Desarrollo Sostenible
Los microplásticos lo contaminan todo. Pero ¿sabemos cuál es su daño ambiental?
Cada año se vierten al medio natural millones de toneladas de fragmentos de plástico, una polución que se ha extendido por todo el planeta. Pero con miles de estudios publicados, los científicos aún están investigando cuáles son los efectos concretos de la contaminación microplástica en el medio ambiente.
Si toda contaminación es intrínsecamente negativa, y si los residuos plásticos son un problema global de nuestra era, no parece necesario demostrar que la polución microplástica es dañina. Pero ¿cuánto y cómo?
No basta con dar por hechos los perjuicios medioambientales de un contaminante concreto; es necesario demostrar cuáles son, de qué índole y en qué magnitud. Solo conociendo los datos es posible saber si existen márgenes de seguridad, y de qué modo y en qué medida un nivel concreto de contaminación afectará al entorno natural.
Veinte años de microplásticos
En 2004 el biólogo marino Richard Thompson, de la Universidad de Plymouth (Reino unido), encabezaba una investigación que descubría una abundancia de contaminación por fragmentos microscópicos de plástico en los litorales de Gran Bretaña. En el pequeño estudio publicado en Science se utilizaba por primera vez el término microplásticos, una categoría que quedaría definida por un rango de tamaño entre 5 milímetros y 1 micrómetro o milésima de milímetro. Los pedazos más pequeños se clasifican como nanoplásticos.
Pero aunque Thompson y sus colaboradores comprobaban en su investigación que estos minúsculos contaminantes podían ser ingeridos por los organismos marinos, aún no tenían datos para valorar cuáles podían ser sus efectos en el medio ambiente: “Se necesita más trabajo para establecer si existen consecuencias medioambientales de estos residuos”, escribían.
Hasta el último rincón
Dos decenios después, se han publicado más de 7 000 estudios sobre contaminación microplástica, según recogían Thompson y sus colaboradores en una revisión publicada en 2024, con motivo del 20º aniversario del artículo original. Esas investigaciones han dibujado un panorama completo del problema: cada año se emiten al medio entre 10 y 40 millones de toneladas de microplásticos, una cantidad que se duplicará para 2040.
Las fuentes se reparten entre los microplásticos primarios, que incluyen componentes de los cosméticos, pinturas o pellets, y los secundarios procedentes del desgaste de neumáticos o fibras textiles y de la ruptura mecánica de toda la basura plástica. Los microplásticos han invadido hasta el último rincón de la Tierra y se han hallado en 1 300 especies acuáticas y terrestres, así como en múltiples órganos y tejidos humanos.
Pero ¿cuánto se ha avanzado en la evaluación de los riesgos ambientales? Los modelos predictivos indican posibles daños a gran escala en un periodo de 70 a 100 años. Se ha documentado la bioacumulación de los microplásticos y su toxicidad en experimentos de laboratorio. Pero a pesar de que su impacto en la salud ya figura entre las grandes preocupaciones del público, según Thompson “los análisis de riesgos detallados son limitados porque los datos sobre exposición y efectos son incompletos”.
Más plástico, menos comida
En la misma línea, otra revisión reciente sobre el progreso en el testado de los efectos de los microplásticos concluye que la calidad de estos estudios está mejorando gradualmente, pero que muchos de los problemas de estas investigaciones identificados en 2016 aún eran relevantes en 2024, lo que incluye comparaciones que, según los autores, equivalen a “comparar peras con manzanas”.
Un ejemplo de los intentos de definir y cuantificar los daños ambientales concretos de los microplásticos es la estimación de su efecto sobre la fotosíntesis, de la cual depende la productividad de los ecosistemas, tanto en agua como en tierra. En un trabajo publicado en la revista PNAS, investigadores de la Universidad de Nanjing y de la Academia China de Ciencias han reunido más de 3 000 observaciones de 157 estudios sobre el efecto de los microplásticos en las plantas.
