Opinión
HIDRÓGENO VERDE: LA ESTRATEGIA SE ACTUALIZA, EL DESAFÍO RECIÉN COMIENZA
Dr. Lorenzo Reyes Bozo Decano Facultad de Ingeniería y Negocios
Universidad de Las Américas
La actualización 2026 de la Estrategia Nacional de Hidrógeno Verde de Chile refleja un cambio significativo respecto de la visión formulada en 2020. Mientras el plan original priorizaba una rápida inserción del país como exportador global, el nuevo enfoque pone énfasis en el desarrollo de demanda interna, capacidades industriales e infraestructura habilitante. Este giro responde a la evolución del mercado internacional del hidrógeno, cuyo despliegue ha sido más lento de lo previsto debido a altos costos de producción, escasez de contratos de compra de largo plazo y persistentes brechas regulatorias. En este escenario, promover aplicaciones domésticas en sectores como refinación, fertilizantes, minería o transporte pesado aparece como una decisión estratégica para generar aprendizaje tecnológico, reducir riesgos de inversión y construir una base industrial antes de escalar hacia otros países.
Entre las fortalezas de la estrategia destaca el reconocimiento de los factores estructurales que condicionan el desarrollo de esta industria: reducción de costos tecnológicos, infraestructura logística, fortalecimiento regulatorio, formación de capital humano y legitimidad social. Este diagnóstico se alinea con las políticas de economías líderes, donde el hidrógeno es impulsado mediante incentivos públicos orientados a cerrar la brecha de costos frente a los combustibles fósiles y estimular la demanda inicial. En este sentido, la estrategia chilena refleja una lectura más realista del escenario global al reconocer que la competitividad no dependerá solo de la abundancia de recursos renovables, sino también de la existencia de mercados e instrumentos económicos claros.
Sin embargo, persisten debilidades relevantes. Aún existen indefiniciones sobre los mecanismos concretos para estimular la demanda interna y sobre la coordinación entre políticas energéticas, industriales y territoriales. Asimismo, la creciente competencia internacional —especialmente de países con fuerte apoyo estatal y capacidades industriales consolidadas— plantea un desafío significativo para el posicionamiento de Chile. A ello se suma la necesidad de avanzar en sistemas de certificación de emisiones, requisito clave para acceder a mercados exigentes, y de abordar desafíos territoriales vinculados al uso de agua, la infraestructura eléctrica y portuaria, y la aceptación social de proyectos de gran escala.
Es por ello que el principal desafío no reside solo en la estrategia, sino en su implementación. Para aspirar a un liderazgo en la economía del hidrógeno, Chile deberá generar señales de política que impulsen la demanda interna, acelerar la infraestructura habilitante, fortalecer sus capacidades tecnológicas e industriales y generar beneficios concretos para los territorios donde se emplazarán los proyectos. Solo así podrá transformar su potencial en una industria competitiva y sostenible.
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Opinión
DAVOS: EL COMPROMISO DEL FUTURO DEL AGUA
Por: Margarita Ducci / Directora Ejecutiva Pacto Global Chile, ONU
Cada enero, Davos vuelve a aparecer en las noticias como un símbolo: para algunos, el lugar donde se reúnen las élites a diagnosticar los problemas del mundo; para otros, un espacio incómodo pero necesario, donde se ensayan consensos globales en medio de un planeta cada vez más fragmentado. Este año, sin embargo, Davos dejó algo más que declaraciones. Y eso importa.
No puedo evitar mirar la 56ª Reunión Anual del World Economic Forum con una mezcla de esperanza y memoria. En 1999, en ese mismo escenario, nació el Pacto Global de Naciones Unidas. Fue un momento bisagra: empresas, gobiernos y sociedad civil aceptaron –al menos en el papel-, que el crecimiento económico no podía seguir separado de los derechos de las personas, el trabajo decente, el medio ambiente y la lucha contra la corrupción. Hace 25 años, hablar de sostenibilidad era casi contracultural. Hoy es ineludible.
