Opinión
Energía nuclear: Un Chile atómico
Si es de los que rechaza a rajatabla la idea de sumar energía nuclear a la matriz, pues estas líneas no están escritas para usted. Aquí mostramos cómo sería el paisaje de nuestras costas y la institucionalidad del país si próximos gobiernos deciden darle más valor a las ventajas de la energía nuclear –cero emisión, costos competitivos, producción eficiente y confiable– que a su mayor flanco, la seguridad.
Kenting, Taiwán. Angra dos Reis, Brasil. Vandellós, España. Pichidangui, Chile. Cuatro turísticos balnearios del mundo que cada año reciben en sus arenas paradisíacas a miles de bañistas que llegan los días de calor con sus bolsos y quitasoles. Los surfistas se lanzan a las olas, los niños a la orilla para levantar castillos y otros tantos a nadar, dormir bajo el sol o, simplemente, no hacer nada. Habituados a estas rutinas es raro que los visitantes reparen en los techos redondeados que se ven a lo lejos y que albergan los generadores de energía nuclear de estos países, ubicados cerca de la costa para que el agua apoye los sistemas de refrigeración del reactor.
Es verdad que en las cercanías de Pichidangui no existe central nuclear alguna, como sí ocurre en Taiwán, Brasil y Japón. Pero el 2020 está a la vuelta de la esquina y a juicio de los expertos se trata de un horizonte razonable para contar con una de estas centrales en caso de que se tome la decisión política de entrar a la generación nuclear.
Pichidangui, Chorrillos, Mejillones, Totoralillo, Puertecillo o Los Vilos están en la lista corta de lugares en los que podrían emerger estos reactores y que nos pondrían a la par de Argentina y Brasil, únicos países de Sudamérica que le pusieron fichas a la opción nuclear para fortalecer sus sistemas energéticos.
La discusión sobre los pros y los contras de tener energía generada por reactores nucleares desata pasiones de lado y lado. “Poniendo fin a décadas de vacilación, Chile debe aprobar ahora el desarrollo de centrales nucleares por una empresa mixta, con plantas nucleares localizadas en el Norte Grande o al sur del Golfo de Taitao, alimentando la carretera eléctrica que deberá unir a todo el país” señaló días atrás desde la academia el economista de la Universidad Católica Klaus Schmidt-Hebbel, quien pone el acento en su diagnóstico de “aguda escasez de energía, reflejada en la cuadruplicación del costo marginal de la electricidad desde mediados de los años 2000”, cuando Argentina nos cortó el gas natural y aumentó el precio mundial del petróleo.
Desde la vereda de enfrente, Sara Larraín, directora de la ONG Chile Sustentable, señala que “son las Energías Renovables no Convencionales (ERNC) la alternativa más racional y más económica, considerando que se pueden poner a funcionar en corto plazo –y no en más de 20 años como sería la nuclear– que ya son competitivas y otorgan mayor independencia energética y seguridad en el suministro”.
Ni sueño ni pesadilla
No es misión de estas líneas dirimir una discusión que en el papel ya es intensa, sino más bien imaginar qué ocurriría en Chile si el Estado decide entrar en la carrera atómica. Los intentos por abordar la cuestión vienen desde los 80, momento en que los estudios de factibilidad arrojaron respuestas negativas. Recién el 2007, bajo la administración Bachelet, se reinician las prospecciones, creándose una comisión ad hoc y cuyas conclusiones están impresas en el informe “La opción núcleo-eléctrica en Chile”. Presidida por Jorge Zanelli, doctor en física e investigador del Centro de Estudios Científicos (CECS), más que respuestas, el documento buscó compilar el conocimiento mundial que hay sobre la materia y recomendar una serie de estudios más profundos sobre aspectos territoriales, ambientales, institucionales y económicos entre otros.
Según el diseño del Colegio de Ingenieros, para 2030 –con cuatro reactores operando– la energía nuclear podría representar el 26% del sistema.
El Presidente Piñera tomó la posta. Sin embargo, tras los efectos del tsunami en la planta nuclear japonesa de Fukushima a comienzos del 2011, el tema volvió a sumergirse. Pero no por mucho tiempo. El que los dos mayores proyectos de generación –la central termoeléctrica Castilla y las cinco centrales hidroeléctricas propuestas por HidroAysén– salieran del tablero de juego, volvió al ruedo la discusión sobre la forma en que Chile resolverá en el largo plazo sus problemas energéticos.