Aplicando un algoritmo de Inteligencia Artificial para extrapolar los resultados, los autores concluyen que los microplásticos reducen la fotosíntesis en plantas terrestres y en algas de agua dulce y marina entre un 7 y un 12 %, lo que podría disminuir de un 4 a un 14 % las cosechas de arroz, trigo o maíz.
Datos discutibles
Se trata posiblemente del primer estudio que analiza el impacto de los microplásticos en algo tan específico y crucial como la producción de alimentos. El coautor Huan Zhong precisa a SINC que la mayoría de los datos disponibles anteriormente se basan en experimentos de laboratorio, y no en investigaciones de campo. “Anticipamos que, según vayamos disponiendo de más conjuntos de datos experimentales de campo, se establecerá un vínculo más claro entre la polución plástica y la salud de los ecosistemas”.
Es el primer estudio que analiza el impacto de los microplásticos en la producción de alimentos, pero es difícil llegar a efectos tan precisos con una metodología rigurosa
Pero este estudio es también una muestra de la dificultad de llegar a efectos tan precisos con una metodología rigurosa que resulte convincente. Según expone a SINC Roberto Rosal, catedrático de Ingeniería Química de la Universidad de Alcalá de Henares especializado en contaminación plástica, el trabajo de los investigadores chinos es cuestionable: entre otras objeciones, las concentraciones de microplásticos son enormemente superiores a las ambientales, algunos de los plásticos incluidos no son relevantes y la toxicidad solo se estudia a corto plazo.
Principio de precaución
“Estos problemas metodológicos los sufren todos los estudios de riesgo ambiental de plásticos porque no se dispone de datos relevantes”, dice Rosal. La carencia de datos y la consecuente falta de conclusiones firmes mantienen a algunos expertos en un escepticismo respecto a la relevancia del riesgo ambiental de los microplásticos, o en la postura de que la insistencia en este problema distrae la atención de otros mucho más críticos para los ecosistemas marinos, como el cambio climático o la sobrepesca.
Sin embargo y para Rosal, las dificultades con los estudios “no quieren decir que el plástico no tenga efectos tóxicos; los puede tener tanto por el polímero como (más probablemente) por los aditivos que contiene”. Por ello, una corriente que incluye a buena parte de la comunidad científica y organismos como la Agencia Europea de Sustancias y Mezclas Químicas (ECHA) se adhiere al principio de precaución: tratar los microplásticos como sustancias peligrosas sin un umbral de seguridad.
Es decir, y hasta saber, como dice Rosal, “cuánto plástico es mucho plástico, suponer que cualquier liberación al medio ambiente conlleva un riesgo aunque no seamos capaces de cuantificarlo aún”.
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Conversación
PUBLICAN PRIMER REGISTRO PARA CHILE DE “ALGA ABANICO” EN LA ISLA GRANDE DE TIERRA DEL FUEGO
El hallazgo fue realizado durante una expedición conjunta a Bahía Inútil entre investigadores del Programa Marino de la Fundación Rewilding Chile y CADIC-CONICET de Ushuaia para caracterizar la biodiversidad asociada a los bosques del alga gigante Macrocystis pyrifera.
El área de Bahía Inútil, en la región de Magallanes, no deja de revelar su asombrosa biodiversidad marina. Una publicación reciente liderada por especialistas chilenos y argentinos documentó por primera vez para Chile la presencia de la macroalga parda Microzonia velutina en el ambiente submarino de la Isla Grande de Tierra del Fuego, sumando una nueva especie a la diversa flora ficológica de nuestro país y ampliando su rango de distribución en la costa atlántica Argentina.