Que Davos haya declarado 2026 como el Año del Agua, o Blue Davos, no es un gesto menor. El agua es la prueba más concreta de que la crisis ambiental dejó de ser una abstracción. Dos mil doscientos millones de personas sin acceso a agua potable segura no son una estadística: son vidas condicionadas, enfermedades evitables, oportunidades perdidas. Que casi la mitad de la población mundial viva bajo estrés hídrico severo al menos un mes al año debería sacudirnos más de lo que lo hace.
El Foro fue claro al poner cifras al problema: más del 50% del PIB mundial depende de la naturaleza y de servicios ecosistémicos como el agua. Cuando se rompe el ciclo hídrico, no solo se degrada el medio ambiente; se erosiona la economía, la estabilidad social y la confianza. Sin embargo, durante décadas tratamos al agua como si fuera infinita, barata y ajena a cualquier lógica de gobernanza. Por eso resulta relevante que iniciativas como el Water Resilience Challenge busquen soluciones concretas en infraestructura, agricultura y ciudades. No es filantropía: es resiliencia. Es entender que el futuro no se juega solo en reducir emisiones, sino en adaptarnos, proteger lo que sostiene la vida y anticiparnos a shocks que ya están ocurriendo.
El Global Risks Report 2026 lo dice sin rodeos: vivimos en un mundo donde la incertidumbre es la norma, donde la confrontación reemplaza a la cooperación y la confianza, esa moneda invisible pero esencial, se devalúa. En ese contexto, los criterios ESG ya no alcanzan si se reducen a checklists o reportes de cumplimiento. Necesitan alma, propósito y una mirada sistémica que incorpore capital natural, social y humano. Me resonaron especialmente las advertencias de Christine Lagarde y Kristalina Georgieva: sin enfrentar las desigualdades económicas, sociales y tecnológicas, la innovación y el crecimiento sostenible no llegarán a quienes más lo necesitan. Esa frase podría haber sido pronunciada hace 25 años, cuando Pacto Global se gestaba como una promesa de responsabilidad compartida. El desafío es que no siga siendo solo una promesa.
Davos 2026 parece haber entendido algo esencial; no hay crecimiento posible en un planeta sediento, ni estabilidad en sociedades que sienten que siempre pagan los mismos el costo de las crisis. Volver al espíritu de Pacto Global, ese acuerdo ético entre lo público y lo privado, es quizás el acto más radical que Davos puede hacer hoy. Porque el agua, como la confianza, no se ve hasta que falta. Y cuando falta, ya es demasiado tarde para discursos vacíos.
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Opinión
EL SILENCIO TRAS EL IMPACTO: BALLENAS, TRÁFICO Y CONTAMINACIÓN
Por Miguel Ávila Director Núcleo de Investigación en Ciencias Biológicas Universidad de Las Américas.
Cada año, al conmemorarse el Día Mundial de las Ballenas, Chile tiene motivos tanto para celebrar como para preocuparse. Con miles de kilómetros de costa, nuestro país alberga cerca del 50 % de las especies de cetáceos del planeta. Sin embargo, esas mismas aguas se han transformado en una peligrosa autopista: un espacio donde el tráfico marítimo intenso convive con algunos de los mayores gigantes del océano, con consecuencias fatales.
Chile ostenta un triste récord mundial: es el país con la mayor tasa de colisiones fatales entre ballenas y embarcaciones. En la última década, casi un tercio de las muertes de cetáceos con causa identificada se debe a impactos con naves, convirtiendo estos choques en la principal causa de muerte no natural para las ballenas en nuestras aguas. Tras el fin de la caza comercial, la amenaza no ha desaparecido: simplemente ha cambiado de forma. Desde la Antártica hasta el norte de Chile, la superposición entre rutas marítimas y zonas de alta presencia de ballenas ha creado focos críticos de colisión que siguen expandiéndose.