A comienzos de este año el mandatario recalcó durante la cena anual de la Energía que “nuestro gobierno no va a construir ni decidir la construcción de ninguna planta nuclear, pero estamos avanzando en conocer mejor esa energía, en capacitar mejor a nuestros ingenieros y en perfeccionar nuestra institucionalidad. Y nadie puede temer al conocimiento. Sólo los ignorantes le temen al conocimiento”. Dejaron pasar algunos meses y días atrás el subsecretario de Energía, Sergio del Campo, anunció que el primer trimestre del 2013 se “retomarán los estudios sobre la viabilidad de incorporar la energía nuclear a la matriz energética de Chile”, explicando que estos se focalizarán en dos áreas, la tecnología y la capacidad de las centrales.
Cabe recalcar que desde que finalizó la Comisión Zanelli, el 2008, a la fecha son varios los informes que se han sumando a la carpeta nuclear del Ministerio de Energía. Roles del Estado y el sector privado, percepción ciudadana, experiencia internacional en marcos reguladores, impactos y riesgos de la generación nuclear y adecuaciones al marco legal existente son algunas de las temáticas en que universidades chilenas, estudios de abogados y consultoras internacionales han opinado.
Poniendo todos estos elementos en la juguera es que suena razonable comenzar a pensar cómo sería Chile con la incorporación de generación nuclear en su matriz energética. Según el diseño del Colegio de Ingenieros, para 2030 –con cuatro reactores operando– la energía nuclear podría representar el 26% del sistema. Se convertiría así en la segunda fuente de importancia después de la hidroelectricidad (40%). Luego vendrían las ERNC con cerca del 15% y, finalmente, las centrales de gas y carbón. Así que, imaginemos.
No en mi jardín
Tres son las zonas estratégicas que los ingenieros definieron como posibles en su Programa de Desarrollo de Centrales Nucleares 2009-2030.La costa de Antofagasta es la primera. En una extensión de 250 kilómetros entre los puertos de Mejillones, Tocopilla y Antofagasta, la central que se plantase allí debería tener por finalidad abastecer al norte grande y la minería, hoy alimentada por termoeléctricas a carbón y plantas de ciclo combinado a gas y diésel.
El segundo sitio perfilado estaría en los 200 kilómetros que hay entre Tongoy y Pichidangui, desde donde se abastecería, principalmente, a la Región Metropolitana. Según Fernando Sierpe, ingeniero civil, ex director de Endesa, Edelnor y Edelaysen y uno de los tres autores de este programa, es en esta área donde debería levantarse el primero de los cuatro reactores que estiman debería tener Chile para 2030. La propuesta es que cada reactor cuente con una potencia máxima de 1.100 MW, generando 9.000 GWh al año. La sugerencia es que, por ser Santiago el mayor centro de consumo, este punto debería albergar dos reactores. En cuanto a la cantidad de personas que trabajaría en un reactor de estas dimensiones, el cálculo es entre 500 y 600 personas, siendo un 15% de ellos ingenieros nucleares.
De acuerdo con estudios de percepción ciudadana que tiene la autoridad, la imagen de la energía nuclear es sistemáticamente negativa y sin distinciones de edad, género y nivel socioeconómico.
El tramo entre Navidad (40 kilómetros al sur de San Antonio) y Pichidangui completa la propuesta. Con un reactor levantado en algún punto de esta línea, abastecería Santiago y la zona sur de Chile. A juicio de los expertos, los terrenos escogidos deben contemplar la posibilidad de ampliación, pensando en que haya espacio para levantar cuatro reactores por cada central. Pero eso sería para un horizonte mucho más allá del 2030.
La gracia de estas posibles ubicaciones es que conjugan la mayoría de los requisitos básicos que exige el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), dependiente de la ONU. Entre ellos, estar en zonas de baja densidad poblacional, cerca de los centros de mayor demanda eléctrica, cerca de abundante agua, cerca de puertos y caminos que faciliten la construcción y operación, cerca de las líneas de transmisión de energía, lejos de la contaminación ambiental, fuera de áreas ecológicas protegidas y de interés patrimonial e histórico. Por cierto, y eso será tema de estudios más específicos, será clave también considerar la actividad sísmica, posibles efectos de tsunamis y la ubicación de fallas geológicas. Diablo Canyon, por ejemplo, central nuclear californiana está rodeada de cuatro fallas, incluida la de San Andrés, y ya lleva tres décadas soportando terremotos.