El hallazgo se produjo en el contexto de la expedición conjunta realizada en marzo de 2025 entre investigadores del Programa Marino de la Fundación Rewilding Chile y CADIC-CONICET de Ushuaia, además de profesionales encargados del filmaciones submarinas y terrestres, con el fin de caracterizar la biodiversidad asociada a bosques fueguinos de Macrocystis pyrifera (huiro o sargazo). Para ello, se realizaron buceos exploratorios entre 3 y 6 metros en tres sitios de muestreo, dos en Bahía Inútil, lado chileno de la Isla Grande de Tierra Argentino, y uno en el sector argentino de Bahía Aguirre, en la Península de Mitre.
Respecto a la importancia del registro, Mathias Hüne, Director del Programa Marino de Rewilding Chile, destacó: “En el contexto de la crisis climática, ampliar el conocimiento sobre la biodiversidad marina en altas latitudes es fundamental para sustentar estrategias de conservación y refuerza el valor biogeográfico de Tierra del Fuego y en particular de Bahía Inútil, como zona clave para la diversidad subantártica”.
El análisis de los resultados de la expedición fue publicado en la prestigiosa revista alemana Botánica Marina -la más clásica en su especialidad- como “New records of Microzonia velutina (Syringodermatales, Ochrophyta) in Isla Grande de Tierra del Fuego in the sub-Antarctic region”. Sus autores son Mauricio Palacios, investigador asociado de la Fundación Rewilding Chile; Julieta Kaminsky, del CADIC CONICET de Ushuaia; Mathias Hüne, director del Programa Marino de Rewilding Chile; los ecólogos y taxónomos Erasmo Macaya de la Universidad de Concepción y Alicia Boraso, referente del estudio de macroalgas en Argentina, de la Universidad Nacional de la Patagonia, junto al fotógrafo submarino Mariano Rodríguez de la Universidad Nacional de Tierra del Fuego.
En todos los puntos de muestreo, Microzonia velutina fue observada como parte de la flora del sotobosque en sustratos rocosos bajo bosques de huiro. A diferencia de los alargados huiros, cuyos bosques submarinos pueden medir hasta 80 metros, esta pequeña macroalga, con forma de abanico, no supera los 3 centímetros de altura y destaca por su color café oliváceo con pigmentación iridiscente en los bordes.
“No es fácil de ver, porque es bien chiquita y uno creería que puede ser un hongo como los que encontramos en los bosques terrestres, pero es una macroalga. Para poder encontrarla hay que buscarla con intención, no es fácil de ver, pero cuando la encontramos es muy característica la forma que tiene así de abanico, con unas pequeñas líneas y crece bien cerquita del sustrato de la roca”, indica Julieta Kaminsky, investigadora del CADIC-CONICET de Ushuaia.
“En términos generales, es una especie relativamente poco común y poco conocida, más típica en Nueva Zelanda, pero no abundante, con sólo dos registros en el hemisferio sur, particularmente en la costa atlántica de Argentina”, explica Mauricio Palacios, investigador asociado de Rewilding Chile. “Sabemos poco de su morfología externa, su ciclo de vida, de sus hábitos, por qué está acá y no en otro lugar, etc.”, complementa.
En la expedición se recolectaron talos completos de la pequeña macroalga y se realizó su identificación en base a morfología externa e interna, “a ojo desnudo”, como precisa Julieta Kaminsky para describir el método. “Después hacemos pequeños cortes que nos permiten observar en la lupa o el microscopio óptico y a partir de distintas características que son específicas o particulares y comparando con otros ejemplares que se parecían de Argentina y otros lugares del mundo podemos saber a cuál especie corresponde”, agrega. Una vez identificados, tres ejemplares fueron preservados en el herbario realizado que mantiene Rewilding Chile.
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Desarrollo Sostenible
Medio Ambiente busca recuperar Lago Vichuquén: MINISTRA TOLEDO INICIA PROCESO PARA AVANZAR EN SU DESCONTAMINACIÓN
La secretaria de Estado firmó la resolución para comenzar la elaboración de una norma que establecerá límites a distintas sustancias que hoy afectan la calidad del agua, como el exceso de nutrientes.
