciones drásticas de las emisiones de gases de efecto invernadero para disminuir la frecuencia e intensidad de las olas de calor marinas, junto con medidas locales contundentes contra la contaminación, la escorrentía de nutrientes, la sedimentación y las enfermedades, factores que debilitan a los corales antes de la llegada del calor.
Fuente/The Conversation/Creative Commons licence.
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