Jorge Zanelli coincide en cuanto a la ubicación geográfica que podrían tener los posibles reactores como también con los tiempos. “En un escenario en que la demanda crece al ritmo de las últimas décadas, y suponiendo que se hicieran los grandes proyectos Hidroeléctricos de Aysén, la modelación del Ministerio de Energía realizada en 2009 indicaba que sería oportuno incorporar unas 5 centrales entre 2024 y 2030”. La diferencia en su mirada está en el tamaño de los reactores. “Hay una tendencia en la tecnología hacia reactores más pequeños, en torno a los 150 a 300 MW, que pueden operar como baterías modulares de varios GW. Estos reactores podrían ser menos propensos a una fusión del núcleo y podrían construirse en serie y ser ensamblados in situ, lo que bajaría costos y tiempos de construcción como de licenciamiento. Sin embargo, esa tecnología aún está en una fase experimental, pero quizás llegue a ser la tecnología dominante en las próximas décadas”, acota.
En cuanto a la inversión necesaria para este plan, ciertamente que la lista de supuestos es larga, particularmente en lo que se refiere a la tecnología que asegura los más altos estándares de seguridad. De todas formas, el Colegio de Ingenieros aventura un número para los cuatro reactores iniciales: entre los 12 mil y 15 mil millones de dólares, tomando como referencia las recientes compras de centrales hechas por los Emiratos Árabes a Corea del Sur.
Un modelo a considerar
¿Cómo se abordaría esta inversión? Todos los especialistas estiman que deben tratarse de empresas mixtas (Estado y privados) que tengan experiencia en la materia, criterios que quedarían claramente establecidos en las bases de licitación. “Un modelo interesante es el de Finlandia, donde el propietario y explotador de las centrales es un consorcio de grandes consumidores de electricidad”, precisa Jorge Zanelli.
Según las estimaciones, los cuatro reactores iniciales requerirían una inversión de entre los 12 mil y 15 mil millones de dólares.
Endesa, Suez, Duke son compañías cuyos ejecutivos habrían manifestado, privadamente, estar dispuestos a evaluar la inversión. Lo que claramente no están dispuestos a hacer, es ser parte de la campaña de opinión pública que deberá sensibilizar a los chilenos sobre la importancia de contar con energía nuclear en algún punto del borde costero nortino.
MZC Consulting fue la encargada de elaborar el informe sobre el Costo de la Energía Nuclear en Chile estableciendo en su documento que se trata de una opción competitiva frente a la que ofrecen los combustibles fósiles, destacando, eso sí, que se requiere del apoyo inicial del Estado. Al igual que las inversiones hidroeléctricas, la construcción de reactores nucleares es intensiva en capital al inicio. El gasto en operación, mantenimiento y administración en ambos tipos de centrales también es mayor que el de sus pares a carbón y gas. La cosa cambia al analizar los precios de los combustibles. Mientras en la energía hídrica es cero, y en la nuclear muy baja, para el carbón y el gas estos se disparan.
La campaña de imagen en la que debería invertir el Estado tendrá un buen desafío. De acuerdo con el estudio de percepción ciudadana que tiene la autoridad, la imagen de la energía nuclear entre sus encuestados es sistemáticamente negativa y sin distinciones de edad, género y nivel socioeconómico. Muerte, destrucción, bomba, Chernobyl, sucia y guerra son los conceptos que aparecieron de manera espontánea. Sin embargo, en paralelo, una gran mayoría reconoce su carencia de información y estar abierta al debate.
Si en diez años más tendremos una central nuclear en el norte dependerá de la institucionalidad que se dicte. Para ello, lo primero será contar con un órgano regulador independiente que autorice, inspeccione y establezca los criterios de seguridad.
Según el Colegio de Ingenieros y el informe elaborado por Barros Errázuriz en conjunto con la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, para ello se debe asegurar que “el organismo, que tendrá a su cargo el cumplimiento de los estándares de seguridad tecnológica y física de las instalaciones tenga la suficiente autonomía para tomar decisiones, y eventuales medidas coercitivas, sin interferencias o presiones de ningún tipo. Lo anterior, además, va de la mano de la necesaria credibilidad pública del órgano regulador, aspecto sustancial para lograr el apoyo ciudadano, lo que descansa en la independencia tanto de otras organizaciones gubernamentales como de grupos económicos que promueven tecnologías nucleares”.