La ministra del Medio Ambiente, Francisca Toledo, dio un paso fundamental para la recuperación del Lago Vichuquén, en la Región del Maule, que ha enfrentado una importante crisis ambiental y sanitaria producto de la contaminación de sus aguas. Se trata del inicio de la elaboración del anteproyecto de normas secundarias de calidad ambiental para este ecosistema, que permitirá mejorar la calidad de sus aguas y protegerlo para quienes viven y visitan la zona.
La secretaria de Estado luego de firmar la resolución que da inicio oficial a la creación de la norma, afirmó que “dada la crítica situación del Lago Vichuquén decidimos agilizar el inicio de la creación de esta norma y trabajaremos para concretarla lo antes posible. Tras esto, desarrollaremos un plan de descontaminación. Este proceso es un paso importante para recuperar sus aguas y cuidar su biodiversidad, pero también para mejorar la calidad de vida de las comunidades”.
Para avanzar en este objetivo, la norma establecerá límites a distintas sustancias que hoy afectan la calidad del agua, como el exceso de nutrientes. Este proceso abarcará todo el sistema lacustre, incluyendo el lago Vichuquén, la laguna Torca y el estero Llico, con el fin de enfrentar de manera integral esta problemática y avanzar hacia una solución definitiva,
Este trabajo se apoya en estudios científicos y monitoreos que han evidenciado la necesidad de actuar con mayor fuerza para proteger el lago. A partir de ahora, se comenzará a construir una propuesta que también considerará la opinión de la ciudadanía, abriendo espacios para que vecinos, organizaciones y distintos actores puedan aportar con su experiencia y conocimiento del territorio.
Tras contar con una norma de calidad para el Lago Vichuquén se podrá elaborar un plan de descontaminación ambiental, instrumento que establecerá medidas y acciones específicas con la finalidad de recuperar este ecosistema y sus especies.
La ministra Francisca Toledo añadió que recuperar el lago no solo es una tarea ambiental, “también es una oportunidad para fortalecer el turismo, las actividades recreativas y la identidad local. Un entorno más sano beneficia directamente a las personas y ayuda a proyectar un desarrollo más sostenible para la comunidad de Vichuquén y sus alrededores”.
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Desarrollo Sostenible
CON LA GASOLINA DISPARADA, CORRER SALE MUCHO MÁS CARO DE LO QUE PARECE
Intentar emular a Fernando Alonso en los desplazamientos diarios de casa al trabajo no es una buena idea. Porque aparte de generar más estrés y más situaciones de riesgo, afecta a nuestro bolsillo más de lo que podríamos pensar.
Es evidente que conduciendo más rápido se llega antes, aunque la diferencia puede ser pequeña cuando el tráfico está condicionado por atascos, semáforos, etc. Sin embargo, conduciendo más rápido visitamos la gasolinera más a menudo. Entonces, ¿cuánto tiempo se gana en realidad? ¿Cuánto sube el consumo? ¿Merece realmente la pena apostar por la velocidad?
Consumo frente a velocidad
El consumo de combustible depende de la velocidad de una forma bastante simple de entender. Por un lado, el funcionamiento de los motores de combustión, incluso con el coche completamente parado, consume. Así, si nos desplazamos a una velocidad muy baja, del orden de 20 km/h, el gasto será grande en relación al espacio recorrido.
Por otro lado, la fricción con el aire crece con el cuadrado de la velocidad, por lo que conducir por encima de los 100 km/h también implica un consumo considerable. Además, están las pérdidas por rodadura, prácticamente independientes de la velocidad y sujetas a la distancia recorrida.
Combinando todos los factores, el consumo óptimo se obtiene a una velocidad que, en función del coche, está entre los 60-90 km/h.
La Agencia Europea de Medio Ambiente usa el modelo matemático COPERT para calcular las curvas de consumo de coches típicos, tanto de gasolina como híbridos y otros combustibles. En nuestro estudio, realizado específicamente para este artículo, hemos hecho los cálculos para un coche híbrido de tamaño medio/grande.