A las amenazas visibles se suman otras menos evidentes, pero igualmente letales. La contaminación por mercurio, un metal pesado de origen industrial y minero que afecta incluso a ecosistemas tan remotos como la Antártica, donde llega a través del transporte atmosférico de larga distancia. En este ambiente extremo, la bioacumulación se intensifica y el metilmercurio, su forma más tóxica, se incorpora a las redes tróficas, alcanzando altas concentraciones en depredadores superiores como las ballenas. Así, estos cetáceos no solo reflejan el estado de los ecosistemas polares, sino que actúan como centinelas tempranos de riesgos que también pueden comprometer la salud humana.
En este contexto, el proyecto RT32-22, “Una mirada a la acumulación de mercurio y sus efectos en las redes tróficas de ballenas barbadas de las Islas Shetland del Sur y la Península Antártica”, financiado por el Instituto Antártico Chileno (INACH), busca medir concentraciones y comprender qué está ocurriendo con las ballenas en uno de los ecosistemas más prístinos del planeta. En un escenario de cambio global, donde las alteraciones en temperatura y corrientes pueden modificar la redistribución de contaminantes, esta investigación resulta clave para anticipar el impacto de este contaminante.
El cambio climático, la creciente actividad humana y la contaminación química, hacen urgente proteger a estos gigantes del mar. En este Día de las Ballenas, más que celebrar, el llamado es a actuar. Medidas concretas como la implementación de zonas de navegación lenta, el ajuste de rutas marítimas, el uso de tecnologías de detección temprana y el fortalecimiento del monitoreo de contaminantes, pueden reducir de forma significativa las amenazas que enfrentan las ballenas.
Chile tiene el privilegio de albergar una extraordinaria diversidad de cetáceos y la responsabilidad ineludible de cuidarlos. Solo así las futuras generaciones podrán seguir maravillándose con el soplo de una ballena en el horizonte, símbolo de un océano que aún puede mantenerse en equilibrio.
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Tecnología con propósito: El desafío del trabajo en Chile
Margarita Ducci / Directora Ejecutiva Pacto Global Chile, ONU
Hablar hoy del futuro del trabajo nos llama a una conversación urgente sobre decisiones que ya están transformando la vida laboral en Chile. La automatización, la digitalización y la inteligencia artificial están redefiniendo empleos, habilidades y modelos productivos con una rapidez sin precedentes. Pero la pregunta que debemos hacernos es más profunda: ¿en qué condiciones trabajaremos y quiénes quedarán dentro o fuera de esta transición?
En 2025, la tasa de desempleo alcanzó alrededor del 8,8 %, con una tasa femenina cercana al 9,5 %, lo que evidencia un sesgo estructural en la recuperación del empleo tras crisis recientes. Además, la participación laboral de las mujeres sigue siendo significativamente menor que la de los hombres: alrededor de 52 % para mujeres frente a más de 71 % para hombres, una brecha de 19 puntos que supera el promedio de la OCDE. Junto con ello, persiste una brecha salarial de género de alrededor del 21 %, casi el doble del promedio regional, lo que revela que la calidad del empleo y sus beneficios difieren sustancialmente por género. Esto no sólo refleja una brecha de oportunidades, sino también, un riesgo de amplificación de desigualdades en la transición hacia una economía más digitalizada.
Hoy la automatización representa un reto. Un estudio reciente reveló que más del 50 % de los trabajadores en Chile realiza tareas con alto riesgo de ser automatizadas debido a su repetitividad, un indicador que ubica al país entre los que enfrentan mayores desafíos comparativamente. Esto no sólo implica potencial pérdida de empleos tradicionales, sino que puede agravar las brechas existentes si no se acompaña de políticas activas de reskilling, protección social y reconversión laboral.