Asegurar la independencia va de la mano con sus posibles integrantes. Una designación coordinada con el Congreso y nombramientos que no coincidan con el gobierno de turno son sugerencias para resguardar la independencia. También la aprobación de su presupuesto, el que debería ser enviado cada año al Congreso sin tener que ser visado previamente por el Ejecutivo.
Los países que siguen este enfoque se inspiran en la National Regulatory Commission (NRC) norteamericana, órgano regulador que le reporta directamente al presidente y que funciona como contraparte de lo que sería nuestro Ministerio de Energía. Otra posibilidad es que dicha entidad dependa de un ministerio específico, como ocurre en Brasil y Finlandia entre otros países.
Ejemplos para mirar se acumulan y recomendaciones de la OIEA sobran. Lo concreto es que cualquiera sea el esquema escogido se requerirá de un buen set de proyectos de ley. Fernando Sierpe, del Colegio de Ingenieros, cuenta que su diseño contempló seis años de discusión previa a la construcción de la primera central. La elaboración de estudios, la decisión por parte del Ejecutivo de dar la carrera y la discusión parlamentaria son parte de esta fase. Por lo mismo, explican, llevan varios años conversando periódicamente con senadores de todas las bancadas a fin de que se empapen de antemano con la materia. Misma tarea hacen regularmente con ejecutivos de las empresas eléctricas y empresarios.
Desde que se pone la primera piedra, cinco son los años promedio que toma levantar un reactor de uranio enriquecido sin torres de refrigeración como la que están planteando. ¿Qué ocurriría con el abastecimiento de las centrales? La respuesta que dan los ingenieros es muy práctica. El puerto que debe estar asociado al reactor recibirá cada tres años la carga de uranio necesaria para alimentar la central. “25 toneladas de combustible nuclear por año, 75 toneladas en total”, precisa Sierpe, el que entraría directo a la central sin necesidad de ser transportado por tierra.
El uranio se compraría vía leasing a los países productores, sistema que hoy promueve con intensidad la OIEA y que supone que el país que hace la venta se lleva de regreso los tubos en desuso para reciclarlos. Bajo esta mirada, las tres centrales que tendríamos en 20 años en la costa nortina se desentenderían de los desechos y sus efectos.
Fuente:www.capital.cl/negocios/energia-nuclear-un-chile-atomico
Carta al Director
Seguridad hídrica: El desafío que definirá el desarrollo de Chile
Estamos en la antesala de la Semana Mundial del Agua, una instancia parareflexionar sobre el valor de un recurso que cada vez se vuelve más estratégicopara el desarrollo de las sociedades. Y el escenario encuentra a Chile, más allá delos fenómenos climáticos recientes, en una situación de estrés hídrico de largoplazo que exige una gestión cada vez más eficiente y resiliente.
Hasta ahora, el debate se ha centrado principalmente en los efectos sociales y
sanitarios que podría traer una gestión hídrica deficiente. Pero no es todo, porque
también existen importantes riesgos económicos. De acuerdo con el reciente
Resilient Water Futures Report de GHD, las principales economías del mundo
podrían ver una reducción de hasta USD $5,6 billones en su PIB al año 2050 si no
gestionan correctamente sus recursos hídricos.
Este es un escenario que en Chile no debiéramos tomar a la ligera. Más del 76%
de la superficie del país presenta algún grado de sequía, desertificación o
degradación de suelos, una realidad que instala un desafío creciente para
sectores clave como minería, energía, agricultura e infraestructura. La
disponibilidad de agua se está convirtiendo en un factor determinante para la
competitividad, la continuidad operacional y la sostenibilidad de las inversiones.
Sin embargo, este desafío también abre oportunidades. Hoy existen soluciones
que permiten avanzar hacia una mayor seguridad hídrica, como la desalación, el
reúso de aguas, la optimización de procesos, el monitoreo inteligente de recursos
y una planificación integrada de cuencas.
La Semana Mundial del Agua es una fecha para reflexionar sobre el Chile que
queremos para las próximas décadas. Más allá de preocuparnos por escenarios
de mayor escasez, debemos aprovechar esta instancia para impulsar una visión
compartida sobre la gestión del agua, fortaleciendo la colaboración entre los
diversos actores involucrados.