No consuma noticias, entiéndalas.

Cuestión de física
Los valores de referencia son representativos de una gran variedad de coches, tanto berlinas como SUV. En cualquier caso, aquí el dato de interés no es el valor absoluto del consumo, que para nuestro coche particular puede ser menor. El factor clave es cómo aumenta el consumo a grandes velocidades. Este es un comportamiento universal, basado en leyes físicas.
Por otro lado, está el sobreconsumo asociado a un estilo de conducción más agresivo, con aceleraciones y frenadas. Esta componente penaliza el consumo a mayor velocidad, sin disminuir significativamente el tiempo de desplazamiento. Por eso, ignoraremos en nuestros cálculos ese efecto, que por otra parte es imposible de modelar.
Estudiando trayectos reales
Queremos estudiar el impacto de la velocidad en situaciones como las de miles de personas que diariamente se desplazan en coche. Para ello, hemos tomado como ejemplo cinco trayectos reales desde casa hasta el trabajo en la Comunidad de Madrid. Los trayectos comprenden tramos urbanos –en Alcobendas, Madrid, Móstoles, Las Rozas, Tres Cantos y Vallecas– y tramos en las carreteras A3, A5, A6, M30, M40, y M607 de distinta consideración. Como ejemplo, la fracción de recorrido en carretera con límite de velocidad superior a 90 km/h varía entre el 73 % y el 43 %.

Hemos calculado las rutas usando Google Maps y hemos obtenido información de los límites de velocidad a través de OpenStreetMap. Como resultado, para cada una de las cinco rutas, preparamos una tabla que agrupa tramos por límite máximo de velocidad.

Estos límites nos proporcionarán valores de referencia para la velocidad en cada tramo. Así, conocida la longitud de cada tramo y su velocidad de referencia, un cálculo simple nos permite calcular el tiempo total empleado en el desplazamiento –suponiendo el caso ideal de ausencia de atascos y semáforos–.
Además, usando los datos de consumo típico, podemos calcular también el consumo de gasolina, suponiendo que existe una velocidad constante.
¿Más rápido es mejor?
A continuación, investigamos cuánto tiempo se ahorra desplazándose más rápido y cuánto más se consume. Aquí, hacemos una suposición razonable:
- Para los tramos urbanos con límite hasta 50 km/h, siempre consideraremos velocidad igual al límite legalmente establecido. Esta simplificación es necesaria porque, al aumentar la velocidad, también aumentan las pérdidas por frenada (algo frecuente en entorno urbano) y, como se ha mencionado, es imposible modelar adecuadamente estas variaciones.
- Para los tramos en carretera, consideraremos dos casos: velocidades 20 % mayores al límite y velocidades 40 % mayores. Es decir, si el límite está en 100 km/h, supondremos velocidades de 120 km/h y 140 km/h, respectivamente. Lo cual está bastante en línea con lo observado diariamente.

Los resultados no dejan lugar a dudas: pisar el acelerador sale muy caro. Para ahorrar un 10 % de tiempo gastamos ¡30 % más de combustible! Y esto es similar para todos los trayectos. Con una velocidad 20 % mayor al límite, el gasto de combustible triplica al ahorro de tiempo en los trayectos 1, 2, 3 y 5 y casi lo quintuplica en el trayecto 4. Y, para una velocidad 40 % mayor, las cifras de consumo se disparan.
Por otro lado, si no apuramos el límite de velocidad, el ahorro relativo de combustible es bastante comparable al incremento relativo del tiempo de viaje. La gran disparidad entre ambos solo aparece a velocidades elevadas.
Pisar el acelerador hace daño al bolsillo y al planeta
Naturalmente, los detalles de consumo varían de un modelo de automóvil a otro, dependiendo del motor, la aerodinámica, el combustible y otras características. No obstante, los resultados cualitativos obtenidos aquí son extrapolables a coches de gasolina o diésel de diversos tamaños. Como hemos señalado, el incremento de consumo a gran velocidad es enorme y está basado en leyes físicas. Por tanto, la conclusión de que el gasto adicional excede con creces el ahorro de tiempo tiene un carácter bastante general.