En ese contexto, la sostenibilidad y la diversidad ya no son temas de marketing ni de reputación empresarial, son condiciones estructurales de competitividad y supervivencia financiera. Las empresas que no integran estos temas enfrentan riesgos reales: pérdida de talento, menor productividad, dificultades de acceso a financiamiento, tensiones regulatorias y vulnerabilidad en sus cadenas de valor. En cambio, las organizaciones que apuestan por la inclusión, el diálogo social, y la ética empresarial, demuestran mayor resiliencia, capacidad de adaptación e innovación.
Desde la mirada de Pacto Global Chile, el “trabajo del mañana” debe construirse sobre los estándares del ODS 8: trabajo decente y crecimiento económico. Esto significa empleos productivos, con derechos laborales garantizados, ingresos dignos, seguridad y, cada vez más, habilidades adaptativas frente a los cambios tecnológicos. Vemos con admiración como las empresas líderes están adoptando estrategias concretas, como la capacitación continua, la reconversión laboral, que incluyen habilidades digitales y competencias complementarias. Programas focalizados para mujeres, con iniciativas de formación tecnológica, liderazgo y acceso a sectores de mayor valor agregado además de planes de transición justa que combinan tecnología, movilidad interna y diálogo con los trabajadores. También, uso ético de la inteligencia artificial en procesos de selección y gestión de talento, para evitar sesgos discriminatorios.
Sabemos que el futuro del trabajo exige alianzas público-privadas, diálogo social y una visión compartida para construir un modelo laboral más justo e inclusivo. La tecnología debe estar al servicio de las personas, no al revés, y ese principio no es sólo ético: es estratégico y basal para un desarrollo económico más resiliente, equitativo y sostenible para Chile.
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Casen 2024: La formación laboral como motor de la autonomía económica
Por Bárbara Veyl, gerenta de Vinculación e Innovación Social del OTIC CChC
Según los resultados de la Encuesta Casen 2024, 600 mil personas salieron de la pobreza. Miles de familias que disminuyeron las urgencias y angustia inmediata, gracias a un sistema de subsidios que representa el 69% de los ingresos del decil más vulnerable. Es un avance innegable en el corto plazo para esas familias, pero el desafío es que ese alivio se transforme en un proyecto de vida autónomo. El subsidio es una base necesaria. Pero formación laboral pertinente, que genere desarrollo de capacidades para el trabajo, es el trampolín definitivo hacia la seguridad y proyección de esas familias.
Y la urgencia es estructural. Chile es el penúltimo país de la OCDE en habilidades de su población adulta, una brecha crítica, pues un trabajador con mayores competencias recibe el doble de ingresos por hora y enfrenta una tasa de desempleo seis veces menor que uno menos calificado.
Con 750.000 trabajadores en riesgo inminente en sus empleos por la automatización, como reveló un reciente estudio publicado por el OTIC CChC y Comov, la empleabilidad debe ser una política de desarrollo y no una mera consecuencia. Necesitamos poner el foco con fuerza en la formación laboral. Formación pertinente y adaptada a las necesidades del mercado del trabajo. Un aumento considerable de la inversión en formación (en cantidad y en transversalidad). Ecosistemas con capacidad de generar iniciativas colaborativas, orquestando el impacto de cada uno de sus actores, para generar más valor que la suma de las partes. Son algunas de las fuerzas que podrían mejorar la precisión de un sistema que debe tener capacidades estructurales y musculatura, para generar el talento que las industrias y regiones del país vayan necesitando.
Desde quienes tenemos un rol intermediario en el sistema (como es el caso de la Corporación de Capacitación de la Construcción), urge una fuerza hacia la innovación de lo que nuestra industria puede ofrecer en materia de impacto social. Diagnósticos claros por industrias y regiones. Levantamiento de iniciativas colaborativas que resuelvan los desafíos priorizados, con acciones rápidas y claras, y objetivos a la vista. Conexión de puntos, exploración permanente de nuevas soluciones y generación de diálogo entre actores. Solo algunos de los ingredientes que permitirían generar verdaderos cambios en las reglas del juego.