Carta al Director/ David Anabalón / Gerente de Agua de GHD en Chile
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Opinión
La verdadera crisis energética: El límite de la refinación
Dr. Lorenzo Reyes Bozo Decano Facultad de Ingeniería y Negocios Universidad de Las Américas
Cuando el precio de la gasolina aumenta, la reacción inmediata suele ser culpar al petróleo. Sin embargo, la realidad energética actual es mucho más compleja. El mundo no enfrenta necesariamente un riesgo de disponibilidad de crudo, sino una creciente crisis de capacidad para transformarlo en combustible. Entonces, el verdadero cuello de botella ya no está en los pozos petroleros, sino en las refinerías.
El petróleo es solo la materia prima, ya que, convertirlo en gasolina exige sofisticados procesos industriales y grandes complejos de refinación cuya construcción demanda inversiones multimillonarias y años de desarrollo. Por ello, aumentar la producción de crudo no garantiza una mayor oferta de gasolina ni precios más bajos para los consumidores.
Las tensiones geopolíticas de los últimos años han puesto esta vulnerabilidad en evidencia. Los conflictos en Medio Oriente, las sanciones económicas, las interrupciones logísticas y la creciente exposición de infraestructuras energéticas estratégicas han demostrado que la seguridad de suministro depende tanto de la capacidad de refinación como del acceso al petróleo. Hoy, controlar una refinería puede ser tan estratégico como controlar un yacimiento.
Desde la perspectiva económica, ello explica por qué los precios de la gasolina pueden mantenerse elevados incluso cuando el valor internacional del barril disminuye. La capacidad limitada de refinación, sumada a una demanda aún robusta por combustibles líquidos, amplifica la volatilidad de los mercados y afecta directamente el costo del transporte, la producción y, finalmente, la inflación que enfrentan los hogares.
Esta realidad también plantea un desafío ambiental. Mientras la transición energética avanza con el desarrollo de vehículos eléctricos, hidrógeno de bajas emisiones y combustibles sintéticos, la economía mundial continúa dependiendo de una infraestructura de refinación diseñada para combustibles fósiles. La paradoja es evidente: el mundo necesita acelerar la descarbonización sin comprometer la seguridad del suministro energético.
Para países importadores de combustibles, como Chile, la lección es clara. La seguridad energética ya no puede medirse únicamente por la disponibilidad de petróleo en los mercados internacionales, sino también por la resiliencia de las cadenas de refinación, la diversificación de proveedores y la incorporación de tecnologías energéticas de bajas emisiones.
La discusión, por tanto, no es si falta petróleo. La verdadera pregunta es si el mundo dispone de la capacidad industrial suficiente para transformarlo en la energía que mantiene en movimiento a la economía global. Ese será uno de los grandes desafíos geopolíticos, económicos y ambientales de la próxima década.
Columna de Opinión/Dr. Lorenzo Reyes Bozo Decano Facultad de Ingeniería y Negocios
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Opinión
Naturaleza y economía del futuro: El valor de lo que nos sostiene.
Por Francisca Cortés Solari, Presidenta Ejecutiva de Filantropía Cortés Solari
Chile mira con orgullo su patrimonio natural y tiene razones para hacerlo. Pero ese orgullo implica una oportunidad que aún no hemos sabido aprovechar: comprender que la naturaleza no es el escenario externo donde ocurre la economía, sino su base más profunda.
Durante décadas, la conservación ha sido entendida como un costo sin retorno, incluso como una dimensión opuesta al desarrollo económico. Esa mirada resulta cada vez más insuficiente, porque la naturaleza no es una fuente inagotable de recursos ni el simple escenario donde ocurre el desarrollo económico, sino el soporte que lo hace viable. El Foro Económico Mundial nos indica que más del 50% del PIB mundial, equivalente a cerca de US$44 billones, depende moderada o altamente de la naturaleza y de los servicios ecosistémicos que esta provee.
Nuestro país no está fuera de esa realidad. Según la Evaluación Nacional de Biodiversidad del Ministerio del Medio Ambiente, el 17% del PIB chileno y el 55% de sus exportaciones dependen directamente de sus recursos naturales. Por ende, la naturaleza es parte esencial de nuestra economía. Falta reconocerla, valorizarla y conservarla con esa misma claridad.
Valorizar los servicios ecosistémicos de la naturaleza permite cambiar el paradigma y salir de esa falsa disyuntiva. La conservación y el crecimiento económico no se oponen. Por el contrario, la primera garantiza la sostenibilidad económica en el tiempo. Proteger una cuenca, un humedal o un bosque nativo no resta terreno a la economía; asegura el agua, la estabilidad y la resiliencia de las que dependen las actividades productivas y las comunidades.