Asimismo, pisar el acelerador también sale muy caro para el planeta. Las emisiones de CO₂ y otros gases son proporcionales al consumo. Por lo que ahorrar unos pocos minutos se traduce en una contaminación bastante mayor.
En términos generales, como sabemos, la huella de emisiones por viajero es inferior en transporte público que en coche privado, y más aún en áreas urbanas. Encima, cuando el vehículo viaja con un solo ocupante, este consumo y esas emisiones recaen íntegramente sobre un único viajero, empeorando aún más el balance.
Para esos casos en que el uso del coche es inevitable, no deberíamos olvidar que la velocidad no compensa, ni para el bolsillo ni para el planeta.
Fuente/The Conversation/Creative Commons
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Desarrollo Sostenible
PODEMOS CONVERTIR LA ROPA QUE DESECHAMOS EN COMBUSTIBLE Y OTROS RECURSOS PARA EVITAR QUE ACABE EN VERTEDEROS
¿Sabías que la ropa que usamos nos la ponemos, de media, solo siete veces antes de desecharla? La industria textil es uno de los sectores con mayor impacto ambiental: genera alrededor del 10 % de las emisiones globales de CO₂, más que todos los vuelos transatlánticos juntos, y consume enormes cantidades de agua. Fabricar una camiseta de algodón requiere unos 2 700 litros, el equivalente al agua que bebe una persona en dos años y medio.
En los últimos años, estos problemas se han agravado con el fenómeno de la moda rápida o fast fashion, un modelo basado en producir grandes cantidades de ropa barata a gran velocidad, siguiendo tendencias casi inmediatas. Compramos más prendas, más baratas y con mayor frecuencia, pero a costa de un impacto ambiental creciente.
Reciclar más textiles sería parte de la solución, pero no es sencillo. En España, cada persona genera unos 20 kg de residuos textiles al año y solo se recicla el 1 %. El resto acaba en vertederos, formando auténticas montañas de ropa.
¿Cómo se recicla la ropa que desechamos?
La opción más extendida es el reciclado mecánico, que tritura y desfibra las prendas para obtener nuevas fibras. Sin embargo, este proceso las acorta y debilita, reduciendo su calidad y limitando su uso para fabricar ropa nueva. Además, es poco eficaz con tejidos mezclados, muy comunes hoy en día.
El reciclaje químico permite descomponer los tejidos hasta sus moléculas básicas para reconstruir las fibras originales; es como desmontar un puzle pieza a pieza y volver a montarlo. Así se recuperan materiales similares a los iniciales. Este método está más desarrollado para fibras sintéticas como el poliéster, utilizando disolventes, temperatura y presión para romper sus cadenas y obtener los componentes de partida, que luego se purifican y transforman en nuevas fibras. Aunque es prometedor, su impacto ambiental y sus limitaciones con tejidos mixtos o fibras naturales impiden que sea una solución universal.
En este contexto, la pirólisis surge como alternativa con gran potencial, ya que permite tratar prendas de tejidos complejos sin separar previamente las fibras.
Cómo convertir los tejidos en combustibles
El proceso consiste en calentar el residuo textil a altas temperaturas en ausencia de oxígeno. En lugar de quemarse, el material se descompone en tres fracciones: un gas, un sólido y un líquido.
El gas puede utilizarse como combustible para aportar el calor que requiere el propio proceso. El sólido carbonoso tiene múltiples aplicaciones: como combustible sólido, mejorador del suelo o material filtrante para eliminar contaminantes en corrientes líquidas o gaseosas. Y el líquido, conocido como aceite pirolítico, es una mezcla compleja de compuestos orgánicos cuya composición depende del tejido original y que puede revalorizarse para obtener combustibles o productos químicos.