Al iniciar este 2026 con un nuevo ciclo político, el desafío nacional es consolidar un modelo de desarrollo que ponga el talento al centro, especialmente porque superar la pobreza requiere que Estado y sector privado trabajen juntos para transformar la capacitación en una herramienta estratégica. Solo así la seguridad que hoy entrega el subsidio se convertirá mañana en la libertad que otorga el talento propio.
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Agua para un Chile resiliente: Avances y desafíos de un año decisivo
Por Arturo Errázuriz, director de la Asociación Chilena de Desalación y Reúso
Las altas temperaturas que hemos vuelto a registrar este verano no son un fenómeno aislado. Son una señal inequívoca del impacto del cambio climático sobre Chile y de la presión creciente sobre fuentes continentales de agua que ya no logran responder a las necesidades de las personas, las ciudades y la actividad productiva. La seguridad hídrica es una meta a la que todas las empresas deben plegarse hoy.
Y para alcanzarla, las fuentes no convencionales como el agua de mar y las aguas residuales se han constituido como alternativas seguras y competitivas para el abastecimiento de distintas ciudades e industrias del país. Un hito lo ilustra con claridad: durante 2025, Antofagasta se convirtió en la primera gran ciudad de América Latina en abastecerse en un 100% con agua desalada para consumo humano.
Chile se ha embarcado decididamente en este camino. Hoy existe una industria de fuentes hídricas no convencionales en plena expansión, con proyectos que permiten generar, transportar y distribuir agua, llueva o no. Nuestro país cuenta con 32 plantas desaladoras y sistemas de impulsión de agua de mar de tamaño industrial, esto es con una capacidad producción de agua superior a 20 litros por segundo que, en total, suman una capacidad instalada de 14.227 L/s.
A ello se suma una cartera robusta de proyectos en desarrollo. A diciembre de 2025 se registran 64 proyectos en etapas de ingeniería o construcción relacionados con el tratamiento de aguas servidas y la desalación, extracción y transporte de agua de mar, entre otros, que representan una inversión total estimada de USD 25.613 MM.
En este portafolio, destaca la licitación de la planta desaladora multipropósito para la Región de Coquimbo que, en tiempo récord, el Ministerio de Obras Públicas, a través de la Dirección General de Concesiones, logró concretar, marcando un precedente en la incorporación de nuevos modelos de infraestructura hídrica.
Sin embargo, estos avances conviven con desafíos que no podemos ignorar. Uno de los más relevantes sigue siendo la regulación. El proyecto de ley que regula el uso de agua de mar para la desalación todavía presenta algunas disposiciones que podrían afectar la continuidad operacional de los futuros proyectos y obstaculizar la operación de plantas existentes, por lo que esperamos sean corregidas en la Comisión de Recursos Hídricos y Desertificación de la Cámara de Diputados.
También esperamos que se concreten importantes proyectos durante 2026: la puesta en marcha de C20+ de Collahuasi en Tarapacá; la desaladora de Aguas Pacífico en Valparaíso; la nueva conducción de agua de mar de Minera Centinela y la Planta Desaladora de Codelco en Antofagasta.
Para acelerar su crecimiento, Chile necesita desplegar la infraestructura crítica que le permita proveer un suministro competitivo de agua a las industrias en las que nuestra economía tiene ventajas comparativas. Pero esa seguridad hídrica solo se construye con una institucionalidad que permita volver a invertir en condiciones predecibles para el largo plazo.
Columna de Opinión/Arturo Errázuriz, director de la Asociación Chilena de Desalación y Reúso Chile Desarrollo Sustentable www.chiledesarrollosustentable.cl www.facebook.com/pg/ChiledesarrollosustentableCDS twitter.com/CDSustentable #CDSustentable , #Sostenible #DesarrolloSostenible #MedioAmbiente #ChileDesarrolloSustentable, #ECOXXI
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