El desafío, entonces, es construir las condiciones para permitir que ese valor se reconozca y se sostenga en las decisiones públicas y privadas. El Estado cumple un rol insustituible al regular, planificar y orientar. Pero la conservación privada también tiene un rol estratégico: movilizar recursos, asumir riesgos tempranos, generar evidencia y desarrollar soluciones que luego puedan escalar mediante alianzas público-privadas.
Hemos avanzado en reconocer la importancia de proteger nuestros ecosistemas, pero todavía tenemos pendiente la construcción de modelos económicos, institucionales y de gobernanza que permitan sostener esa conservación en el tiempo. Proteger un territorio es solo el primer paso. El verdadero desafío es gestionarlo, financiarlo y conectarlo con las comunidades.
Darle valor a los ecosistemas no significa reducirlos a una cifra ni convertirlos en mercancía. Significa reconocer que el agua, los bosques, los suelos, los océanos y la biodiversidad son infraestructura crítica para la productividad, la resiliencia territorial y la calidad de vida.
Esto no significa reducir los ecosistemas a una cifra ni convertirlos en mercancía. Significa reconocer que el agua, los bosques, los suelos, los océanos y la biodiversidad son infraestructura crítica para la productividad, la resiliencia territorial y la calidad de vida.
La pregunta ya no es si debemos conservar, esa discusión parece cada vez más resuelta. La pregunta es si seremos capaces de construir una economía que reconozca el valor de la naturaleza que la sostiene y de cuidarla como lo que es: la base de nuestro futuro.
Columna de Opinión/Francisca Cortés Solari, Presidenta Ejecutiva de Filantropía Cortés Solari
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Opinión
Chile eliminó las bolsas plásticas. Ahora debe eliminar las mentiras verdes.
Por Vanja Isamat, Subgerente SSOMAC de Ecológica
A ocho años de la promulgación de la Ley 21.100, conocida popularmente como “Chao Bolsas Plásticas”, Chile tiene razones para sentirse orgulloso. La normativa se convirtió en una de las políticas ambientales más exitosas del país, impulsando un cambio cultural profundo y evitando la circulación de más de 11.500 millones de bolsas plásticas de comercio que antes terminaban en rellenos sanitarios, vertederos, ríos y océanos.
Lo que parecía impensado hace una década hoy es parte de nuestra rutina: salir de casa con una bolsa reutilizable o asumir que ya no recibiremos una bolsa plástica en la caja del supermercado. La ley demostró que cuando existen reglas claras, voluntad política y compromiso ciudadano, es posible modificar hábitos de consumo a gran escala.
Sin embargo, el aniversario de esta normativa también invita a una conversación más incómoda. Porque si bien Chile ganó la batalla contra las bolsas plásticas tradicionales, corremos el riesgo de estar perdiendo otra más silenciosa: la batalla contra el greenwashing.
La prohibición eliminó un producto altamente contaminante, pero dejó una pregunta abierta sobre sus reemplazos. Durante los últimos años han proliferado en el mercado bolsas etiquetadas como “ecológicas”, “verdes”, “reutilizables”, “biodegradables” o “compostables”, conceptos que muchas veces resultan difíciles de verificar para los consumidores y que no siempre cuentan con estándares claros o información suficiente para respaldar sus beneficios ambientales reales.
El problema es que la sustentabilidad no depende de una palabra impresa en un envase. Depende del ciclo de vida completo del producto: cómo se fabrica, cuántas veces se utiliza, si puede reciclarse, si existe infraestructura para gestionarlo al final de su vida útil y cuál es su impacto ambiental total. Sin esa mirada integral, una solución aparentemente sustentable puede terminar generando un impacto similar o incluso mayor al que pretendía reemplazar.
La discusión de fondo ya no es solamente sobre plástico. Es sobre credibilidad. Hoy los consumidores enfrentan un mercado donde abundan los mensajes ambientales, pero escasea la información verificable. Muchas personas compran productos convencidas de estar tomando decisiones responsables para el planeta, cuando en realidad carecen de herramientas para distinguir entre una innovación genuina y una estrategia de marketing verde.