En la Unidad de Procesos Termoquímicos de IMDEA Energía trabajamos desde hace años en la pirólisis de distintos residuos –orgánicos, agrícolas, forestales, plásticos o neumáticos– con el objetivo de producir aceites transformables en combustibles líquidos o compuestos similares a los derivados del petróleo.
No obstante, el aceite pirolítico es muy complejo. Contiene numerosos compuestos y, a diferencia del crudo de petróleo, presenta cantidades significativas de oxígeno, nitrógeno, cloro o azufre. Estos elementos dificultan su uso directo como combustible y su integración en procesos industriales.
Para superar esta limitación, el proyecto HYPY-CAT explora una solución innovadora: la hidropirólisis catalítica a baja presión. Este proceso realiza la pirólisis en presencia de hidrógeno, que ayuda a eliminar elementos indeseados y mejora la calidad del aceite obtenido. Y al hacerlo a baja presión, reduce los costes de operación.
Nuevos catalizadores
Un elemento clave es el catalizador, que facilita la ruptura de las largas cadenas de los polímeros y favorece la eliminación de compuestos no deseados. En el proyecto se proponen un tipo especial de zeolitas. Se trata de sólidos porosos, similares a esponjas con pequeños canales por los que deben entrar las moléculas para reaccionar.
Las zeolitas son excelentes catalizadores, pero sus poros suelen ser tan pequeños que muchas moléculas procedentes de los residuos textiles no pueden acceder por su gran tamaño. Pensemos en un camión o un autobús intentando pasar por una calle muy estrecha. Nuestra propuesta consiste en crear “avenidas”, es decir, poros de mayor tamaño que permitan el acceso de moléculas voluminosas. Una vez dentro, pueden transformarse en otras más pequeñas capaces de penetrar en los poros más estrechos y completar las reacciones deseadas.
Con esta iniciativa, abrimos una nueva vía para reciclar residuos textiles, reducir su impacto ambiental y convertirlos en recursos útiles para la industria, avanzando hacia una verdadera economía circular en el sector textil
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Desarrollo Sostenible
LA ACTIVIDAD FÍSICA MUNDIAL NO MEJORA EN 20 AÑOS PESE AL AUMENTO DE POLÍTICAS PÚBLICAS
Tres estudios internacionales advierten de que los esfuerzos para aumentar el ejercicio entre la población apenas logran resultados. La falta de avances se agrava por profundas desigualdades sociales y de género que condicionan quién puede moverse más y quién queda atrás.
Los niveles de actividad física en el mundo no han mejorado en los últimos 20 años, a pesar del creciente número de políticas públicas destinadas a promoverla. Tres estudios publicados en Nature Medicine y Nature Health concluyen que los esfuerzos actuales no están logrando aumentar de forma significativa la práctica de ejercicio, mientras que las desigualdades sociales y de género siguen marcando grandes diferencias en quién puede mantenerse activo.
Según los investigadores, alrededor de uno de cada tres adultos y ocho de cada diez adolescentes no cumplen las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Estas establecen al menos 150 minutos semanales de ejercicio moderado en adultos y 60 minutos diarios en niños y adolescentes.
Inactividad física y muerte
La inactividad física se asocia cada año con más de cinco millones de muertes en todo el mundo, lo que la convierte en uno de los principales factores de riesgo para la salud pública.
Uno de los estudios, liderado por Andrea Ramírez Varela, investigadora de The University of Texas Health Science Center at Houston (EE UU), analizó 661 documentos de políticas nacionales de actividad física en 200 países entre 2004 y 2025. Los resultados muestran que la mayoría de los países han adoptado estrategias para fomentar la actividad física, pero existe poca evidencia de que estas se estén aplicando de forma efectiva.