Diversos especialistas y organizaciones ambientales han coincidido en que uno de los desafíos pendientes tras la implementación de la Ley 21.100 es avanzar hacia una regulación más robusta de los sustitutos y fortalecer los mecanismos de fiscalización. La experiencia demuestra que prohibir un producto es un primer paso importante, pero no suficiente para impulsar una economía verdaderamente circular.
La situación también revela una brecha que trasciende el caso de las bolsas. Chile ha avanzado significativamente en políticas ambientales, reciclaje y responsabilidad extendida del productor, pero aún necesita fortalecer la coordinación entre las distintas normativas para evitar que los vacíos regulatorios permitan la proliferación de soluciones que prometen sustentabilidad sin demostrarla.
Por eso, el desafío de la próxima etapa no debería centrarse únicamente en prohibir más productos. Debe enfocarse en elevar los estándares de transparencia, trazabilidad e información para consumidores y empresas. Necesitamos definiciones claras, criterios técnicos verificables, fiscalización efectiva y educación ambiental que permita tomar decisiones informadas.
La gran lección que deja “Chao Bolsas Plásticas” es que los cambios son posibles. Chile fue pionero en la región al enfrentar un problema visible y logró movilizar a millones de personas en torno a una causa común. Pero los desafíos ambientales actuales son más complejos que hace ocho años. Hoy no basta con identificar aquello que contamina; también debemos ser capaces de identificar aquello que aparenta ser sustentable sin serlo.
Chile demostró que puede cambiar hábitos cuando existe una regulación clara. El desafío ahora no es eliminar otra bolsa más. Es impedir que la sustentabilidad se transforme en una etiqueta vacía. Porque una economía circular basada en marketing es tan desechable como el producto que pretende reemplazar.
Columna de Opinión/Vanja Isamat, Subgerente SSOMAC de Ecológica
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Opinión
Lo que una colilla puede enseñarnos sobre sostenibilidad
Por Danielle Polit, Head de Impacto y Materiales de Karün
Cada vez que una persona arroja una botella plástica al suelo, la reacción suele ser inmediata. Lo mismo ocurre con una lata, una bolsa o cualquier residuo de tamaño visible. Sin dudas, hemos avanzado en conciencia ambiental y actualmente existe un consenso respecto de que esas conductas son inaceptables.
Pero todavía existe una excepción. Una que vemos todos los días en calles, plazas, playas, estacionamientos y espacios públicos. Una que rara vez genera cuestionamientos y que corresponde a las colillas de cigarro.
Quizás la explicación está en su tamaño. Estos filtros parecen inofensivos porque son pequeños. Desaparecen rápidamente de nuestra vista y se asume, equivocadamente, que terminan degradándose de manera natural. Pero la realidad es distinta. Contienen acetato de celulosa, un material plástico capaz de permanecer durante años en el entorno y generar impactos ambientales asociados a la acumulación de residuos y la liberación de sustancias tóxicas en suelos y ecosistemas acuáticos.
Lo preocupante es que durante décadas hemos visto este problema como algo inevitable. Cada año se desechan inadecuadamente millones de colillas en el mundo, muchas de las cuales terminan en calles, playas, ríos y océanos. Pese a la magnitud del problema, seguimos tratándolas como si fueran un residuo menor.
Sin embargo, la innovación está demostrando que no tiene por qué ser así.
Hoy existen tecnologías capaces de recuperar el material contenido en las colillas, eliminar sus componentes tóxicos y transformarlo en nuevas materias primas. En Karün hemos tenido la oportunidad de incorporar una de estas soluciones a través de una colección de anteojos fabricados con material proveniente de colillas recicladas, desarrollada junto a la empresa chilena IMEKO.
Más allá del producto en sí, lo relevante es lo que representa. Esta iniciativa ya ha permitido evitar la emisión de 37,26 kilos de dióxido de carbono, retirar 956 gramos de sustancias tóxicas del medio ambiente y proteger más de 360 mil litros de agua. Son cifras modestas frente a la magnitud del desafío global, pero demuestran algo fundamental: incluso los residuos más complejos pueden reincorporarse a nuevos ciclos productivos cuando se combinan ciencia, diseño e innovación.
La economía circular no puede limitarse a reciclar aquello que resulta fácil recuperar. Su verdadero desafío está en encontrar valor donde históricamente sólo hemos visto basura. Y es que, a veces, las soluciones más interesantes no nacen de aquello que valoramos, sino precisamente de aquello que durante años decidimos ignorar.
Columna de Opinión / Danielle Polit, Head de Impacto y Materiales de Karün
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