El análisis revela que solo el 38,7 % de las políticas asigna responsabilidades a tres o más sectores gubernamentales, algo clave para implementar acciones que afectan a ámbitos como el transporte, la educación o el urbanismo. Además, el 26,5 % de los países con políticas no establece objetivos medibles, lo que dificulta evaluar su impacto.
Los autores también entrevistaron a 46 responsables políticos, académicos y representantes de organizaciones internacionales. Según sus testimonios, el ejercicio físico ha pasado de ser un tema casi inexistente en la agenda política a tener una prioridad baja pero creciente, aunque todavía muy por detrás de otras áreas de salud pública.
Entre los obstáculos identificados figuran la falta de consenso sobre cómo abordar el problema, la tendencia a tratarlo como una cuestión de comportamiento individual en lugar de un reto sistémico, y la ausencia de un organismo gubernamental claramente responsable de coordinar las acciones.
“Priorizar las políticas de ejercicio físico es esencial para mejorar la salud humana, social y planetaria”, concluyen los autores.
Desigualdades
Otro de los trabajos, encabezado por Deborah Salvo, investigadora de The University of Texas at Austin, analizó datos de actividad procedentes de 68 países. El estudio revela importantes desigualdades en las oportunidades de practicar ejercicio según el contexto social y económico.
El ejercicio físico recreativo —que depende de una elección personal, como el deporte o el ejercicio— es 40 puntos porcentuales más frecuente en grupos favorecidos, como hombres con altos ingresos en países ricos, que en grupos desfavorecidos, como mujeres con bajos ingresos en países de renta baja. En cambio, el asociado a la necesidad económica, como trabajos físicamente exigentes o desplazamientos obligados a pie o en bicicleta, es más habitual en poblaciones con menos recursos.
Los autores destacan además que la actividad física no solo reduce el riesgo de enfermedades crónicas. También puede reforzar el sistema inmunitario, disminuir los síntomas de depresión y mejorar los resultados en pacientes con cáncer, entre otros beneficios.
Cambio climático
El tercer estudio, dirigido por Erica Hinckson, investigadora de Auckland University of Technology (Nueva Zelanda), examina la relación entre actividad física y cambio climático. Los autores proponen un modelo conceptual que muestra cómo ciertas políticas pueden beneficiar simultáneamente a la salud y al medio ambiente.
Por ejemplo, estrategias que fomentan caminar, usar la bicicleta o el transporte público en lugar del coche pueden reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Al mismo tiempo, el cambio climático puede afectar negativamente al ejercicio físicoa, ya que fenómenos como olas de calor, inundaciones o contaminación del aire dificultan realizar ejercicio al aire libre.
Los investigadores advierten también de posibles efectos no deseados. Algunas iniciativas vinculadas al ejercicio —como grandes instalaciones deportivas o eventos internacionales— pueden aumentar las emisiones si no se planifican de forma sostenible. Además, la transformación urbana para crear ciudades más caminables podría provocar desplazamiento de residentes si eleva el coste de la vivienda.
Por ello, los autores defienden una aproximación integrada que combine salud pública, planificación urbana, transporte y políticas climáticas, con especial atención a las comunidades más vulnerables.
Un problema global persistente
En conjunto, los tres estudios coinciden en que el problema de la inactividad física sigue siendo global y persistente.
Para los investigadores, la clave está en pasar de políticas declarativas a acciones coordinadas entre distintos sectores —desde el urbanismo hasta la educación— que faciliten la actividad física en la vida cotidiana. Sin ese enfoque sistémico, concluyen, será difícil revertir una tendencia que afecta tanto a la salud pública como al desarrollo sostenible.
Referencias:
Deborah Salvo et al “Physical activity for public health in the 21st century”. Nature Medicine, 2026. Nature Health, 2026.
Erica Hinckson et al. “Benefit of physical activity initiatives for climate change mitigation and adaptation”. Nature Health, 2026.
Andrea Ramírez Varela et al. “Low global physical activity despite two decades of policy progress”. Nature Health, 2026.
Fuente/Sinc/Creative Commons
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